ES NECESARIO MORIR PARA RESUCITAR

ES NECESARIO MORIR PARA RESUCITAR

El título de esta columna es de sabor netamente cristiano, y por lo mismo, de difícil interpretación por el lego en la materia. Si usted lo es, no renuncie a entender. Un idioma extranjero se aprende oyéndolo y practicándolo.

16 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Hoy celebramos los cristianos la resurrección de Cristo. Es posible que aún muchos cristianos pasen de largo este misterio, el más importante de la fe cristiana, por dejarse guiar más por los sentidos que por la fe.

Peor aún: es probable que el título, aun siendo usted cristiano, lo haya echado un poco para atrás, porque a nadie le gusta que lo inviten a morir, máxime si se encuentra en la playa, en plan de vacaciones. Pensar, hoy domingo, en la muerte es tirarse en el domingo, dirá usted.

Pero no es así. Ponga mucha atención.

De la muerte lo que más nos choca es su rostro pálido y cadavérico; sus aspectos visibles; enfermedad, alejamiento de los seres queridos, dolores, entierro y todo lo amargo que conlleva él. Y no le voy a hablar de esa muerte final, sino de otra, la muerte diaria, como condición para crecer y triunfar. Lo invito a pensar en esta otra muerte, que como todo misterio cristiano, encierra algo más dulce que la miel: trascendencia, vida, realización. Ante todo: la muerte diaria es la ley del crecimiento, del progreso, del éxito. Recuerde el dicho popular: el que algo quiere, algo le ha de costar . Ya la experiencia popular enseña que para alcanzar cualquier meta importante, se imponen esfuerzo y superación.

Superación, de qué? De algo que nos gusta, de nuestro egoísmo, de nuestra sensualidad y comodidad.

Pongamos ejemplos: el ciclista que quiere triunfar debe renunciar morir a muchas cosas sabrosas, debe entrenar todos los días, adelgazar si quiere algún día triunfar. La joven que quiere guardar la línea , debe renunciar morir a muchas comidas agradables si quiere lucir y agradar. El estudiante que quiere sobresalir en su carrera y profesión, renuncia muere a muchas horas libres, diversiones y paseos, para dedicarse a estudiar, progresar y triunfar.

Esta ley no tiene excepciones: vale en los deportes, estudios, negocios, artes, profesión. Para triunfar hay que renunciar; equivalente al título de nuestra columna de hoy, que tanto lo asustó: para resucitar hay que morir. Quien renuncia a morir , es decir, a luchar por superarse, se queda en un bajo nivel de vida, de trabajo, de calidad humana. Simplemente: no se realiza; nunca gozará de las alegrías del éxito, del triunfo, de una vida superior.

Falta algo por aclarar: la meta, es decir, la verdadera vida, la resurrección no es segura ni visible, ni está a la mano. Precisamente, hay que conquistarla por medio del sacrificio, la muerte, la superación; y entonces, sólo entonces, llegará. Quiero decir, que para luchar, superarse y morir, se requiere fe en uno mismo y en la meta. Ante todo, se requiere fe en uno mismo. Ya los romanos decían: Pueden porque creen que pueden . Y luego, fe en la meta que está lejos, como el grado académico, o la verdadera vida, que quiero conquistar. Fe en lo que llamaremos el sentido que justifica el sacrificio; sin el cual sentido el sacrificio resulta absurdo, y la meta, imposible de alcanzar.

Sentido llamo aquí a aquello que me propongo alcanzar y que no está a la mano. Sentido es la meta que debo conocer, precisar, desear, para que se convierta en un ideal que me apasione, que justifique mis sacrificios, me mueva a realizarlos, me saque de mi medianía y sensualidad, despierte mis cualidades dormidas, me integre en la sociedad, y me sostenga en las duras y las maduras, hasta alcanzar la meta soñada: la resurrección.

Un ejemplo: si a un joven, por valiente que sea, le pide cualquiera levantarse temprano para subir a pie a Monserrate mañana a las cinco de la mañana, puede estar seguro de que se niega y que ese domingo se queda en la cama durmiendo hasta las diez. Pero si es la novia quien lo invita, para cumplir una promesa al Señor Caído, puede estar cierto de que se le hará muy tarde a las seis y le dirá que está pronto para levantarse a las cuatro o a las tres para subir a Monserrate y más alto, si es posible, si se lo pide su amor .

Finalmente, falta lo más bello: que uno muera para que otros vivan. Lo que hacen los padres por sus hijos. Su sacrificio diario, que con frecuencia no comprenden ni agradecen ellos, es la condición de su crecimiento. Dijo San Pablo a los corintios: La muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida . Qué significa, entonces, la Pascua de Cristo, que hoy celebramos? Que Cristo murió para que nosotros viviéramos. Que la meta que El se puso no fue un triunfo ni un éxito personal. Se propuso sacarnos de la olla , del egoísmo y del pecado, de la miseria y de toda esclavitud. Jesús, como el estudiante más aprovechado del curso, se propuso ayudar a todos sus compañeros a pasar . Alguien murió para que usted viviera: Jesús!

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