UN ÁNGULO DISTINTO EN EL PROBLEMA DE LA DROGA

UN ÁNGULO DISTINTO EN EL PROBLEMA DE LA DROGA

Tratándose de la droga es mejor buscar la luz que buscar el fuego. Sin embargo, tiene más público en los Estados Unidos esto último.

16 de abril 1995 , 12:00 a.m.

En el Canadá un estudio reciente de la Universidad Simon Fraser busca una aproximación al problema completamente distinta de la que es de común ocurrencia entre sus vecinos.

El solo título conque encabezan los diarios la divulgación del análisis universitario, ya es de suyo revelador: la cocaína como una droga diabólica es simplemente un mito .

Conocida como la champaña de las drogas prohibidas, la cocaína debe mantenerse como un comercio ilegal, al cual es necesario combatir, pero, añade el estudio, con menos policías y más educación pública acerca de los inconvenientes de su consumo.

Con base en las estadísticas del Canadá se demuestra que, desde antes de que se hubiera promovido la política de dejar en manos de la policía el manejo del consumo, ya, al final de los años 80, la disminución en la demanda de cocaína se puso de manifiesto. Por el contrario, el tratamiento radical aplicado en un principio había multiplicado los arrestos en una progresión geométrica que hoy está reducida a la quinta parte sin que parezca clara la relación entre la intervención de la policía como factor decisivo para aminorar el consumo.

La cocaína no había sido puesta fuera de la ley antes de 1911 pero cobró una vigencia notoria a partir de 1970, probablemente en razón del interés que despertó entre el público la propaganda involuntaria que se hacía al producto, revistiéndolo de un carácter casi mágico. Hoy en día, un uno por ciento de los canadienses usa regularmente cocaína, y un dos por ciento la ha probado alguna vez. El líder del equipo de la Universidad Simon Fraser, el sicólogo Bruce Alexander, no vacila en afirmar en forma enfática que con la excepción de los Estados Unidos, en donde el número de adictos es escandaloso, no hay tal epidemia de cocaína en el mundo .

No se trata, como es obvio, de políticos en trance de adoptar una posición favorable en uno u otro sentido con respecto al consumo de la droga. El trabajo del equipo de la universidad es objetivo, desapasionado, científico, y se basa en las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud en diecinueve países. Tal análisis registra diferencias enormes entre los consumidores de cocaína y muy pocas pruebas de que la coca sea perjudicial para la salud en todos los casos. Agrega la Comisión que otras drogas tales como el tabaco y el alcohol suscitan problemas mucho más graves para la salud que el de la droga. De ahí que, según el doctor Alexander, este estudio global protocoliza la desaparición del mito de la droga diabólica . La comunidad no ha tenido oportunidad de conocer, por percepción directa, a los usuarios de la cocaína y ha debido conformarse con la caricatura de la monstruosa influencia de la coca, que sólo se aplica a un reducido número de ciudadanos.

La incesante persecución de parte del Canadá, en procura de una abstinencia total del consumo de cocaína, ha demandado una aplicación violenta de la ley y una propaganda entre la población que, sin quererlo, ha sido perjudicial y a veces absurda . Sobra agregar, aun cuando tiene su lógica, que los más interesados en la no legalización de la droga son los narcotraficantes porque el negocio consiste en valorizar su producto gracias a la persecución de que es objeto.

La misma Comisión pone de presente que la política antidrogas del Canadá, en donde las sentencias son menos rigurosas que en los Estados Unidos, ha tenido la ventaja de haberse puesto en práctica con menos furia y ostentación que en el país vecino .

El mito que hay que combatir es el de que nuestros problemas sociales (en este caso los del Canadá) se van a solucionar con el control al consumo de la cocaína. Algo semejante había dicho el economista Paul Krugman con respecto al cartel de Medellín cuando afirmó, palabra más, palabra menos, que era un sofisma de distracción. Quien esté familiarizado, así sea superficialmente con el psicoanálisis, tiene que llegar a la misma conclusión del profesor Alexander cuando sugiere que lo que se debe promover es un programa para salvar a quienes quieren destruirse a sí mismos con la cocaína o con cualquier otra cosa. Son personas drogadictas en razón de sus conflictos íntimos. Tan pronto como se les priva del uso de la cocaína recurren a otras drogas e inclusive, en los casos de neurosis, al juego de azar o a la beatería como rutinas propicias al escapismo a que se ven forzadas las personas que quieren huir de sí mismas. La verdad es que un gran número de ciudadanos que se sienten atraídos por la aureola mágica que rodea la cocaína, la prueban y luego la dejan.

El mismo informe se muestra escéptico con respecto a las estadísticas de la policía porque dice reflejan las prioridades de la policía y sus metas antes de entrar a considerar la conducta del total de la población.

Ni en lo nacional ni en lo regional los trabajos de campo adelantados entre 1980 y 1990 respaldan la creencia en un crecimiento constante en el consumo de la cocaína. Los arrestos y las condenaciones en las calles proyectan una falsa imagen, dejando la impresión de que, al aumentar el número de infractores está aumentando el número de consumidores en relación con la población total. No es imposible, sino probable, que la tendencia a perseguir a los delincuentes se preste a querer identificar los éxitos de la policía en pequeña escala con el incremento del consumo entre los millones de habitantes.

Quizá lo más interesante de todo este trabajo es la circunstancia de que en ningún momento se aboga por la legalización del consumo. Su táctica se reduce a minimizar el problema sin ignorar sus consecuencias para la minoría que constituyen los adictos en el seno de una sociedad sana. La palabra mito , repetida una y otra vez, sintetiza, no únicamente por el aspecto científico, sino por su incidencia sociológica, el caso de la cocaína en el atardecer del siglo XX.

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