UN MEA CULPA TARDÍO

UN MEA CULPA TARDÍO

Por estos días hace veinte años, en un abril de 1975 grabado para siempre en la memoria colectiva de Estados Unidos, la bandera del Vietcong fue clavada en los jardines de la embajada norteamericana de Saigón.

16 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Pocas horas antes, en medio de los disparos y morterazos en las calles, había sido apresuradamente arriado el tricolor del tío Sam, tras la más dramática y penosa evacuación que le haya tocado cumplir jamás a la primera potencia militar del planeta.

Esas tomas televisadas de los atestados helicópteros despegando de la azotea de la embajada con los últimos representantes diplomáticos y militares de E. U. en Vietnam, impactaron al mundo entero. Retrataban con especial crudeza un hecho histórico: la derrota política y militar del Pentágono a manos de un pueblo de campesinos que sacrificó todo, incluso su libertad, en la lucha por su dignidad nacional.

En los lejanos arrozales y selvas del sureste asiático quedó enterrado el doble mito de la invencibilidad militar de E. U. y de la pureza de sus combates por la democracia en el mundo. Y si Vietnam, y sus vecinos en Camboya y Laos, terminaron irremediablemente bajo regímenes comunistas, fue más que todo por la increíble combinación de torpeza y arrogancia de quienes se inventaron en Washington esta trágica guerra.

Y ahora, veinte años después, uno de sus principales estrategas e ideólogos, confiesa que estuvo terriblemente equivocado . Leer para creer.

El Secretario de Defensa de Kennedy y de Johnson, Robert McNamara, el más lúcido y pertinaz apologista de la más desastrosa aventura militar de Estados Unidos, acaba de publicar un libro brutalmente autocrítico, en el que se arrepiente de todos sus pecados y admite que esta fue una guerra injusta, absurda y sostenida año tras año por ignorancia, prepotencia y falta de coraje para aceptar los errores.

En el libro que salió esta semana en E. U. (In retrospect: the tragedy and lessons of Vietnam), McNamara escribe que la guerra debía y podía ser evitada y ha debido ser parada en varios momentos claves. El crudo mea culpa del antiguo Secretario de Defensa ante un atroz conflicto de más de diez años, que llegó a calificarse como la guerra de McNamara , ha causado natural revuelo en una nación que sufrió aquí su primera derrota militar y que no ha podido enterrar los fantasmas que aún le evocan los cincuenta mil muchachos muertos en un país que nunca han debido pisar.

McNamara no hace en realidad ninguna revelación. Sus críticas son novedosas por provenir de quien provienen. Pero son esencialmente las mismas que esgrimían quienes, desde la academia o la calle, se oponían a esta guerra. Y que era imposible no compartir en su momento.

Dice que él y los asesores del Gobierno Johnson nunca entendieron la cultura ni la historia del Vietnam; que subestimaron a sus adversarios; que exageraron la amenaza comunista; que ignoraban incluso que Vietnam y China eran más enemigos históricos que aliados ideológicos; que no calcularon la importancia del nacionalismo vietnamita; que durante años manipularon a la opinión americana con la ilusión de una victoria; que embaucaron al Congreso con el incidente del Golfo de Tonkin, con el fin de lograr autorización para iniciar el masivo bombardeo aéreo de Vietnam del Norte, que luego se extendió a Camboya.

Todo esto que hoy dice el contrito McNamara eran entre muchos otros los argumentos elementales de quienes en el mundo entero se oponían a esta guerra, y que en E. U. conformaron un incontenible movimiento por la paz, que terminó por minarle todas moral y credibilidad a la campaña militar del Pentágono, que llegó a comprometer a medio millón de soldados gringos en suelo vietnamita y en la cual se descargaron sobre Vietnam del Norte más bombas que sobre la Alemania nazi.

Los mayores de cuarenta saben lo que significó la guerra del Vietnam para cualquier joven que en ese momento tuviera una mínima sensibilidad política. Manifestaciones contra esta intervención militar había todo el tiempo en todos los países. En los E. U. radicalizó a una generación que llegó a quemar en público sus tarjetas de reclutamiento en el Ejército. Entre la oposición pacifista se encontraba el joven Bill Clinton, quien se negó a ir a Vietnam.

Fue un conflicto que polarizó a la sociedad en E. U. y el resto del mundo. Para sus apologistas, se trataba de una batalla crucial contra el expansionismo comunista. Si se perdía Vietnam, toda Asia caería bajo las garras del marxismo. Para sus opositores, el aterrador despliegue militar de Washington contra un paupérrimo ejército de campesinos; la devastación de un pequeño país por la más impresionante tecnología de la destrucción, llegó a simbolizar todo lo odioso e injusto que entraña el abuso del poder.

Vietnam se prestó para las más perversas macartizaciones. Quien criticara la política de Washington era un aliado automático del comunismo. Conceptos como imperialismo, agresión colonial, violación de la soberanía de los pueblos, se volvieron tangible e indignante realidad con la política de Washington.

Que uno de sus principales responsables se arrepienta hoy de la destrucción y muerte que causó su diabólica estrategia, puede servir de consuelo y de lección para el futuro. A sus 79 años, Robert MacNamara dice que no podía irse a la tumba con esta carga de conciencia. Busca expiar sus pecados y no por demorado deja de tener valor este histórico mea culpa . Más vale tarde que nunca.

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