A VUELO DE PÁJARO POR EL SURESTE ASIÁTICO

A VUELO DE PÁJARO POR EL SURESTE ASIÁTICO

El turista es uno de los seres más sufridos del mundo y lo peor es que lo hace por su propio gusto. Las interminables esperas en los aeropuertos, el manejo fatigante del equipaje, los costosos y cada vez más desagradables taxis con excepción de los londinenses, por lo menos en la eficiencia y cortesía, los malos hoteles, las comidas con salsas y sazones que le vuelven la digestión al revés, las interminables patoniadas en procura de justificar el costo del viaje, culturizándose en visitas a museos, templos y sitios de interés comprando toda clase de chucherías inútiles que no hacen sino engordar los ya inmanejables fardos en que se ha convertido el equipaje, para terminar admitiendo que se trataba de un descanso mental. Porque físicamente el pobre sujeto queda completamente desbaratado y necesitado de varios días de reposo absoluto, para poder iniciar sus habituales labores que ahora le demandan un arduo trabajo de negro o más bien de blanco, porque los negros ya no trabajan para r

16 de abril 1995 , 12:00 a. m.

Por lo general el viajero se preocupa más de economizar en el costo del hotel, que en cualquier otro rubro del viaje, con el pretexto de unas cuentas bastante chimbas , que consiste en dividir la supuesta cantidad de tiempo que permanecerá en el hotel, durmiendo, descansando o entrando y saliendo, por el costo diario para saber a cómo le sale la hora. Si estas matemáticas las aplica con rigor en los hoteles del sureste asiático, me temo que no saldrá ni al lobby del hotel, pues la hora le sale como a 50 dólares, que aunque allá no cubre los servicios de una empleada doméstica, aquí puede sufragar un eficiente gabinete por todo el mes. El lujo, la majestuosidad, el servicio y el confort están directamente relacionados con su costo. Allí sí se puede apreciar en toda su esplendor el tan mentado lujo asiático , no solo por lo que queda dicho de los hoteles, sino porque en la mayor parte del sureste asiático se envuelve uno en una especie de halo que se percibe de un milenario pasado fastuoso que se aprecia en el oro y porcelana que recubre palacios, templos y mausoleos y en los jardines con árboles centenarios únicos en el mundo, que reflejan la clase de vida de monarcas y gobernantes de un pasado que todavía se siente, por la reverencia y respeto con que los actuales súbditos en el caso de Tailandia y Japón ven a sus presentes reyes y emperadores. Si a lo anterior le agregamos el concepto de disciplina, orden y seguridad que se respira en todas las ciudades, llegamos a la conclusión de que se trata de un mundo aparte y bien diferente al nuestro. A quien pillen robando en algunas ciudades Singapur, valga el ejemplo le cortan la mano.

Qué cantidad de mochos habría en Bogotá. Casi todos, yo creo ! El aseo es impecable; a la cárcel va quien bote mugre. En Singapur otra vez la ciudad por excelencia- multan con 500 mil pesos a quien mastique chicle, qué maravilla! Al que se ponga de gracioso o ingenioso a pintar grafitti, le dan de azotes, como al gringuito aquel que casi origina una conflagración internacional. La riqueza y prosperidad se ve por todas partes, el dinero está presente a rodos; sin embargo, nada de eso es gratis. La gente es laboriosa, ordenada y disciplinada, al extremo quizás. Las ciudades son espectaculares, cada una en su estilo.

Kioto, la capital milenaria hasta hace apenas 200 años del Imperio del Sol Naciente, encierra en sí misma una civilización antiquísima plasmada en templos y mausoleos de las viejas dinastías japonesas, donde todavía se ven por las calles mujeres ataviadas en kimonos y geishas de la vieja escuela, educadas en el arte del entretenimiento no necesariamente horizontal, algo verdaderamente maravilloso. Sin embargo, está el Kioto moderno, con sus grandes avenidas y hoteles y edificios imponentes. Allí se llega en el tren bala , a 350 kilómetros por hora, sensación poco perceptible, pues lo único que se nota es que cuando se ve venir en el horizonte la casita campesina, queda atrás como por encanto. Tokio, ciudad poco atractiva, cuyas avenidas están abigarradas de letreros en japonés, donde no se distingue sino los anuncios de Sony, Marlboro o Cocacola, mientras se imagina uno que los demás letreros anuncian desde inmensos almacenes de departamentos, hasta restaurantes y cafeterías de todos los tamaños y calidades. Dicen que la tierra de la calle Ginza una especie de Quinta Avenida llena de esos letreros vale tanto que el pedacito de tierra que cubre un billete de mil dólares si es que existen, porque no he visto uno todavía vale más que su denominación.

Gentíos y congestiones A esto se agrega que en el Japón no hablan sino japonés y no es un mal chiste, pues en otras partes del planeta, algún otro idioma, fuera del de casa, se barrunta . O uno habla japonés, o hay que jalarle al dedo y a los gestos. Como el Japón es la puerta de entrada del sureste asiático, hay que primero bajarse en Narita, el aeropuerto oficial de Tokio, distante a una hora en tren o a hora y media o dos en bus, pues ni el acaudalado japonés puede pagar un carro o taxi. Narita, una ciudad satélite del aeropuerto, el más grande del mundo por cierto, ofrece todas las comodidades de una gran ciudad, ya que es la encrucijada de todo el Oriente. Allí llega gente de todo el orbe y si contabilizamos los japoneses que uno se encuentre deambulando por el mundo entero y todos tienen que salir de Narita, se imaginan el gentío que circula en esta ciudad.

Para hacer las cosas al derecho, el siguiente brinco hay que darlo a Taipei, capital de Taiwán, también con un aeropuerto gigantesco y una ciudad imponente, cuyo tráfico es bastante caótico, nada comparado con Bogotá, pero sí lento y confuso, especialmente si le agregamos un millón y no exagero de motonetas y motocicletas que como hormigas zigzaguean por las calles y avenidas, lo cual alivia en parte la congestión de las horas pico. Ya veremos que hay ciudades, en materia de tráfico, peores que esta y aun en Bogotá. Fuera de la cuota impajaritable de japoneses, todo el mundo es chino y se habla solo mandarín, que tampoco lo entienden la mayoría de los chinos, pues se hablan como 18 dialectos diferentes entre las dos Chinas. No entiendo cómo el señor Xiao Ping se hace entender de sus mil y tantos millones de compatriotas.

La siguiente parada forzosa es Hong Kong, ciudad milagro divida en dos centros urbano colosales. Hong Kong, la isla que se parece mucho a Manhattan con una concentración de rascacielos parecida; como el aeropuerto está en el corazón de la ciudad, da la sensación de que se está aterrizando en una de las avenidas principales. El otro conglomerado urbano es la península de Kowloon, que queda en China continental. Estas dos ciudades conforman la metrópolis más imponente del Asia; comercialmente es tan importante, que cuando se acerca la fecha límite en 1997 para que Hong Kong revierta a la China comunista de manos de Inglaterra, no existe preocupación por el futuro pues nadie se atreve ni menos los chinos de la China a cambiar la infraestructura de este gigante de la economía oriental, sin el cual la misma China no puede vivir.

Los contrastes son impresionantes, desde el pueblito de pescadores, donde habitan miles de seres en champanes o casas-bote, parqueados en una interminable fila uno contra otros, hasta los imponentes edificios de setenta y más pisos, que también rodean el hipódromo de Hong Kong, donde durante la temporada se juegan millones de dólares. La presencia en las calles de Rolls Royce, BMW y Mercedes es impresionante. Los sastres, camiseros y modistos siguen confeccionando ropa a los turistas de un día para otro, pero ya no a los precios de otras épocas, que dejaban boquiabiertos a los envidiosos interlocutores de los turistas a su regreso a casa. Aunque el negocio se discute hasta el último centavo, el turista termina pagando precios muy semejantes a los de cualquiera otra parte del mundo. Pero la ventaja es que se encuentran en cualquier centro comercial alrededor de los grandes hoteles, las marcas más famosas del mundo juntas. Por eso termina uno comprando cuanta porquería se encuentre en el camino, cuando va al obligado shopping .

Continuando el vuelo de pájaro hacia el sur, se tropieza uno con Bangkok, capital de Tailandia, lo que antiguamente se denominaba el reino de Siam. La antigua monarquía conserva todo su esplendor, con rey, reina y el fausto que todo esto conlleva. Cuando el rey sale por las calles de Bangkok, todo se paraliza, caravanas de Rolls Royce, motocicletas y toda la parafernalia de una monarquía, como la británica, muy representativa pero al mismo tiempo decorativa. Si de contraste se trata, esta ciudad se gana todos los concursos. Los palacios y templos son indescriptibles, se aprecia la majestuosidad, el lujo sin cuenta ni razón con que se construían, oro a rodos, porcelanas chinas que recubren las paredes; y por el otro lado, la ciudad está enmarcada por un río y la bahía, que le da un aspecto de Venecia en pobre, no con góndolas sino con canoas que a su paso mercadean toda clase de objetos y comida y hasta taxis, pues el tráfico de Bangkok bate todos los récord de despelote óiganme bien, incluyendo a Bogotá!; un recorrido de diez o veinte cuadras puede durar hasta tres o cuatro horas. Afortunadamente para los tailandeses, ellos se cargan una especie de flema inglesa, que les permite tomar las cosas sin importarles una higa y han resuelto el problema, en parte con motonetas y motocicletas como en Taipei y en parte con teléfonos celulares todo el mundo tiene uno que les permite conducir sus actividades desde los automóviles inertes ante un semáforo, que puede durar hasta diez minutos en cambiar de color, hasta el fenómeno inverosímil de que las ambulancias no pueden transitar por la congestión y cuando ocurre un accidente lo resuelven enviando al médico con una enfermera y los primeros auxilios en motocicleta, que como un ratoncito, se desliza por entre la fila de vehículos hasta el lugar requerido.

Organización y caos Todo el mundo cree que Singapur es el resultado de la tradicional organización y orden gubernamental, diseñado por los ingleses desde la época colonial. Pues nada más ajeno a la verdad. Singapur fue expulsada de la Unión de Estados Malayos hace unos treinta años, recién logró su independencia, por constituir no solamente una carga económica sino por ser una especie de peste ; desde ese entonces un señor un estilo de Pinochet pero civil y en chino llamado simplemente Mr. Lee, concibió una genial idea al convertir a Singapur en una especie de bodega internacional, para que todas las multinacionales instalaran sus fábricas y así pudieran cubrir los mercados asiáticos con sus productos, bien transformándolos o ensamblándolos con todas las facilidades imaginables, en un principio con excepción de impuestos, arriendos muy bajos y obra de mano barata. Eso hizo que hoy día Singapur sea el centro financiero más importante del sureste asiático y el puerto marítimo de mayor tráfico de la región. Recientemente, Singapore Arilines, sin lugar a dudas la mejor línea aérea del mundo y no hagamos comparaciones odiosas, colocó una orden por 3.400 millones de dólares en aviones Airbus para cubrir sus rutas, que van por el mundo entero, y la totalidad de la operación fue financiada por grupos financieros locales. Si en Colombia alguien tratara de financiar una flota de zorras , nuestro mundo financiero se pondría a temblar.

Fuera de los comentarios que hice al principio sobre la férrea manera con que se gobierna, es la ciudad que todo ser viviente quisiera habitar. Compacta, nada dista más de 15 minutos de donde uno está; limpia, ordenada, bonita; como quien dice, exactamente todo lo que no es Bogotá. Si en alguna escala de valores se situaran las dos ciudades, Singapur estaría arriba, y bien arriba!, y Bogotá abajo, pero bien abajo! Además de lo que queda dicho, los gobiernos subsiguientes, pues Mr. Lee se retiró y actúa como un padre tutelar, ha dotado la ciudad de toda clase de centros turísticos: un aviario bellísimo, donde vuelan toda clase de aves en su propio hábitat; un jardín botánico donde se encuentran las flores y especialmente las orquídeas más exóticas del mundo, que hace de Medellín una especie de rastrojo no hay que olvidar que Singapur está en nuestras antípodas y, como si fuera poco, en la noche se puede ir a un safari, cómodamente montado en un trencito, que lo lleva a uno por una selva igual a la africana. Ahí se observan tigres, leones, elefantes, rinocerontes, hipopótamos y todo bicho imaginable que se puede apreciar también en su propio hábitat, como si estuviera en un auténtico safari en el corazón del Africa. Pensaría que si uno saca la mano del trencito, se la muerte un león o un tigre. Divertidísimo.

podrán apreciar, el anunciado vuelo de pájaro resultó de golondrina , pues si se trata de adentrarse a fondo en el sureste asiático, no solamente se ha quedado entre el tintero toda suerte de detalles y aspectos que redondean mucho mejor el concepto de lo que es esta maravillosa región del planeta, muy desconocida por los occidentales por cierto, sino que tendríamos que hablar de las Coreas, Filipinas, Indonesia y desde luego, el Pacífico Sur y otros muchos parajes. Con todo, a esta altura del periplo entra cierta nostalgia del terruño. Se añoran el amable raponero, los cómodos huecos callejeros, la disciplina y cortesía de buses y taxis en el organizado tráfico de nuestras ciudades, las reconfortantes noticias de los distintos medios, la honestidad y eficiencia de nuestros gobernantes, nuestros civilizados y humanitarios guerrilleros y narcotraficantes, sobre todo en una tierra donde todo es maravilloso, sobra el agua, la energía eléctrica, no hay inundaciones ni sequías, no hay pobreza, mejor dicho, Jauja. Es decir, qué diablos está uno haciendo en esas tierras, perdiendo la oportunidad de la vida de estar en esta fabulosa Locombia?

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