OCIOLATRIA

OCIOLATRIA

Que viva el público Cualquiera diría que las cincuenta mil personas que colman puntuales las graderías y la gramilla del estadio El Campín, durante los grandes espectáculos musicales, no son habitantes de esta ciudad desordenada y sórdida que es Bogotá. Mientras en cada calle de la capital hay centenares de ciudadanos que tratan de defenderse de la agresión de los choferes de buses, taxis y busetas, del peligro de los asaltantes y el acoso de los mendigos, del gran riesgo que infortunadamente constituye la policía, de los huecos, del espantoso tráfico, de todas esas grandes y pequeñas cosas que una tras otra constituyen el caos más patente del planeta, lo que acontece en el espacioso coliseo deportivo, en los sucesos señalados, es increíble: al menos en las espléndidas presentaciones de Luciano Pavarotti, Martha Senn y Plácido Domingo, el público que asistió a El Campín protagonizó una prueba de alta civilización ciudadana la misma que tanto falta afuera, en la calle. Gente cumplida

16 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Qué hay tras esa metamorfosis en la conducta del público? Tal vez una auténtica necesidad de este género de acontecimientos que van directamente a su espíritu. La multitud que agita pañuelos blancos, prende velas y corea frases de cariño, admiración y gratitud para los artistas, es sin duda la misma que en medio del tráfago citadino no tiene alternativa diferente a la de asumir su papel de pueblo despavorido en un escenario de violencia. El arte, entonces, sí le devuelve la paz y la alegría. Pero la transformación no es gratuita, ni se produce como por arte de magia. Es también asunto de buena organización. Y aquí el aplauso va para los empresarios persistentes, que a través de muchos años y numerosas buenas y malas experiencias han logrado crear ámbitos ordenados, espacios gratificantes, momentos que la gente espera con ansiedad y vive a plenitud. Así, que vengan muchos Pavarottis, muchos Plácidos, muchas Marthas Senn, muchos Festivales Internacionales de Teatro, muchos Pieros y Pablos Milanés, muchas poesías que tengan la palabra, muchos espectáculos bellos e inolvidables, mucho arte y mucha cultura que nos hagan cambiar hasta el punto de gritar... Que viva el público! De día todo el día Muy tarde, pero al fin llegó la programación de 24 horas en nuestra televisión. Y eso, que podrá parecerle insignificante a mucha gente dormilona que jamás verá la extensa franja de la madrugada, es, por el contrario, un gran elemento de consolidación para un medio de comunicación que se constituyó en identidad absoluta del siglo XX y asumió el reto de pelear para sostenerse firme durante la centuria que mañana llega. Es muy posible que hoy sean relativamente pocas las audiencias para los espacios que van de la medianoche a la salida del sol, aunque no faltarán los desvelados, los solitarios, los insomnes, los puntuales noctámbulos, las muchachas obligadas por el oficio a estar despiertas, los desprogramados borrachos de la noche, los afortunados celadores que puedan atisbar una pantalla. Pero ellos no serán más que el presente. Hoy en día (también en noche, por supuesto) los satélites hicieron el milagro de burlarse de la luna y del sol, de la dictadura de los relojes. Por eso, mientras los españoles duermen, nosotros los saludamos y los disfrutamos al mediodía; los australianos y los africanos, los chinos y los javaneses, los argentinos y los esquimales ya gozan del común denominador de las señales que hacen posible que por fin el día esté de día durante las 24 horas. Pronto, esas señales podrán multiplicar nuestra programación en horas de tinieblas. Esa, pues, una pequeña razón para estar felices con la reciente buena nueva.

Escenas para aprender a ver Difícil pero decoroso el montaje de Escenas para aprender a amar, la obra de teatro que con la dirección de Pawel Nowicki protagonizan Fanny Mikey y Humberto Dorado. A estas alturas, quién se le mide a adaptar al criollo, textos basados en una densa obra de Ingmar Bergman? Ellos lo hicieron: Humberto Dorado consolida su carácter de gran actor; Fanny equilibra la atmósfera, que a veces amenaza con la monotonía. David Manzur y Rosario Lozano salvan buena parte de esos amagos con hermosa escenografía y atractivo vestuario. Por qué insistirán en que la fuerza está en la pelea cuerpo a cuerpo entre los dos actores, cuando hay tantas otras escenas para aprender a ver?

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