La dama de la mafia

La dama de la mafia

La leyenda de Griselda Blanco nació un día de 1975 cuando su jet privado tocó tierra en el aeropuerto de Bogotá después de dos horas y media de vuelo desde Miami. Una caravana de limosinas alcanzó el avión sobre la pista y se llevó rápidamente a la mujer de 32 años.

12 de octubre 2008 , 12:00 a.m.

Griselda había vuelto a su país natal para verse con su esposo y socio de negocios, Alberto Bravo, con el que había construido un cartel que movía cientos de kilos de cocaína en los Estados Unidos y empleaba a cerca de 1500 traficantes en el país.

Erguida con su metro y medio, sus 75 kilos, una extensa y ovalada cara y su mentón hendido, Griselda no era precisamente el estereotipo de la chica fantástica. Su creciente reputación entre los traficantes callejeros y las fuerzas de orden público le había hecho merecer el apodo de ‘la Madrina’. En esa ocasión, regresó a Colombia porque se sentía insatisfecha con su relación con Bravo y con la administración que él le estaba dando a su vasto negocio. Cuando sus guardaespaldas llegaron a un parqueadero de una discoteca en las afueras de Bogotá, Griselda sacó una pistola que tenía escondida en sus botas de piel de avestruz. Salió de su limosina, se acercó a Bravo y disparó varias veces. Su esposo respondió con una Uzi que sacó de su cinturón. Seis guardaespaldas murieron. Blanco fue herida en el estómago, pero pudo recuperarse. Su esposo, con varios tiros en la cara, no corrió con la misma suerte.

Ese mismo día, en el polvoriento parqueadero de Bogotá, obtuvo otro apodo: la ‘Viuda Negra’.

La historia de Griselda Blanco se posiciona como el mito de la mayor reina de la droga de la historia. Es reconocida su propensión a la violencia (se sospecha que ordenó por lo menos 250 homicidios) y su estatus en el negocio de la cocaína superó incluso al de Pablo Escobar.

Gran parte de la historia de su vida parece provenir de la loca imaginación de un niño de 15 años, con una camiseta de Scarface: la dramática muerte de sus esposos, un hijo al que llamó Michael Corleone (‘la Madrina’ tenía un fetiche con la historia de El Padrino), los diamantes que compró de Eva Perón, su escultura en bronce que otros capos de la droga acariciaban para obtener buena suerte cada vez que la visitaban en su mansión de Miami.

“Griselda Blanco fue el catalizador para que el gobierno de los Estados Unidos se percatara de los problemas que tenía en Miami. La ciudad se había convertido en la nueva Chicago”, asegura el fiscal de Miami, Sam Burstyn y “ella era nuestro John Gotti”.

De acuerdo con el agente de la DEA Bob Palombo, quien persiguió a Blanco por décadas, la 'Viuda Negra' estaba destinada a una vida de crímenes aberrantes: "Era consecuente con el ambiente en que creció. En su preadolescencia robó billeteras y se prostituyó por dinero en las comunas de Medellín".

* * * Griselda Blanco nació en Colombia el 15 de febrero de 1943, en uno los barrios más pobres que rodean a Cartagena. Su familia se trasladó a Medellín y se cuenta que Griselda, a la edad de 11 años, bajó de las lomas que circundaban la ciudad, junto a un grupo de niños pordioseros y secuestraron a un niño de 10 años. Infortunadamente para el niño, la familia no reaccionó a tiempo. Griselda puso el arma en la cabeza del niño y apretó el gatillo para que se convirtiera en la primera de una larga lista de víctimas.

Blanco era única en su crueldad. Cuando ordenaba un asesinato, instruía a sus sicarios para que acabaran con todos los posibles testigos, incluyendo mujeres y niños. Organizó una red de distribución de costa a costa, con miles de empleados y ganancias que ascendían a miles de millones de dólares mensuales.

En 1984, para evadir la persecución, viajó a California para esconderse e involucrarse en el negocio de drogas de la costa Oeste. Para comienzos de 1985, Griselda se encontraba en una modesta casa de un suburbio de Irvine, California, con su madre Ana y su hijo más joven, Michael Corleone. Palombo y el equipo de la DEA, la siguieron y rodearon la casa. En la madrugada del 10 de febrero, mientras Blanco dormía, el equipo de Palombo tiró abajo la puerta y subió al cuarto de ‘la Madrina’. Palombo besó la mejilla de Blanco cuando la atrapó y cumplió la promesa hecha a sus agentes: el día en que la capturaran, él sellaría el acto con un beso.

* * * A finales de un día de febrero de 1985, Charles Cosby se encontraba sentado en la sala de su modesto apartamento de clase media en el barrio de Brookfield Village al este de Oakland, cuando anunciaron el arresto de Blanco en la televisión. Cosby, que a finales de su juventud se convertiría en un traficante de onzas de cocaína en las esquinas del este de Oakland, se sintió impactado por la descripción de ‘la Reina de la cocaína’. “Quedé abrumado”, recuerda ahora Cosby. Cuando una amiga de Cosby le confió que había sido alguna vez una de las mulas de Blanco, Cosby le pidió que se reconectaran, y sorpresivamente ella accedió.

Después de una serie de llamadas y de cartas, Cosby fue a su primer encuentro cara a cara con ‘la Madrina’. Cuando se conocieron, Griselda abrazó a Cosby y le dio un largo, inesperado y apasionado beso en la boca.

Luego se sentaron en la mesa de visitantes y empezaron a hacer negocios.

“¿Cuánto necesitas para que tú y tu familia estén bien?”, le preguntó Griselda, Cosby quedó sorprendido por la pregunta y nerviosamente soltó una suma que él esperó fuera rechazada: cincuenta paquetes. Al pasar el mes, Cosby se había convertido en millonario, uno que le rendía sus respetos a ‘la Madrina’ de una manera inusual: cada vez que él la visitaba en prisión, Griselda les pagaba a los guardias 1.500 dólares para que Cosby y ella pudieran tener sexo en los cuartos multipropósito de la prisión. “Cuando ella me abrió las puertas del sistema, todo estaba en orden. Todo lo que yo debía hacer era volar alrededor del país y encontrarme con los distribuidores”, explica Cosby. “Cada vez que agitaba la mano, obtenía un millón de dólares”.

En 1994 la fiscalía de Miami-Dade comenzó una investigación de su organización y se puso en contacto con la lista de secuaces que la conectaban con ‘Rivi’, su antiguo lugarteniente. Cuando ‘la Madrina’ escuchó que su más cercano seguidor estaba a punto de traicionarla, tuvo un ataque de nervios. Durante una visita en prisión en 1995, Griselda le dijo a Crosby: “Tenemos que luchar contra esos hijos de perra en la corte”. Blanco temía que no la dejaran en paz nunca: “Rivi tiene suficiente información sucia en contra mía, para enterrarme por lo menos durante 10 décadas”, gritó. Entonces sacó un pedazo de papel de un cuaderno de su brasier, donde se leía el mensaje JFK 5PM NY y se lo entregó a Cosby. “¿Qué significa esto?”, preguntó Cosby, intentando armar el tríptico mensaje. “Dixon sabrá qué hacer”, replicó Blanco refriéndose a su hijo mayor. Cosby presionó a Griselda para que le diera el verdadero contenido de la nota. “Voy a ir en contra de Kennedy”, le dijo Griselda. Cosby todavía se sentía confuso. “¡El hijo del presidente!”, gritó ‘la Madrina’. “¿Es lo suficientemente descriptivo para ti, Charles?”. Cosby se vio comprometido en el descarado plan de Blanco, pero un complot en contra de JFK Jr –en el cual Griselda les pagaría a los secuestradores cinco millones de dólares para capturar a John John y luego negociar con el clan Kennedy su liberación–, era una verdadera locura.

Poco después, cuatro secuestradores colombianos contratados por Blanco aterrizaban en Nueva York en un vuelo comercial de Avianca. Cosby –que había viajado desde California para planear el golpe– les entregó varias pistolas de bajo calibre y con la promesa de cinco millones en efectivo de ‘la Madrina’. El equipo de cuatro hombres se desplazó al barrio Tribeca, donde JFK Jr. y su esposa Carolyn Bessette Kennedy vivían en un espacioso loft.

Cuando los secuestradores llegaban a la residencia Kennedy, Cosby volaba nuevamente a California para tomar distancia de este insano complot. Los secuestradores no tuvieron mucha suerte para entrar a una de las más lujosas residencias de Manhattan y además no vieron la cara de JFK Jr afuera del edificio durante un tiempo. Un par de días después, finalmente lo siguieron mientras salía a caminar con su perro y lo rodearon silenciosamente. Uno de los secuestradores se acercó lo suficiente para acariciar la cabeza del perro… *Lea la versión completa del artículo en la revista DONJUAN que circula a partir de este jueves

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