LOS ENEMIGOS PÚBLICOS

LOS ENEMIGOS PÚBLICOS

Cuando usted los ve llegar, subirse al poste y mover los cables una aprensión ácida se apodera de su estómago. Por experiencia sabe que, en vez de arreglar el teléfono que se encuentra fuera de servicio, el técnico operativo de aquellos flamantes funcionarios dejará dañadas varias líneas más, incluyendo la suya, por supuesto.

06 de junio 1996 , 12:00 a. m.

De modo que, alarmado por tan fatídica posibilidad, que podría dejarlo incomunicado los próximos tres años, rápidamente levanta el auricular para enterarse -- oh trágico destino!-- que, en efecto, su teléfono ha dejado de funcionar. En ese instante, pensando con gratitud y amor en la Telefónica, usted se repite en voz baja una antigua verdad: he aquí una empresa que no es de servicios públicos, sino de enemigos públicos.

En la lotería urbana, semejante premio gordo puede caerle cualquier día, a cualquier hora, de manera que usted nunca está preparado para afrontarlo con mediana serenidad. Así que cuando sale a la calle, con el fin de obtener alguna explicación sobre lo ocurrido, el desconcierto se le transforma en sagrada ira en la medida que los enemigos públicos, mientras lo ven venir, bajan la rauda escalera y se suben a la camioneta. Obstinado, o más bien al borde de la desesperación, usted formula a gritos su reclamo. Amenazantes, con modales de aprendiz de sicario, los enemigos públicos mascullan que ellos nada tienen que ver con el daño de su teléfono. Y si usted señala la curiosa coincidencia de que fue a raíz de su técnica intervención en el poste que aquél dejó de funcionar, le contestarán que ellos no son de Reparaciones sino de Instalaciones y que, por tanto, nada pueden hacer por su línea fuera de servicio. Y aceptarán con cinismo que se trata de una coincidencia.

Al razonar de esta manera, dicho sea de paso, estarán siguiendo los principios elementales de la lógica de Heyne, un profundo pensador de Chimá, gramático eximio para más señas, según el cual dos elefantes iguales a un tercero no son iguales entre sí. Porque, ya se sabe, en este país los enemigos públicos pueden estar sentados en la Cámara de Representantes o en una Camioneta de la Telefónica. Y también, claro, al interior de las oficinas de esta última empresa, o en cualquiera de sus plantas, donde le roban a usted la línea telefónica, le facturan llamadas que jamás ha hecho y se niegan de plano a atender la más mínima solicitud que presente, a menos que sientan el peso de una amenaza de orden jurídico.

De tal forma, el ciudadano común y corriente percibe a la Empresa Municipal de Teléfonos como un enemigo público, de cuyas arbitrariedades sin término se cuentan historias legendarias, percepción que ha generado en la ciudadanía una absoluta indiferencia por la suerte de la empresa, que sucumbió hace años en el océano de la corrupción politiquera.

El problema no está en si la venden o no la venden. El problema es la total ausencia de una cultura de servicio, es decir, el conjunto de actitudes y prácticas que garantizan la eficiencia por encima de cualquier otra consideración. Dicha cultura es el fundamento del desarrollo urbano, cuyo norte se dibuja cada día por las necesidades reales de la comunidad en su conjunto, no por la abstracta y tecnocrática definición que unas élites esnobistas formulan acerca del progreso social. Pueden llenar de computadores las salas donde se reciben los reclamos del usuario, pueden apaciguar sus ánimos con el remanso del aire acondicionado, pueden proclamar a los cuatro vientos los privilegios de la privatización, que nada de ello servirá si no hay una actitud de identificación con los problemas de la ciudadanía, y si esta actitud no va acompañada de una acción inmediata en orden a resolverlos. La cultura de servicio, en este sentido, requiere de la participación de todos los ciudadanos a la hora de diseñar qué tipo de empresa de teléfonos necesita Barranquilla, para salir de la prehistoria de los enemigos públicos y entrar a la historia de los servicios públicos.

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