SIEMPRE CON TACTO

La era del celular ha revaluado las reglas básicas de comportamiento social de los bogotanos. Ningún otro aparato, desde que la televisión irrumpió en nuestros hogares, había logrado en tan corto tiempo modificar tan ampliamente la conducta de los ciudadanos. Desafortunadamente, no para bien, como parecería deducirse de las ventajas de permanecer siempre en contacto , sino en contravía de los buenos modales y las buenas costumbres que con tanto ahínco buscaron legarnos nuestros antepasados.

11 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Empecemos por lo más obvio. El celular ha contribuido a agravar el caos vehicular de nuestra ciudad. No solamente tenemos que sufrir las consecuencias de quienes intentan marcar un teléfono al tiempo que toman una curva, sino que las calles se han llenado de englobados conductores que deambulan por la ciudad parándole más bolas a la conversación que sostienen a través de su celular, que a lo que ocurre delante de sus automóviles, como si no fuera ya suficientemente difícil manejar en Bogotá con las dos manos puestas en el timón y los cinco sentidos en la vía.

El celular está acabando también con el derecho fundamental a disfrutar ( al menos un poco!) de privacidad. En muchos hogares el celular se convirtió en la chaperona de los jóvenes, cuyos noviazgos están ahora acompañados por la voz omnipresente de los padres. A su turno, los hijos han encontrado en el celular el juguete perfecto para seguir paso a paso los diarios movimientos de sus padres.

Los celulares también atentan contra la conversación amena. Ya es casi imposible disfrutar de un almuerzo en un restaurante, o de un café, sin que interrumpa una llamada. Pero el celular ha alterado tanto la personalidad de algunos, que resulta a veces más fácil conseguir su atención llamándoles por el teléfono, así esté compartiendo con ellos la misma mesa.

Y si bien es cierto que muchas personas adquirieron un celular convencidos de que ello mejoraría las posibilidades de sus negocios, desde que se popularizaron estos aparatos, las reuniones de empresarios, ejecutivos y ejecutivas se han vuelto interminables. Las constantes interrupciones parecerían diseñadas como sabotaje, y no faltan las veces cuando cada quien termina pegado a su propio teléfono y la reunión sin interlocutores.

Ni qué decir de los cómodos a quienes les rinrinca el celular en una sala de cine, o de quienes no tienen problema en entrar a la iglesia con su teléfono, esperando de pronto recibir el llamado de Dios.

Quizás la solución tenga que pasar por obligar a quienes venden celulares a incluir un aviso que informe a los ciudadanos que su uso puede alterar el comportamiento.

O mejor quizás, lo único que se requiere es un poco de tacto, por aporte de quienes tienen el derecho a estar siempre comunicados, pero también el deber de respetar a los demás.

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