EL DE CUCHICUTE

EL DE CUCHICUTE

Cuando empecé a darme cuenta de las cosas en la Colombia de entonces, lo mismo en los pueblos que en las ciudades y en la capital, toda población se descomponía en tres partes: el caserío, la plaza y el atrio.

10 de junio 1996 , 12:00 a.m.

En el atrio se hacían y desmoronaban las reputaciones, se urdían los enredos, se tramaban los pleitos y, en este caso particular, surgían personajes como el Conde de Cuchicute.

Lo veíamos con su ojo de vidrio, el monóculo, clavel rojo en el ojal, bastón con una bola de plata en la empuñadura, zapatos de resorte y cuero de glasé, no de canguro, y la leontina para el grueso reloj de oro que llevaba en el bolsillo del chaleco de terciopelo engalonado. No podría decir si en el medallón de la leontina llevaba las insignias condales porque, después de 30 o 40 años, la memoria no alcanza a cubrir estos detalles, como no puedo decir sobre el anillo, que seguramente lo tendría.

Lo que más golpeaba nuestra imaginación era el título. Ser Conde de Cuchicute nos parecía de fábula de Pombo. Unicamente habría en la Colombia de entonces la Marquesa de Yolombó, que luego recordó Tomás Carrasquilla, y los Condes de Casa Valencia en Popayán.

Ahí terminaba lo que podría recoger el Gotha colombiano. Pero que fuera de Cuchicute, con lo del monóculo y el clavel, provocaba en nosotros hilaridad, y si no le gritábamos como a la Loca sombreros o a Pomponio, era temiendo que nos diera un bastonazo.

Apenas ahora vengo a saber de las empresas agrícolas del Conde que, en el Socorro, ocupaba de doscientos a trescientos trabajadores. De sus viajes por Alemania, Inglaterra, España, Italia, Francia y Estados Unidos y que hablaba inglés y francés.

Para nosotros no era sino el del monóculo, el ojo de vidrio y el clavel. Las partes duras en el atuendo el sombrero de coco o calabaza como todos usábamos la camisa de cuello, pechera y puños almidonados y tiesos, eran comunes, y las partes blandas, como los botines de resorte y glasé, que no eran de abotonar, solo servían para indicar su distinción.

El nombre mismo del Conde nos hubiera provocado para enloquecerlo. Ahora sabemos, por la bibliografía que ha escrito Juan Camilo Rodríguez Gómez, de sus empresas agrícolas en el Socorro y San Gil, de su biblioteca de 3.000 volúmenes en lenguas como el inglés y francés, y naturalmente en español, sin que faltaran los clásicos latinos.

El Conde, en su correspondencia con los administradores de sus fincas, no vacilaba en citar a Virgilio, Milton y Terencio. En realidad, estaba más loco de lo que nosotros pensábamos. Murió como consecuencia de las diecisiete puñaladas que le propinó el mayordomo en su finca Majavita en el Socorro, como lo sabemos ahora por su tardío biógrafo, Rodríguez Gómez.

Es cierto que se han publicado tres o cuatro libros, ya perdidos y olvidados, sobre el Conde. Esta nueva presentación de Rodríguez Gómez puede ser la que definitivamente lo saque del olvido.

Aquellos grandes señores rajadiablos de las grandes haciendas de Colombia vivían una vida solitaria, ejercían derechos feudales que, si no le dieron al país el estilo feudal de los castillos almenados, los puentes levadizos, los hombres vestidos de fierro y los galgos y las lanzas, fue solo por el pequeño detalle de no llevar ocho o diez siglos más de señorío.

El Conde era todo un señor feudal en la edad moderna y Colombia un rezago histórico. Curioso mestizaje de siglos encontrados. Fue una suerte enorme para nosotros, tener a la vista este personaje moderno y antiguo, de monóculo y reloj de oro, hablando inglés y francés y citando a Virgilio y a Terencio.

El Conde en París era el provinciano rico llegado de América a quien se oía con curiosidad hablar de unas fincas que eran latifundios y donde era poca la diferencia entre las mulas y los hombres que en los lomos y las espaldas cargaban, en costales de fique, arrobas de café.

En Bogotá y en San Gil se quedaban con la boca abierta oyendo las historias del Conde, hablando de la Opera de París, los ferrocarriles y el Bosque de Bolonia. Era un puente tendido que cruzaba el Atlántico. El Conde, un misterio con ojo de vidrio.

Creo que llegué a verlo con guarda-polvos y otras curiosidades desconocidas hasta entonces, no digo en el Socorro y San Gil, sino hasta en el propio Bogotá. Creo que hasta guantes usaba. Y todo eso como el señor de Cuchicute.

De las diecisiete puñaladas que le dieron en la disputa con el mayordomo, cuatro fueron mortales. Caído el Conde, el mayordomo siguió dándole.

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