LA DULCE COMPAÑÍA DE LAURA

LA DULCE COMPAÑÍA DE LAURA

El primer texto que leí de Laura Restrepo fue su trabajo periodístico sobre una mujer que descuartizó a su amante, el cual me dejó perplejo, pero no por el posible horror que pudiera surgir del tema, sino por el asombrado respeto que me despertó su templanza y su temperamento de escritora, su seguridad, la nitidez admirable de su relato, la forma sabia y franca de conducir la entrevista, su capacidad de comprensión y de solidaridad.

09 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Nunca antes había sentido tanto respeto por el oficio de periodista, que ante mis ojos se convertía en Literatura con mayúscula, y no solo por su sobrio, austero, despojado y logradísimo estilo, ni tampoco por el dominio de un lenguaje eficaz que avanza directo al grano con una certeza tantas veces ausente de lo que llamamos lo literarios, sino por su perfección y por la forma lúcida de acechar el alma humana y la sociedad en donde tiene que sobrevivir.

Hacía ya un par de años que me había declarado en silencio partidario absoluto de la virtud literaria más preciada y esquiva, la de mayor equilibrio e importancia, la más intensa, la más difícil, la más veraz: el poder de concisión. La había visto en la mayor plenitud de sus poderes en la conversación de María Luisa Bemberg durante un festival de cine en Cartagena, obteniendo una confirmación inmediata de la perplejidad con que Carlos Monsiváis la miraba, y no cabía en el cuerpo del gozo que le daba oír hablar a la terrible gracia de la inteligencia.

Pues leyendo el primer texto de Laura Restrepo; volví a ver trabajar a esa virtud deslumbrante; y la confirmé leyendo su segundo texto; sobre el momento en que se jodió Medellín; en cuyas negligentes interpretaciones se ahogan políticos; funcionarios; sociólogos, periodistas, sicólogos y cuanta actitud no esté dispuesta a encarnar en su propia y profunda esperanza el problema de una juventud que se inmola ante el umbral de un porvenir que no verá jamás, como sí lo hicieron el cineasta y poeta Víctor Gaviria y la periodista magnífica y concisa escritora Laura Restrepo.

Así leí también sus dos primeras novelas, admirando su inmensa responsabilidad con que toma en sus manos a los personajes que golpean a su puerta y el ímpetu con que busca el centro del huracán que alienta toda alma humana, lo mismo entre un grupo de mujeres que recorren los sufrimientos y el horror del calvario en La isla de la pasión que por atroz que haya sido no destruye el límpido amor de una mujer que vivió en secreto, como entre dos familias de contrabandistas y traficantes que una a otra se asesinan y consumen en el miedo de su propia y multimillonaria miseria humana, como sucede ante nuestra incomprensible indiferencia colombiana en su novela El Leopardo al sol.

Este querer hacer vernos el presente, la realidad, inclinar nuestro corazón del lado más exigente de la vida, para que seamos capaces de volverla a hacer, menos turbia , está tal vez presente en todos sus libros. Ella quiere contar, comprender, acercarse a la realidad, convivir con ella, observarla, oírla, dejarla hablar, dejarla contar sus sueños, sus espantos, sus necesidades, sus más recónditos secretos, pero también susurrarle al oído su propia condición de mujer. Esta es una convicción que Laura Restrepo le ha impuesto al inmenso plan de trabajo que son sus libros, a la investigación abrumadora que respalda sus novelas y a su propia actitud ante la vida, la de ella y la que llamamos ajena... y la de sus personajes. El amor, un sentido muy vivo de la dignidad humana, una envidiable capacidad de análisis y una extraordinaria habilidad natural para ordenar la complejidad de las historias entrecruzadas... son algunos de los pocos dones de su condición de novelista que hoy soy capaz de nombrar, y que celebro intensamente porque ellos me libran del caos.

Creo que su nueva novela Dulce compañía es muy diferente a sus libros anteriores, no porque sea mejor o hayan madurado sus cualidades como apunta una crítica perezosa, sino porque esa vigilancia intensa con que antes daba cuenta de otras vidas ahora se inclina hacia ella misma, y se incluye en el tejido de la novela dejándose fotografiar entre el grupo de sus personajes, con los que está comprometida afectivamente. Aquí, Laura Restrepo habla con mayor libertad, se mueve como en su casa, opina con desparpajo y gracia, se quita con humor los dardos que la ambigedad, el absurdo o el destino le clavan en la piel, cóncava y destierra a donde giran voces y momentos perennes de la infancia.

Dulce compañía es la historia de una mujer que se enamora de la belleza inverosímil de un joven, de su perfección radiante , cuya sola presencia da consuelo, esperanza, amparo. En la novela, esta hermosura es la de un ángel, que también es hijo nacido de mujer y amante, pero ausente y lejano, como toda criatura supuestamente aliviada de la condición terrena. Para el ruso Andrei Tarkovski la belleza no es sino el símbolo de alguna otra cosa, que se manifiesta en la perturbación que causa y en el aura de su misterio. Para Simone Weil, que es filósofa, la hermosura es la eternidad, aquí abajo, entre los hombres . Y para Laura Restrepo perdón por este abuso es la exigencia del amor, y la presencia del alma, si nos hemos de atener también a la portada cristiana? que ella misma escogió para su libro, en donde Eros el amor hecho dios asciende al cielo griego con Psyche el alma entregada a una realidad absoluta.

Todo esto cumple para mí con el propósito del que hablaba hace algunos años don Octavio Paz, diciendo que la misión de los poetas de este siglo que ya se nos está acabando era rescatar el significado de la palabra alma, lo cual intenta maravillosamente Laura Restrepo, además de anhelar enseñarles a amar a las más esquivas criaturas de la tierra. Como dijo San Juan de la Cruz: Descubra tu presencia y mátame tu vista y tu hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura sino con la presencia y la figura .

Sí, existen otros mundos, pero están en este , y hay que verlos no con esa extraña cultura que tiñe de transparente rojo el agua luminosa destinada a los labios, sino con las primeras luces del día.

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