BORIS, EL AVASALLADOR

BORIS, EL AVASALLADOR

Gracias a la campaña electoral más costosa, a la mejor publicidad y al uso a fondo y con tino de las ventajas de ser presidente, ha saltado de un 8% de la intención de voto en marzo a líder de las encuestas que hoy le dan 35%. Y así y todo, Boris Yeltsin no tiene la victoria asegurada en las elecciones del próximo 16 de junio.

09 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Si hay alguno de los once candidatos a la presidencia rusa que esté brillantemente asesorado, al menos según los parámetros occidentales, ese es Yeltsin.

Típico luchador en situaciones aparentemente sin salida, el presidente-candidato ha pasado de ser uno de los coleros en marzo a liderar las encuestas.

Sin escrúpulos La técnica: una avasalladora campaña publicitaria, el uso sin escrúpulos del poder para dar regalos a manos llenas, inundar los medios de comunicación y asegurarse el respaldo de los jefes regionales, geniales golpes de efecto con los temas nacionales más sensibles, y un discurso que mezcla el reconocimiento de errores, una puerta entreabierta a su vida familiar y la promesa de que con él al menos no habrá sorpresas.

Yeltsin dispone del mayor fondo electoral (17.400 millones de rublos del máximo permitido de 17.500, casi seis veces más que el candidato comunista).

Dinero oficial. Porque la suma de sus decretos aumentando pensiones y estipendios estudiantiles, adjudicando créditos baratos, ayudas presupuestarias y beneficios impositivos, llega a muchos millones de dólares.

Sin contar con que no paga por aparecer día a día desde hace un mes de primero en las noticias, pues los canales centrales de la televisión -dos estatales y un tercero privado y recientemente converso a yeltsinista- lo apoyan del modo más abierto. Y que no está claro de qué bolsillo sale el dinero para pagar los rimbombantes viajes con los que literalmente ha recorrido a Rusia en las últimas semanas.

Su publicidad política pagada es habilidosa y multifacética. El eje son cortes comerciales en los que se cuenta con fotos en blanco y negro la dura vida de un ruso de fila, viejo a menudo (electorado base del comunista Ziuganov), para terminar con él, en vivo y en color, diciendo que votará por Boris Nikolaevich (Yeltsin), del cual lo único que figura en todo el tiempo es la firma estampada al final, bajo la leyenda Creo, amo, espero .

Otro bloque de cortes es para la juventud: relampaguean por la pantalla imágenes de los cantantes rusos más populares y en letras sicodélicas, a la vez que se pasa la lista de conciertos gratuitos que protagonizarán por toda Rusia, salta de pronto: Yeltsin, nuestro presidente .

Hay otra serie, destinada a los apáticos, cuya consigna habla por sí sola: Vota o pierdes . Y una más, para los indecisos: sobre un fondo de frases con toda clase de llamados y promesas que oscilan y desaparecen, un tenor dice: Si estás cansado de partidos y promesas, escoge al corazón de Rusia. Yeltsin! Para completar, las ciudades rusas están inundadas de carteles, como los que por todo Moscú lo presentan junto al alcalde y rezan: Los moscovitas ya decidieron . La aplastante mayoría de los gobernadores y jefes de repúblicas ha proclamado su apoyo a Yeltsin y ha dedicado su vasto poder a encabezar los comandos de campaña locales. El presidente de la Comisión Central Electoral no oculta sus simpatías por Yeltsin. Jefes de Flota y cuerpos de ejército y el ministro de Defensa lo promueven abiertamente.

La táctica Los mayores aportes a su prestigio los ha hecho, sin embargo, mediante brillantes movidas que combinan una cuidadosa preparación táctica con la respuesta a problemas claves del país. Nadie lo creía, pero Yeltsin trajo al Kremlin y sentó a negociar con él a los separatistas de Chechenia.

Para remate y realce de su valor personal, se fue al día siguiente a esa república a proclamar el fin de esta guerra impopular. Y apoyado en un blindado firmó un decreto reduciendo en seis meses el servicio militar para los que lo presten en zonas de guerra.

Ha tomado iniciativas que han puesto a la defensiva a sus concurrentes y han tocado puntos sensibles de la gente. La más sonada de todas es la promesa de terminar con el servicio militar y, a partir del año 2000, imponer un ejército profesional.

Y ha emprendido un cuidadoso retoque de su imagen. Por primera vez ha cedido en sus hábitos soviéticos y ha entreabierto la puerta a su vida familiar. Su esposa cuenta a la prensa la receta de la torta de chocolate preferida por Boria . Una de sus hijas está al frente de la campaña por la reelección; la otra se ha convertido en una especie de secretario de prensa paralelo.

Y eso no es todo. Ha reconocido errores en la reforma y su culpa en ellos.

Publicó un programa económico que es un diálogo con el elector y sus preocupaciones cotidianas así como el calendario detallado de quien está en el gobierno y sabe cómo manejar el país. Le ha sustraído a los comunistas puntos esenciales de su agitación abanderándose de la defensa social de los pobres y los afectados por la reforma y del renacimiento de Rusia como gran país.

Y, sobre todo, ha logrado polarizar la elección entre los comunistas, a quienes presenta como fuente del caos y retorno al pasado, y él, sinónimo de estabilidad y el único de los candidatos con el cual la gente sabe que no habrá sorpresas.

Sí, la campaña de Yeltsin para la reelección es avasalladora y cualquiera que la vea no puede dejar de pensar que va a ganar. Sin embargo, sobre su reelección planean dos dudas. Primero, a las encuestas en Rusia solo puede creérseles con reservas, pues han demostrado varias veces que se equivocan, en particular al predecir los resultados del partido de gobierno. El cual -y ésta es la duda principal- con la victoria anunciada, los medios del Estado a su favor, vastos recursos publicitarios y serios asesores occidentales, hizo el papel del oso en las elecciones parlamentarias del 93 y el 95.

Los métodos occidentales de campaña y publicidad en Rusia aún deben demostrar su eficiencia ante un electorado que no dice la verdad a los sociólogos y termina votando, a veces hasta para sí mismo, por sorpresa.

Ziuganov: cara y sello Gennadi Ziuganov es un político que ante el público local se presenta como el heredero de Lenin, y ante Occidente, juega el papel de socialdemócrata . Esta frase, publicada en febrero pasado por el periódico norteamericano The Wall Street Journal, podría resumir la imagen que del candidato comunista tienen sus opositores y sus copartidarios.

Este misterioso hombre, catalogado como una pieza gris del aparato comunista soviético en décadas pasadas, comenzó a brillar en el firmamento político en 1991, cuando firmó una carta abierta, junto a otros conservadores, contra Gorbachov, en las épocas de la perestroika. Este hecho, que le mereció el reconocimiento de su partido, le dio el pasaporte para que, dos años después fuera elegido como jefe del partido que él mismo revivió en las elecciones de 1993 y 1995.

Hijo de maestros, a quienes les siguió los pasos, entró al partido cuando comenzó su carrera como físico matemático, estudios que tuvo que interrumpir para prestar servicio militar. Una vez terminado el servicio retomó su carrera y volvió a formar en las filas del partido, en donde escaló cada uno de los peldaños de su carrera política.

Estando en la militancia fue testigo directo de la perestroika y la disolución de la URSS y en 1990 fundó, junto con los más ortodoxos comunistas del PCUS, el partido comunista de la Rusia soviética, para contrarrestar el peso de Gorbachov.

Disuelta la URSS y desmoronado su partido, se decidió a reconstruirlo, mientras Yeltsin y el parlamento peleaban.

Ziuganov tiene un discurso para todos. Mientras promete a los empresarios internacionales la seguridad para la inversión extranjera, anuncia ante sus camaradas que pondrá término al saqueo de su país.

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