EL CUENTO DEL CAMELLO Y EL CONSEJO SUPERIOR DE LA JUDICATURA

EL CUENTO DEL CAMELLO Y EL CONSEJO SUPERIOR DE LA JUDICATURA

Se dice que un camello es la figura de un caballo dibujado por un comité, o grupo de personas deliberando. La estructura organizacional que resultó de las decisiones de la Asamblea Constituyente de 1991 tiene todas las características de un camello, si acaso no las de un dromedario. Para que el público capte lo sucedido y comprenda por qué acabamos con esta extraordinaria criatura que es hoy el Consejo Superior de la Administración de Justicia, tenemos que hacer un poco de historia.

12 de abril 1995 , 12:00 a.m.

El Decreto 052 de 1987, reglamentario de la ley que estableció la carrera judicial, creó el Consejo Superior, constituido por un representante de la Corte, uno del Consejo de Estado, uno del Tribunal Disciplinario, uno de los jueces y uno de los empleados del sistema. La dirección administrativa quedó a cargo del director de la Carrera. La organización se completó con el nombramiento de las direcciones seccionales, una por cada Tribunal Superior. Estas estaban constituidas por un delegado de los magistrados, otro de los jueces y por el director de la seccional. En 1989 esta organización estaba marchando tan eficientemente, que el Ejecutivo decidió entregarle la ejecución del presupuesto.

En 1991 vino la Asamblea Constituyente, que se creyó obligada a desconocer lo que había sido creado y funcionaba satisfactoriamente, a pesar de que el proyecto que el Ejecutivo envió a ella recomendaba seguir con lo mismo, y creó una nueva institución, que es la que ahora tenemos.

Así primó el desconocimiento del ponente del proyecto en asuntos administrativos y el ansia burocrática de los constituyentes, interesados en la magistratura. En vez de un Consejo Superior representativo de la Rama Judicial, de tiempo parcial, como el que había, creó un Consejo constituido por 13 magistrados, siete en una Sala Judicial y seis en una Sala Administrativa, todos de tiempo completo, dedicados a las labores del Consejo, la primera reemplazando al Tribunal Disciplinario y la segunda para atender los asuntos administrativos. Así el trabajo que venía siendo realizado por cinco magistrados en tiempo parcial, pasó a serlo por 13 de dedicación completa.

A la doctora encargada de la ponencia del proyecto se le rogó que estableciera la figura del Director del Consejo, para que sirviera como ejecutor de las decisiones de la Sala Administrativa, pero ella se negó a hacerlo, alegando que la figura del director era ajena a la nomenclatura del sistema judicial colombiano.

Como si la aberración fuera poca, una Sala de seis magistrados, que toma decisiones administrativas, el ministro de Justicia de entonces, más joven que ducho en cuestiones administrativas, dispuso en la ley reglamentaria que aprobó el Congreso, que todas las decisiones del Consejo, incluyendo las administrativas, deberían ser aprobadas por la Sala Plena, constituida por 13 magistrados. Afortunadamente, la Corte Constitucional tumbó este otro despropósito. Para cualquier persona, con medianos conocimientos en cuestiones administrativas, es obvio que una organización, aún con seis personas que deliberan en conjunto sobre asuntos administrativos, sólo puede producir camellos.

Pero no todo está perdido. El Congreso, en la ley reglamentaria que estudia actualmente, puede enderezar, hasta cierto punto, el funcionamiento de la Sala Administrativa. Puede establecer que la Sala debe delegar todas sus funciones administrativas en un director, quedando ella únicamente como órgano de vigilancia y planeación, es decir como es y debe ser una junta directiva. Los señores magistrados perdonarán que use este término, tan ajeno a la administración judicial colombiana, pero es que ésta no tiene los apropiados, puesto que administración no existe en ella.

Mientras tanto, el camello que creó la Asamblea Constituyente puede quedar como está, hasta el día en que alguien con buen criterio lo modifique, como tendrán que ser modificados muchos otros de los que, en esos tres meses de apresurados debates, llenaron la augusta Constitución del 86.

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