LA LETRA CON SANGRE NO ENTRA

LA LETRA CON SANGRE NO ENTRA

El proceso educativo es una labor muy difícil de llevar a cabo. Sin embargo, es nuestra obligación realizar este proceso y, ante todo, propender por mejorarlo y modernizarlo.

10 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Ese es el espíritu de la nueva ley de educación. No obstante, nos parece que no está completamente clara y le falta un marco conceptual explícito. Haremos algunos comentarios al respecto tratando de dar claridad al tema.

La educación en nuestro país ha sido, por un lado, altamente autoritaria y, por el otro, con en el único sentido de dar contenidos, es decir, informar e instruir. Su máximo exponente es aún la prueba del Icfes.

Esta educación de contenidos eminentemente cuantitativos y métodos de no contención y técnicas represivas es una educación violentadora, con exagerada frustración.

Todo proceso educativo implica un poco de dolor y sacrificio, pero éste debe ser adecuado y medido para que el educando aprenda a gozar el aprendizaje. Si la exigencia es exagerada, el pupilo no solo no aprende sino que también bloquea el aprendizaje y se llena de rabia contra su educador y contra el sistema en general, abortándose el proceso.

Proponemos una educación que a través de una frustración amorosa se preocupe, antes de informar e instruir, por: 1- Domar los impulsos. Proceso que implica la reducción de nuestras tendencias innatas negativas como el sadismo y la destructividad, y estimular el compartir, la curiosidad y la creatividad.

2- Propender por el pensar sobre el actuar enseñando lentamente a aplazar y a planear.

3- Enseñar a preocuparse por el otro: compañeros, hermanos, padres, maestros, objetos del aula, del colegio y sociedad en general.

4- Culturizar en el amor, es decir, llevar a que el educando goce al preocuparse por el otro.

5- Ayudar al estudiante a aclarar quien es él y quienes son los demás, llevándole adquirir una adecuada capacidad de distinguir la realidad externa del mundo interno y permitiéndole ver y valorar lo que hay dentro de él y dentro de los demás para que se haga cargo de lo propio y valore lo ajeno.

6- Permitir y estimular el desarrollo de las potencialidades internas del educando en un proceso planeado y congruente al ritmo del desarrollo individual.

Para lograr esto el pedagogo debe conocer y respetar al alumno, y al vez debe tener el suficiente masoquismo que exige la educación para gozar al final de la brega.

De igual forma, es importante que sea capaz de sorprender a su discípulo gratamente, de escucharlo con atención y de individualizarlo para hacerlo sentir persona.

Por último, debe presentarse como ideal de identificación para que imitando al maestro el pupilo se introduzca en la comunidad como un ciudadano de bien.

Luego de lograr todo lo anterior, el pedagogo debe preocuparse por informar e instruir. Puede estar seguro de que si lo primero se ha hecho adecuadamente, el mismo alumno va a buscar con goce el enriquecerse de contenidos sin necesidad de que se le obligue, puesto que ha visualizado el acto educativo como algo agradable y satisfactorio.

Una educación que tenga como propuesta la meta de calificar conocimientos y obtener resultados académicos, que tenga como método la distancia y el rechazo, y como técnica la expulsión y la pérdida de año, es abortiva y vacía. Además, generará sin lugar a dudas lo opuesto a lo que pretende. Producirá seres inseguros, invalidados, resentidos, agresivos y no pensantes.

*Director de la Fundación Colombiana de Psicoterapia Infantil

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