CIPAGAUTA EN NUREMBERG

CIPAGAUTA EN NUREMBERG

Con alegría me he enterado de que al Museo de la Imprenta de Nuremberg se ha incorporado una colección de los retratos tipográficos de Pedro León Cipagauta. Los presentó en Bogotá hace 50 o 60 años y se recibieron con grande admiración. Obra original y de infinita paciencia, no hizo escuela. Nadie volvió, nadie lo siguió. El arte mismo de la tipografía puede decirse que desapareció, y a los tipógrafos que conocimos sucedieron los linotipistas y luego los que manejan las máquinas automáticas que acabaron con el arte manual practicado hasta los tiempos de Cipagauta.

10 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Este laborioso y original artista, tomaba un texto literario y lo reproducía ordenando la composición tipográfica en forma que, al imprimirse, ofreciera una imagen personal. El tenía que someter la composición a la sombras y espacios en blanco de la imagen. Era una obra de paciencia increíble. La galería completa de retratos hechos por él comprende unas 20 figuras. Tal vez la primera fue una cabeza de Gabriela Mistral, según la había hecho en escultura Edgar Negret. Negret y Cipagauta estudiaron cerámica con Oteytza, artista español que contraté en Buenos Aires por encargo de Guillermo Nannetti, entonces ministro de Educación, y que, de entrada a Colombia, organizó su taller de cerámica en Popayán. Negret y Cipagauta estudiaron en el mismo año. Negret pasó a ser el escultor que todos conocemos y Cipagauta el tipófrafo de los famosos retratos.

Tuve la suerte de ser uno de los escogidos por Cipagauta para su galería. Mi retrato tipográfico lo hizo sobre el texto de un artículo de Sanín Cano en una fotografía de Luis B. Ramos. Luis B. Ramos había ido a París a hacer unos cursos de pintura, y después de dos o tres años, regresó pintor y tipógrafo. La pintura la puso en un lado y como fotógrafo fue el primero que salió al campo a tomar escenas de la vida campesina, de las beatas boyacenses en las romerías a Chiquinquirá y escenas populares que cambiaron radicalmente la fotografía tradicional en Colombia. El retrato mío es fuera de serie, pero tiene relación con los temas suyos porque aparezco con un caballito de Ráquira en la mano.

La juventud de hoy difícilmente se da cuenta de cómo se producía esta imagen tipográfica. La imprenta, hasta 1930, era como la dejó Guttemberg. Su creación consistió en inventar el tipo suelto, cada letra separada para alinearla en un componedor y de ahí pasarla a los moldes que se ajustaban en una plancha de acero. Cada letra era de una caligrafía perfecta, y así nacieron las familias de tipos que reconocen los editores con el nombre de cada calígrafo que dibujó la letra correspondiente. Los caracteres góticos de las primeras familias son bellísimos, y así, por ejemplo, la Biblia de Gutenberg parece tan bella como un manuscrito. La primera letra de cada capítulo, la capital, o cabeza de párrafo, se dibujaba a mano y podía ser materia de una escena en miniatura, que, en el caso de la Biblia, seguía siendo ejecutada con la perfección de un Libro de Horas.

Los tipos se colocaban en cajas que tenían compartimientos separados para cada letra y el tipógrafo picoteaba sacando la letra y llevándola al componedor donde la alineaba siguiendo el texto que iba a levantar. Cipagauta acompaña el texto repartiendo los claros y los oscuros del retrato, de suerte que, visto a distancia, se fundían las luces y las sombras y la figura quedaba completa. Entrar en el Museo de Nuremberg es quedar un poquito tocado de la inmortalidad editorial. Creo que no se lo habría soñado con su apellido indígena Pedro León Cipagauta, después de medio siglo de ser escrupulosamente ignorado en Colombia y en todas partes.

Estos entretenimientos eran muy propios de la época en que Cipagauta sorprendió con sus retratos. Precisamente por esa misma época pero esto es mera coincidencia José Juan Tablada hacía su poesía ideográfica a la manera de Apollinaire en París. Naturalmente a lo de Tablada le hacían aún menos ambiente que a lo de Cipagauta en Bogotá. Yo publiqué los poemas ideográficos de Tablada en mi periódico de estudiante La Voz de la Juventud y recuerdo uno que copio en seguida. El texto leído de corrido dice así: Siento al mirar tu escarpín/ teñido el aúreo tacón/ en un trágico carmín/ que me sangra el corazón./ El lo daba de esta manera: que fue como lo publiqué entonces:

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