EL TIANGUIS O LA CARNE DE CAÑÓN

EL TIANGUIS O LA CARNE DE CAÑÓN

México es uno de los mercados más atractivos del fútbol mundial. Antes de cada temporada, los dueños de equipos invierten fuertes sumas en la contratación de figuras que no siempre llenan las expectativas, produciendo graves desequilibrios en sus presupuestos. Esto, claro, no es algo nuevo. Es el mismo riesgo que corren los grandes equipos de España, de Italia, de Alemania.

08 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Lo original en México es la celebración, todos los años, de un mercado de jugadores que el hombre de la calle llama allí tianguis y que acaba de tener lugar en Acapulco. En lengua nahuatle, reciben ese nombre las ferias de los pueblos del interior.

Para que nadie asocie esa ceremonia con las antiguas reuniones de mercaderes en donde eran expuestos los animales y las cosas al mejor postor, los dirigentes mexicanos prefieren llamarla draft, que es la palabra con que en inglés se designa el llamamiento a filas de los reclutas y que en el béisbol pasó a designar el mercado libre de jugadores.

Ninguno de los dos nombres llega a ocultar este infame retorno a la época de las caravanas, este ofrecer o intercambiar géneros vendibles. Antes eran vacas por herramientas o paños por herraduras. Hoy son futbolistas llegados hace poco a México con el rótulo de estrellas y expuestos hoy en la deshonrosa pasarela de Acapulco como objetos de subasta. Carne de cañón maltratada por el uso y el abuso.

Con motivo del tianguis de piernas, la televisión mexicana nos ofreció en el cable un divertido panel con varios dueños de equipos y dos ex jugadores. Allí estaban el intelectual vanidoso (Cruz Azul) y el inmigrante español que hizo las Américas (Celaya), entre otros dirigentes.

El panel reflejó el enfrentamiento de dos clases antagónicas. De un lado, los dueños de la carne. Del otro, los jugadores, llevados allí como ganado marcado con el hierro del propietario para que los interesados echen un vistazo a sus depreciadas y despreciadas musculaturas y les miren los dientes.

Los participantes en la ronda televisiva, vestidos con atuendos playeros, terminaron enredados en una interminable discusión bizantina sobre quién es más importante en el fútbol, el futbolista o el dirigente. Se oyeron los argumentos más peregrinos.

El español del Celaya retó a los presentes a que recordaran además del señor Gil y Gil, el presidente del Atlético de Madrid, un solo jugador de ese club que fuera más famoso que aquel, como si la patanería y la prepotencia sirvieran para establecer escalafones en el fútbol.

Un ex jugador recordó que, en su época, él podía elegir entre dos o tres clubes que se interesaran por sus servicios, aquel que le despertara mayores simpatías o fuera más conveniente a su carrera. En el tianguis de hoy, al jugador se le oculta hasta última hora el nombre de su futuro amo.

El tianguis es un extravagante pretexto para pasar unos días en la playa, y es, además, el único espectáculo al que la gente asiste para examinar y tasar piernas masculinas. En cierta medida una justa reivindicación de la mujer-objeto.

Pero, significa también el regreso a la manigua de la lucha de clases. Van a la playa, pero, no se bañan juntos el negrero y el esclavo.

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