Correa se atornilla

Correa se atornilla

El contundente triunfo obtenido por los partidarios de la nueva Constitución ecuatoriana, encabezados por el presidente Rafael Correa, cambia radicalmente el panorama político de esta nación cercana por motivos de historia y vecindad. La razón es que una vez más vuelve a ganar en América Latina la postura de que es necesario un ejecutivo fuerte, que acumule dentro de su órbita más responsabilidades y mayor capacidad de gestión, en desmedro de los demás poderes públicos. Si bien dicha tendencia les puede preocupar a quienes son partidarios de un mayor equilibrio institucional, lo sucedido confirma que hay nuevos vientos soplando en la región y que estos han tenido lugar en desarrollo de procesos democráticos.

30 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Así sucedió en el caso ecuatoriano, pues tanto la conformación de la Asamblea Constituyente, que trabajó durante la primera mitad del año, como la ratificación de la nueva Carta, fueron el resultado de la voluntad popular. En todo lo sucedido tuvo un peso inmenso la figura de Correa, un líder tan complejo como carismático, quien, además de impulsar un populismo con bases cristianas, se proyecta como una figura fuerte en un país que, en los lustros que acaban de pasar, se caracterizó por una sucesión de presidentes débiles. De hecho, los analistas prevén una fácil victoria del actual mandatario y de su movimiento, Alianza País, si, como parece previsible, tienen lugar elecciones el próximo año.

Por esto, y tal como en la Venezuela de Hugo Chávez, el palacio de Carondelet podría estar habitado por la misma persona hasta bien entrada la próxima década. Parte de la explicación tiene que ver con la inmensa capacidad de Correa de sintonizarse con la opinión, pero tampoco es despreciable el hecho de que la nueva Constitución le da un margen de maniobra mucho más amplio que a sus predecesores. Este incluye desde la posibilidad de tener bajo su égida al Banco Central, la Corte Suprema o los órganos de control, hasta ganar en gobernabilidad gracias al fin del sistema de fragmentación política, que se manifestaba a través de una multitud de partidos pequeños en el Congreso.

No obstante, como todo cheque en blanco, este también tiene peligros potenciales. Uno de ellos es la actitud pendenciera de Correa, quien no ha dudado en avasallar a sus contradictores internos como externos. Por ejemplo, su dura pelea con el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, puede acentuar las tensiones regionales en un territorio dividido entre la costa y la sierra. Pero también decisiones como la de expulsar a compañías como la brasileña Odebrecht, al igual que anuncios sobre el no pago de la deuda externa, han llevado a una paralización de la inversión extranjera y a un alza inmensa del ‘riesgo país’. Eso para no hablar de medidas que pueden desembocar en menor libertad de expresión o en un espacio más reducido para la actividad privada, pues Correa es de los que creen que el Estado lo puede hacer todo.

A todas estas, Bogotá tiene que calcular bien sus próximos pasos, con el objetivo inmediato de restablecer las relaciones diplomáticas con Quito, cortadas desde los sucesos del primero de marzo, cuando fue atacado el campamento de ‘Raúl Reyes’. A pesar de que el silencio en ambas capitales ha elevado la posibilidad de que los respectivos embajadores regresen a sus sedes, es indudable que hay que trabajar mucho para recuperar la confianza perdida. Como si eso no fuera suficientemente difícil, pocos olvidan que entre Álvaro Uribe y Rafael Correa hay todo menos química y que la posibilidad de nuevos encontrones seguirá a la orden del día. Pero ese obstáculo no debería impedir que se reanuden los lazos y que ahora sí los dos gobiernos puedan desarrollar iniciativas a favor de las zonas de frontera, que han sido las grandes víctimas de un rompimiento que, a la luz de lo ocurrido el domingo pasado, debería ser superado cuanto antes.

Bogotá debe calcular bien sus próximos pasos diplomáticos con Quito después de la ratificación de la nueva Constitución

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