MUCHACHA DEL SERVICIO

MUCHACHA DEL SERVICIO

María Villa fue, durante cuatro años, una muchacha del servicio cualquiera. Más aún, está agradecida. Se portaron muy bien conmigo , dice. Y como cualquiera de ellas, para sus patronos María estaba en el limbo: sin pasado ni futuro, sólo existen en la discontinuidad de verlos servir.

09 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Pero María Villa, como todas ellas, tiene esa continuidad de vida casi épica de mujer de los barrios altos. Un día tuvo una estrecha cafetería a donde llegó un señor a pedirle comida. Se la preparó por amabilidad, y a los días tenía ya un pequeño restaurante . Luego administró una pensión en San Benito, en donde tenía que rogar y gritar frente a las puertas para que le pagaran. Luego, a los 54 años, puso un café a donde iba todo el desordenado álbum de los talleres, las imprentas, las rebuscadoras y los piperos de buena ley. Iba también un muchacho de 21 años que hacía culturismo en el local vecino, el gimnasio de los Paucar. Este muchacho, extraña mezcla, fue Mister Antioquia y era además un pintor reciente y apasionado, singularmente talentoso. Iba a bosquejar las caras de los piperos, apostados a las mesas del fondo del café. Conversaban, sólo muy tarde se besaron... Aquí hay una historia extraordinaria que no sería capaz de contar. Diré que se casaron ocultos en una nave lateral de la Candelaria, revueltos entre los necesitados transeúntes que piden y rezan cosas imposibles a las 10 de la mañana. Hay fotos de ellos sentados en la arenilla de una quebrada diáfana, con el agua hasta el estómago.

María Villa había hecho de niña juguetes y sombreros de paja. Sabía leer, le gustaba recitar. Sólo cuando su esposo le pintó en tela una imagen convencional y minuciosa de San José, María Villa vio la pintura y se admiró. Tomó el ripio de los colores y los desechos de los lienzos y empezó a pintar sin guía ni escuela el mismo San José, o cosas semejantes, para que fueran igual de minuciosas y veraces. Pero la mano se torcía, los colores se hacían extravagantes y libres, y los rostros se ponían verdes como una enfermedad, y en las manos de los niños, esbozadas, había de pronto lila y amarillo sin mezclar... María hacía mamarrachos, su esposo sabiamente se abstenía de corregirla, y como a una gatica que se quiere apresar dejándole pistas de leche y queso, él le llenaba las mesas de pintura y olvidaba lienzos en las mesas. María Villa se tornó entonces, empezando sus jóvenes 57 años, en la Reina de los Mamarrachos. En lienzos recortados, húmedos, sin preparar ni templar, y que fueron acomodándose en cajas también húmedas escondidas bajo las camas, hay cientos de mamarrachos que siempre son violentos e intuitivos, y muchas veces, con más frecuencia de las que permite el azar, son una insólita y sabia solución de color, un milagroso hallazgo de legítima pintura.

La casa de María Villa es oscura. No sé dónde pinta ni a qué horas. Pero esto es secundario. Ella es para mí muchos enigmas juntos que quisiera resolver. Ella está, sin saberlo, sin quererlo, en la misma búsqueda central de los mejores pintores modernos de este país. Detrás de ella hay una fuerza ciega que la sostiene, una increíble imaginería popular que la palabra tradición no apresa. A veces he visto sus lienzos saltar de la caja que empuja hasta la sala, y caer a la acera y luego correr calle abajo con el viento. Uno debe ir tras ellos contra su secreta voluntad de mezcla y dispersión... Al inclinarme para recogerlos, uno escucha el fragor de voces y pasos y vida que sólo hay en la parte alta. Creo que esa es la fuerza que traza los mamarrachos de María Villa, sus colores, sus auténticas imágenes.

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