NUEVA ESPERANZA

NUEVA ESPERANZA

El mundo católico celebra otra Semana Santa, que abrirá nuevamente espacios propicios para la reflexión, para el recogimiento y, en especial, para albergar nuevas esperanzas. Esas que parecen más difíciles cada año, cada día.

09 de abril 1995 , 12:00 a.m.

La religión implica fe. Esta es la base de su filosofía. Y esa fe íntima, en el caso del catolicismo, es la que lleva a los hombres, a los pueblos, a congregarse en torno de un Dios, de una Virgen, de un Crucifijo; a confiarles sus pecados, a reconocer sus errores y a hacerse el propósito de enmendarlos.

Los colombianos tenemos mucho por qué orar y también muchos buenos propósitos. Seguramente, no solo de parte de los fieles sino de boca de los sacerdotes y obispos, se escucharán vehementes invocaciones a la paz. Esa paz tan esquiva que a veces sentimos cercana y otras, las más, muy distante.

Brinda también la Semana Mayor oportunidad propicia para, además de conmemorar y rememorar la vida de Cristo, recordar y repasar sus mandamientos, por desgracia en su gran mayoría desobedecidos con inexcusable frecuencia. En este sentido, insistimos en que los grupos al margen de la ley descansen sus fusiles. Que por lo menos por este breve lapso silencien los cañones de sus armas y cumplan el mandato cristiano de respetar la vida y la integridad de sus semejantes.

Y qué bueno sería acaso seremos ilusos? que muchos compatriotas secuestrados recobraran su libertad. Porque ésta no solo está incluida en los preceptos divinos, sino que es un derecho humano. Quizá el más sagrado y que, sin embargo, se viola a diario.

Esta dolorosa reseña podría hacerse interminable. Porque cada uno de estos flagelos anticristianos, aupados por las pasiones humanas, por la ambición de riqueza y el ansia de poder, trae secuelas funestas para la humanidad. El narcotráfico, por ejemplo, que será otro de los temas ineludibles de las pláticas propias de los días santos, atropella todos los mandamientos cristianos: mata, envilece, degenera y llena de soberbia a quienes lo practican.

No obstante, queremos transmitir un mensaje positivo de esperanza, de fe, de aliento, y por eso simplemente pedimos a todos aquellos que han extraviado el camino, un poco de reflexión.

A propósito de estos temas resulta muy reveladora la encuesta que publica hoy este diario.

Colombia sigue siendo un país católico, de arraigadas tradiciones. El 97 por ciento de los encuestados afirma que está bautizado por la religión católica y el 89 por ciento sostiene que todavía es militante de la Iglesia de Roma .

De ello darán cuenta las solemnes y multitudinarias procesiones de feligreses en los actos litúrgicos de la Semana Mayor. Es la grey del Señor, donde cada quien eleva su plegaria. Sin embargo, hay que reconocerlo, los católicos colombianos se apartan radicalmente de las posiciones de la Iglesia en aspectos como el uso de la píldora y el condón, la virginidad o la disciplina en la práctica de los sacramentos.

Asimismo se evidencia una inquietante diferencia entre la credibilidad institucional de la Iglesia, siendo esta mucho mayor, y la credibilidad personal de los sacerdotes.

Sirvan pues todos estos elementos para la reflexión durante esta Semana de Pasión, que llega como un bálsamo maravilloso para los espíritus alterados y los ánimos caldeados en un país que debería optar con entusiasmo, en todos sus frentes, por los caminos benditos de la reconciliación y el amor enseñados por el Hijo de Dios.

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