LOS GUARDIANES DE SAN AGUSTÍN

LOS GUARDIANES DE SAN AGUSTÍN

Ver que nos miran de barro y adentro guardamos cielo. Saber que nos sienten de piedra y seguir siendo silencio. Anónimo

09 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Es probable que a partir de diciembre el Parque Arqueológico de San Agustín no sea sólo patrimonio nacional, sino patrimonio de la humanidad, por determinación de la Unesco.

Son muchos los puntos a favor: primero las estatuas y tumbas con más de un milenio, y segundo la geografía de la región, amarrada al nacimiento del río Magdalena, dueña de una gran diversidad de especies de fauna y flora nativas, y sostenida entre las cordilleras Occidental y Central. Todo ello convierte al Parque en un escenario de cultura tradicional que representa la fundación y, en cierta forma, la raíz del país.

A estas condiciones se suma otra propiedad, quizás menos tangible y duradera que aquellas, pero no por ello intrascendente: un grupo de gente que vive del Parque y para el Parque: los vigilantes y administradores, los artesanos que perpetúan una tradición, la población y, más allá, aquellos nacionales o extranjeros que un día llegaron como visitantes, pero que decidieron quedarse a vivir en medio de este silencio (aunque nadie desconoce la presencia de guaqueros, intermediarios y estafadores que comercian con piezas auténticas o que venden por verdaderas cerámicas y piedras que son falsas).

Sin embargo, puede decirse que cada vez es mayor el grupo de los que con respeto y convicción ponen su mirada y su trabajo sobre el Parque. Es por buena parte de ese grupo humano que en San Agustín la noticia del robo de estatuas no se volvió a dar, después de que hace tres años esos hechos marcaron la imagen del que para muchos es el centro arqueológico más importante del país.

Los sabios del Parque Manuel Mazorra se sabe el Parque de San Agustín de un extremo a otro. Es un hombre del camino. A pie o a caballo lo ha recorrido desde el llamado Parque de las Estatuas hasta el Alto de las Piedras, en el municipio vecino de San José de Isnos.

De tanto andarlo, se acostumbró a su vegetación nativa, al canto de las guacharacas antes de las seis de la mañana, a descifrar las expresiones de las más de 400 esculturas que se calcula hay en la región y a interpretar a su manera los mensajes, a veces muy técnicos, de la antropología y la arqueología. Mazorra, jubilado del Parque como inspector de monumentos, caminó jornadas como guía de turistas, en unos casos, y mano de derecha de investigadores como Gerard Reichel-Dolmatoff, en otros.

Su sucesor, Baudelino Grijalba, dentista y vendedor de helados además de inspector, también tiene en la cabeza los más de 500 kilómetros cuadrados en que se encuentran los tres parques, San Agustín, de las Piedras y de los Idolos.

Como ellos es Neftalí Meneses, un hombre que le ha dedicado 24 años de su vida a los parques, seis en San Agustín, y los demás en Los Idolos, pero que entre la gente es más popular por su fama de buen jugador de tejo.

Ellos hacen parte, o hicieron en el caso de Mazorra, del grupo de 40 hombres encargado del cuidado del Parque, bajo la responsabilidad directa de Colcultura y del Instituto Colombiano de Antropología. Con mayor apoyo cada vez de la Fiscalía, el Das y la Alcaldía.

Oriundos del pueblo de San Agustín en su mayoría (muchos descendientes de caucanos o nariñenses), estos personajes a los que Eduardo Forero, director del Parque, describe como hombres llenos de saberes, son algunos de los que en la zona han logrado darle forma a ese concepto de proteger el patrimonio. Ejemplos, hay varios: el Parque le ha dado a Neftalí Meneses dos de los días más felices de su vida: el primero fue la recuperación en cuestión de dos jornadas de una estatua que había sido robada en enero de 1993, y el segundo haber terminado de sacar de la tierra la estatua más alta de las halladas en la zona y dejarla levantada en medio del Parque de los Idolos. Y Eduardo Forero, el director, conoció aquí uno de los momentos más importantes de su carrera de antropólogo y arqueólogo, cuando con su grupo halló una nueva estatua en el sitio el Tabor, a mediados del año pasado.

Música en El Quebradón Hay días en los que el silencio del Parque San Agustín se ve roto por el eco que producen las piedras al chocarse. Los trabajadores y demás vecinos de El Quebradón saben que ese toc toc lo produce Angelmiro Guerrero cuando se dedica a trabajar las piedras para sacar de ellas estatuas que vende en las tiendas de artesanía del pueblo o que hace por encargo.

Guerrero también es hombre de caminos. Pero sólo siete años atrás miró con detenimiento esas estatuas y descubrió que él también podía hacer unas similares. Hoy, a los 33, junto con Manuel Carvajal, es uno de los artesanos más reconocidos en San Agustín, no sólo por su trabajo en grandes piedras sino por sus artesanías en barro, cerámica y madera. De su trabajo hace parte activa su esposa y cuando va a El Quebradón también se le ve acompañado de sus tres hijas.

Miraba las estatuas y ni siquiera me veía haciendo una. Uno que ha vivido por ahí y se atravesaba el camino del Parque se imaginaba y se le hacía raro cómo harían los antiguos para hacer esas estatuas? Y cada vez se le hacían más bonitas...

Con un cincel que sea el doble de fino de la piedra que va a tallar, Guerrero dedica jornadas que pueden iniciarse a las siete de la mañana y se van a veces hasta las once de la noche.

A finales de diciembre del año pasado, sin embargo, la rutina de aquel eco se alteró cuando la Fiscalía de San Agustín se lo llevó preso, bajo la acusación de que iba a vender una de las estatuas del Parque. Guerrero nunca entendió el procedimiento pero le tocó pasar 24 horas en la cárcel, pues un antropólogo había afirmado que la estatua que iba a vender por 250.000 pesos, la misma a la que él le había dedicado semanas enteras, era auténtica.

Con apoyo de testigos que lo vieron trabajarla y el reconocimiento de la dirección del Parque de que no se trata de una estatua verdadera, Guerrero salió limpio del asunto, aunque los trámites le han impedido recuperar la pieza.

En busca del paraíso perdido A la zona del Parque la bordean pequeñas casas campesinas, muchas ocupadas por los artesanos que como Guerrero producen cientos de piezas que se comercian en las tiendas de San Agustín y el vecino municipio de Pitalito. No hay muchas oportunidades de empleo en el pueblo, con todo y que la nueva administración municipal impulsa programas agrícolas.

Con los artesanos (que se han venido desde Vichada, Nariño y hasta del centro del país), están también los guías, los baquianos (alquiladores de caballos) y, por otro lado, nacionales y extranjeros que llegan a la zona como visitantes y que, de pronto, deciden quedarse allí. Uno de estos últimos, hijo de un senador estadounidense, llegó en los años setenta y construyó su propio espacio. Hay en San Agustín aproximadamente 35 familias de extranjeros. Algunos los ven con recelo porque muchos de ellos han comprado a los campesinos sus parcelas y, según dicen, esto los desplaza y los deja sin trabajo.

Finalmente, aunque resulte difícil de creer, es mucho lo que todos tienen en común. Más allá de caminarse un parque en las noches, de escuchar las guacharacas y de alegrarse con un hallazgo, los une el suelo de varias culturas que siglos atrás, con su muerte, lograron quedar vivos para la posteridad.

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