LOS INTELECTUALES, LA ÚNICA PASIÓN DE LUIS

LOS INTELECTUALES, LA ÚNICA PASIÓN DE LUIS

Todos los días, Luis de Zulueta y sus primos salían al prado para ver al adolescente solitario que entrenaba boxeo en los alrededores de las residenciales estudiantiles de Madrid. Se divertían con los golpes al aire y los movimientos de pies y de cintura de ese joven español llamado Luis Buñuel.

09 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Poco tiempo pasó para que Luis de Zulueta, un español exiliado en Colombia hace ya 57 años, recordara aquellos tiempos de pantalón corto al lado de quien sería uno de los mejores cineastas de España y luego, su molesto compañero de trabajo y su jefe.

Pero demasiado tiempo sí pasó, cerca de tres décadas, para que Zulueta fuera ya el amigo de Buñuel, pero no precisamente el de Salvador Dalí, porque cuando conoció al surrealista y dijo frente a él unas cuantas palabras acerca del cineasta, el pintor reaccionó. Lo miró de esa manera tan especial, se disculpó y se alejó para nunca más volverle a dirigir la palabra.

Zulueta comprendió después el porqué de la enemistad entre los dos artistas, al fin y al cabo, tuvo suficiente tiempo para conocer a Buñuel. Primero trabajó para él y luego fue su amigo. Cuando Buñuel fue el director administrativo de proyectos del Museo de Arte Moderno de New York, Zulueta se desempeñaba como el asistente de actividades extranjeras. Nuestros contactos eran desagradables, no me ayudaba en nada , recuerda. Sin embargo, un año después de la salida del cineasta, Zulueta recibió una carta en la que le ofrecía trabajar con él en la Warner Brothers, en California.

Sin embargo, para este publicista y crítico español, su admiración y sus recuerdos no son solo hacia Buñuel, Dalí, Neruda, Unamuno, Baroja, Guillén o lo demás intelectuales europeos y latinos que conoció en su juventud, sino especialmente hacia Pablo Picasso. Y gracias, cuenta, a Domingo Dominguín, quien en 1970 estaba en París organizando la difusión por televisión, a nivel mundial, de una corrida de toros desde la plaza de Las Ventas, en Madrid, que nunca se hizo.

Un día Domingo me dijo: antes de llegar a España, voy a pasar por Vallairus para ver a Picasso, quieres venir conmigo? Y claro, salté inmediatamente y me fui con él. Picasso nos recibió en su casa y hablamos toda una tarde. Era un hombre especial, cada vez que comentaba algo me daba un golpe en la rodilla y al mirarlo uno descubría algo curioso: que Picasso nunca cerraba los ojos, que no parpadeaba, que tenía unos ojos como de bicho que no se cierran nunca .

Fue una charla con anécdotas especialmente sobre lo que Picasso le debía a su padre, un hombre a quien le gustaba pintar palomas y paisajes, recuerda Zulueta. Picasso contaba que la suya era una familia muy pobre que cocinaba la paloma minutos después de que el padre la acababa de dibujar, pero dejaba las patitas clavadas con alfileres en la misma posición en que el animal había sido dibujado. Y como el padre estaba mal de la vista, era el niño -Picasso- el encargado de pintar las patitas. Picasso decía que todas las palomas que había dibujado eran un homenaje a su padre. Nos mostró un recibo que el padre había pagado a la Escuela de Bellas Artes de Barcelona por 30 pesetas, producto de un préstamo .

Qué pequeña es Bogotá! Fueron su padre, el Museo y la publicidad los que le permitieron a Luis de Zulueta conocer algunas de las figuras intelectuales más importantes del siglo, porque su padre fue ministro de relaciones exteriores del gobierno republicano español en los primeros años de la década de los 30 y luego, embajador en el Vaticano.

Roma fue, precisamente, la última parada de este español antes de dejar su país a los 24 años y llegar a uno desconocido, Colombia. Cuando estalló la guerra civil, nos trasladamos de Roma a París porque aunque mi padre era embajador en el Vaticano, no teníamos seguridad física, ya que Italia apoyaba a Franco. Pensábamos que de un momento a otro asaltaban la embajada. Entonces, nos refugiamos en Colombia .

Y fue en este rincón latinoamericano porque el padre de Zulueta sabía mucho de Colombia, al fin y al cabo no solo había tenido varios contactos con los presidentes colombianos en su desempeño como canciller español, sino también porque fue mediador en uno de los conflictos colombo-peruanos en la década de los 30. Sabía quién era Eduardo Santos y, por eso, él y su familia llegaron en 1938, el año en que Santos asumió como Presidente de Colombia.

Su primer impresión no fue la mejor. Tuvo que viajar del puerto de Barranquilla a Bogotá, por todo el recorrido del río Magdalena, en un debilucho avión de la compañía Ecadta, cuya tripulación era toda alemana. Bogotá me pareció muy, pero muy pequeña, aunque nos fuimos a vivir en las afueras de la ciudad, que en esa época era la calle 72. Era una pensión elegante de propiedad del padre de Roberto Arias Pérez .

Pero a pesar de que su padre llegaba a Colombia con un cargo fijo y con un buen número de amigos, Zulueta solo estudió un año en la Escuela de arquitectura de Bogotá, porque por problemas de salud, por la salida repentina de España y por lo difícil que era para el joven adaptarse a un país extraño, sus padres lo enviaron a Estados Unidos, donde estuvo cerca de ocho años.

Luego de trabajar en el Museo, con Buñuel, en el cine, la actuación y las artes, regresó a Colombia. Y lo hizo pensando en acompañar a sus padres ante la muerte de un hijo y no en la nueva vida que empezaba, porque se inició algo distinto. Primero, su ingreso a la publicidad, luego, en la crítica de arte.

Cuando llegó el momento de decidir en dónde vivir, no dudé en escoger a Colombia. Es el país donde tengo a mis mejores amigos y un apartamento, algo propio. En España, por el contrario, están un hermano, varios primos y muchos recuerdos, pero nada que me pertenezca . Lo confunden con el artista Edgar Negret, pero por el amor al arte, sino por su cabeza rapada.

Así fue como se metió en el mundo de la publicidad con su empresa Par publicidad y durante un poco más de 25 años se encargó del manejo de las cuentas de Coltejer, Suramericana de Seguros, Postobón y Noél, entre otros. Hoy, por el contrario, es otro su interés: la crítica de arte y literaria.

Y la culpa, dice él, es esa atmósfera de las residencias estudiantiles de Madrid, que cada año visita, por ser ese uno de los sitios de encuentro de la intelectualidad de la mitad de siglo. Esa atmósfera no la ha borrado ni el tiempo, ni el franquismo . Por eso, porque sabe qué fue de España y conoció y estudió a sus figuras, él dictará unas conferencias organizadas por la Fundación Santillana y la Embajada de España en Colombia sobre Picasso, Cervantes y Velázquez.

De Picasso, porque lo conoció. De Cervantes, porque quiere contar que hay datos precisos para afirmar que Cervantes vio a El Quijote y que ese sitio y ese momento están apuntados en la obra magistral. Y de Velásquez, porque sencillamente no puede ni quiere quedarse callado ante las críticas que Jonathan Brown hace del pintor en su libro Velásquez, pintor y cortesano , que se publicó en Madrid en 1990, cuando se realizó la más completa exposición de las obras del artista andaluz.

Este libro me hizo reaccionar porque su tesis me pareció absolutamente estúpida, aunque se apoya en la misma tesis estúpida enunciada unos años antes por José Ortega y Gasset , dice Zulueta. Y es que para él parece una mentira que un crítico haya dejado impresas semejantes bobadas .

Todo se debe, dice, a que la obra asegura que a Velásquez le interesaba más la Corte que la pintura. El hombre que deja el mejor cuadro del mundo, Las Meninas, según Picasso, no vivió más que para pintar. Como todos los hombres, puede ser que haya tenido otras actividades en la vida, pero su actividad fundamental fue la pintura. Nadie hace el mejor cuadro del mundo si no ha dedicado su vida a ello .

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