CASTRO Y HART:LOS SECRETOSJUICIOS MUTUOS

CASTRO Y HART:LOS SECRETOSJUICIOS MUTUOS

Hay un delicioso pasaje del libro de Andrés Oppenheimer sobre Cuba La hora final de Castro en el que Armando Hart, ministro de Cultura en Cuba, con cierto nerviosismo cito de memoria le dice al periodista: Ponga usted ahí que yo soy un duro, un marxista leninista, diga que no soy un reformista . Eran los años 90 y 91, época en la que el máximo líder había decretado el retorno al jurásico ideológico y bramaba desde todas las tribunas contra los blandengues que se entregaban a las maniobras traidoras de la perestroika. Hart era uno de esos criptorreformistas, un blandengue, pero lo negaba. Tenía miedo. Ese miedo a Castro y a perder la cuota de poder que su jefe le dispensa a cambio de una lealtad que no se funda en convicciones ni valores, y mucho menos en el respeto, sino en el instinto de supervivencia y en la conveniencia.

08 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Esta historia viene a cuento de la reciente y desastrosa visita de Armando Hart a España, precedida por una curiosa campaña publicitaria en la que se le presentaba como el ideólogo de la revolución. Un ideólogo, por cierto, incapaz de articular dos ideas coherentemente, y mucho menos de defenderlas con inteligencia frente a sus adversarios políticos, como comprobara, no sin cierta amargura, doña Rosario Navas, la embajadora de La Habana en Madrid, persona mucho más amable, flexible y comprensiva, de quien un día pienso escribir un artículo de fondo, con profile incluido, porque lo merece.

En todo caso, lo que realmente me interesa de Hart no es el aspecto anecdótico de su paso por España, sino explorar la curiosa naturaleza de sus relaciones con Castro porque, en cierta medida, no constituye una excepción. El vínculo que los une forma parte de un patrón de comportamiento que se repite una y otra vez entre los históricos , es decir, los que hicieron la revolución junto al comandante. Mucho de lo que se puede decir con relación a Hart también es cierto de Jesús Chucho Montané, de Juan Almeida, de Melba Hernández, de Faure Chomón o del recientemente fallecido Faustino Pérez, todos figuras importantes de la lucha contra la dictadura de Batista.

Comencemos por contar lo que Castro cree de Armando Hart. Para Fidel, tal vez demasiado riguroso, su ministro de Cultura es sólo el pobre Armandito . Un tipo casi disléxico, laborioso pero inculto, abogadito mediocre sin lecturas ni formación intelectual seria, pésimo funcionario, desorganizado y caótico, que en los años sesenta, cuando pasó por el Ministerio de Educación, dejó como secuela un desastre burocrático que nunca se ha podido reparar del todo. Castro no duda de que Armandito sea una buena persona, pero le reprocha cierta debilidad de carácter que acaso se deriva, precisamente, de su bendita bonhomía. Le faltan pugnacidad y energía para dar un puñetazo en la mesa y desprenderse de las personas incompetentes. Le falta espina dorsal para defender sus ideas todo lo contrario de Eusebio Leal y lo que suele hacer, cuando alguien le estorba o lo considera una mala influencia, es instalarle un despacho con aire acondicionado y convertirlo en su asesor. Así trató de hacer con Alfredo Guevara un funcionario infinitamente más inteligente que Hart, pero Guevara prefirió marchar a París, al frente de la Unesco, antes que subordinarse a una persona a la que tanto él como Castro desprecian profundamente. Jamás pisó el despacho que obsequiosamente Hart le había construido en las dependencias del Ministerio de Cultura.

Por otra parte, lo que Hart piensa de Castro a juzgar por sus más íntimas confidencias es aún más grave. Hart aclaremos proviene del sector anticomunista del Movimiento 26 de Julio, pasó por cierta militancia católica en su juventud, y su familia procede de la burguesía cubana. Cuando triunfó la revolución año 1959 y, gracias a la influencia de su mujer Haydée Santamaría, heroína del ataque al Moncada y amiga de Fidel, para sorpresa de todos, se le nombró ministro de Educación. En ese año crucial, el hoy autoproclamado ideólogo marxista-leninista, que no sabía por dónde iban los tiros, se acercó a la vertiente anticomunista de Huber Matos, Manolo Ray, Manolo Fernández y Carlos Varona, y estuvo a las puertas de la conspiración. Cuando vio con claridad hacia dónde se inclinaba Fidel, saltó del carro en esa dirección y abandonó a sus antiguos compañeros.

Desde entonces el mayor talento de Hart consiste en tratar de mimetizar el comportamiento y las creencias de Castro renunciando a cualquier expresión de vida intelectual propia. Si Castro es prosoviético, él es prosoviético. Si Castro es antisoviético, él es antisoviético. Si Castro se hace rosacruz o fanántico del esperanto, Hart se hace rosacruz y comienza a hablar en esperanto.

Pero, qué cree Hart, realmente, bajo la sábana, o cuando le habla al oído a su joven mujer para evitar que los micrófonos capten sus palabras? Pues cree lo que casi todos: que Castro es un viejo caprichoso y errático, mala persona, vengativo, manipulador e inescrupuloso, que los está llevando al desastre con su infinita terquedad. Cree que fue el abandono político de Castro y no el suyo mismo, dictado por problemas conyugales convencionales, lo que provocó el suicido de Haydée Santamaría. Y cree, sinceramente, que hay que ponerle fin de alguna manera organizada a esa lamentable mezcla de manicomio, prostíbulo y cárcel en que se ha convertido Cuba. Simultáneamente, y porque no es un malvado, desea que ese espantoso experimento al que con tanto tesón colaboró desemboque en una sociedad democrática y capitalista, pero eso sí sin él mover un dedo para lograrlo. Hart es una buena persona, pero un pusilánime. Castro, en esto, tiene cierta razón.

Cómo se sostiene una estructura de poder en la que las percepciones mutuas de la dirigencia son tan radicalmente hostiles y críticas? Se sostiene por medio de una extraña amalgama en la que coinciden el miedo, los intereses, la inercia y la sensación de que ya es demasiado tarde para rectificar. Castro y Hart son dos viejos pánicos atados a un carretón inútil, pero qué van a hacer a estas alturas de la vida? Algo muy desdichado: morir odiándose y despreciándose en silencio. Pobre gente. (Firmas Press).

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