UN REY, UNA INFANTA Y LA REPÚBLICA

UN REY, UNA INFANTA Y LA REPÚBLICA

En un país republicano de ideas, como es España, hemos descubierto en estos días que tenemos el corazón monárquico. Probablemente nada ha unido, entretenido, emocionado y alegrado tanto a los españoles de esta generación como la boda de la infanta Elena en Sevilla. Es raro. Rarísimo ver la alegría de jóvenes y viejos, ricos y pobres, gordotas amas de casa y yuppitos que sueñan en inglés, civiles y militares, hasta masonazos de Franco y curas azules de trabuco, socialistas, peceros y gente del Opus Dei, todos felices. Hasta vascos y catalanes, que ya es decir.

08 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Tan raro fue el fenómeno, tan antiguo, tan profundo y tan sincero, que a uno le costaba conciliar estas imágenes de hoy con el fervor republicano que arrasó a la monarquía española el 14 de abril de 1931. Qué ha pasado aquí? Cómo es posible un bandazo tan gigantesco en sesenta años? No somos tan distintos a nuestros padres o abuelos, las grandes cosas se heredan, y el corazón de los pueblos, el que se ahogaba de emoción con la Salve flamenca y las lágrimas de la Infanta es de esas cosas que al parecer perduran por la historia.

Qué ha paso aquí? En cuál de los dos momentos estuvimos más locos? Al detestar a la familia real hasta el odio en 1931, o al emocionarnos como chiquillos con el matrimonio real de 1995? Vaya usted a saber.

Cierto que pueblos grandes y locos han dado tremendos bandazos en nuestro tiempo. La Alemania enamorada de Hitler y de la muerte, se volvió después la madraza demócrata por excelencia. Por ejemplo. O la Italia fascista. O la Rusia de hoy en día. Tremendos bandazos.

Pero nadie, como España, salió a bofetadas del punto cero, para volver después a él por sí sola, entre palmas, suspiros y cariños que parecen imposibles de improvisar.

Ese pueblo español del 18 de marzo de 1995 parecía monárquico multisecular, a la japonesa o al menos a la inglesa. Ni de lejos parecía hijo o nieto de aquellos republicanazos de los años treinta que lograron expulsar a la monarquía de España durante 44 años.

Posible explicación: Tan mal nos fue durante esa aventura de 44 años cinco de República partida, tres de guerra civil espantosa y 36 de dictadura, feroz primero y estúpida después, nos fue tan rematadamente mal, sufrimos tanto como pueblo, nos odiamos tanto, nos matamos tanto en esos 44 años, que quizás nos hemos arrepentido de corazón de la aventura sin Rey.

Si esta es la explicación, se entendería entonces el calor popular extraordinario que acompañó a la familia real el 18 de marzo. Podía ser la emoción de un pueblo arrepentido de lo que pasó y de lo que le tocó vivir y sufrir y matar en esos 44 años.

Reinventar una monarquía en pleno siglo XX, en 1975, parecía tarea imposible. La República es un régimen de razón, algo que uno se impone a sí mismo, porque de alguna manera hay que gobernarse.

Pero inventar un Rey es imposible; es tarea de corazón, de magia y de historia imposible de recrear.

En 1975 aceptamos a don Juan Carlos como la fórmula más razonable para salir pacíficamente de la Dictadura de los horrores. Pero en esa decisión sólo primó la razón y el buen sentido, nada más lejos del corazón y del cariño. Si en algún sitio estaban el corazón de muchos en 1975 era con la vieja República asesinada.

Por eso es más inexplicable aun que hoy, veinte años después, el pueblo español haya puesto su corazón y su cariño en la familia del Rey. Eso suena a inglés o nipón, a amores de magia y siglos.

O quizás a mea culpa por los 44 años de aventura, que acabaron convertidos en una peregrinación por el infierno. Vaya usted a saber, a lo mejor nos estábamos perdonando a nosotros mismos en aquel acto litúrgico de una boda, de un Rey y de una Infanta acompañados por las palmas y el cariño de un pueblo, de nosotros.

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