El templo de las despedidas

El templo de las despedidas

Son las 10 de la mañana de un día cualquiera y, mientras el cajón es trasladado al púlpito de la iglesia, el padre franciscano Publio Restrepo alista los ornamentos de acuerdo con el color del día. Sigue los patrones del ordo, libro eclesiástico que señala el protocolo de la intención litúrgica.

28 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

En la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula se ofician al menos seis misas para difuntos al día. Su cercanía con reconocidas funerarias es una de las claves para que la muerte prefiera despedirse en este santo recinto. Iglesias como Santa Teresita, en Teusaquillo, y Santa Clara de Asís, en la calle 98, también ostentan un récord similar.

El padre Restrepo recuerda a los presentes, unas 150 personas, “que el que se ama mucho a sí mismo se pierde!; luego, dice: “Oremos”, y remata: “La muerte nos sorprende y nos sacude profundamente. Somos ciudadanos del cielo.

En la tierra vivimos un exilio”.

El religioso, de gafas y pelo blanco es uno de los cuatro sacerdotes encargados de este tipo de misas en esa iglesia. “Las familias prefieren la Porciúncula por su tradición franciscana y porque muchos de los fallecidos han sido bautizados y casados en vida allí”, explica Lucero Bustos, de la Funeraria Capillas de la Fe.

En algunas parroquias de la capital los sacerdotes solo realizan misas fúnebres para los que residen en el sector. La Porciúncula es mucho más abierta y les permite a los muertos de todos los rincones de la ciudad y sin distingo de estrato ser despedidos en este templo.

Un vivo entre los muertos En las escaleras de piedra y sentado en un cojín azul acondicionado con varias ruedas, Guillermo Dimaté lo observa todo. Una enfermedad congénita lo obligó a estirar la mano en las iglesias de la capital. En las puertas de la Porciúncula es habitual verlo.

Tiene la cara apretada, los ojos rojos y las manos gruesas. Nació en Caicedonia (Valle) hace 50 años cuando los recolectores de caña se espantaban con tanto muerto ‘sembrado’ entre la maleza.

Al mediodía se ven parqueadas con alguna frecuencia las camionetas alargadas encargadas de llevar a los fallecidos hasta la iglesia. Jorge Pinto maneja un Cadillac vinotinto modelo 78.

El hombre, que lleva 35 años en el oficio, viste un elegante traje de paño gris, corbata de nudo grueso y zapatos negros divinamente lustrados. Se dispone a entregarle al sacerdote un documento que contiene los nombres y apellidos del muerto, al igual que su fecha de nacimiento, estado civil y causa del deceso.

Los dolientes aprovechan para llenar las alcancías de santos como Antonio de Padua y los curiosos lloran tragedias ajenas. Al final de la ceremonia el ataúd yace al frente del inmenso portón que solo puede ser abierto por el sacerdote que en un verdadero ritual se agacha, saca la llave y abre la puerta por donde cruzará el cuerpo en busca de la última morada. Amén.

85.000 pesos cuesta cada misa fúnebre en la Iglesia de la Porciúncula, ubicada en la esquina de la calle 72 con carrera 11, en pleno Centro Financiero de Bogotá.

‘ ‘ Las familias prefieren la Porciúncula porque muchos de los fallecidos han sido bautizados y casados en vida allí.

Lucero Bustos, de la Funeraria Capillas de la Fe

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