Cuatro reclutadores rondaron Soacha

Cuatro reclutadores rondaron Soacha

La muerte violenta de los muchachos que desaparecieron del sur de Bogotá a comienzos de este año y que el Ejército reportó después como abatidos en combate, que esta semana sacudió al país, era noticia vieja en el humilde sector de San Nicolás, en Soacha.

28 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Allá recibieron el primer cadáver hace ya tres semanas: el de Julio César Meza Vargas, de 24 años. Él desapareció el 26 de enero y apenas dos días después su cuerpo ingresó a la morgue de Ocaña, en Norte de Santander.

La trágica suerte de Julio César puso a los vecinos de San Nicolás a pensar en otros tres jóvenes que, como él, recorrieron más de 700 kilómetros hacia el nororiente del país, detrás de un “levante” que terminó en muerte.

Un equipo de reporteros de EL TIEMPO reconstruyó en Bogotá, Soacha, Ocaña y Cimitarra (Santander) la historia de estos once muchachos, cuyas muertes han generado suspicacias en varios sectores, empezando por el mismo Ministerio de Defensa.

Ellos desaparecieron de sus casas en enero, febrero, marzo y agosto pasados.

Según la Fiscalía, en la provincia de Ocaña hay 8 cuerpos más que corresponden también a muchachos del centro del país.

Nueve de los 11 murieron apenas 24 ó 48 horas después de que sus familiares los vieron por última vez. En los otros dos casos no pasó más de una semana entre la desaparición y la entrada del cadáver a la morgue.

Las hipótesis de los investigadores se mueven entre el reclutamiento de los grupos armados ilegales y nuevos episodios de ‘falsos positivos’.

¿En qué circunstancias desaparecieron y cómo llegó la mayoría de ellos a Norte de Santander, a más de 18 horas de camino desde Bogotá? EL TIEMPO encontró que serían por lo menos cuatro los reclutadores que se movieron por el sur de la capital y ofrecieron pagarles hasta 10 millones de pesos.

El menor entre los muchachos muertos era Jonathan Orlando Soto Bermúdez, de 17 años y estudiante de décimo grado. Desapareció el 26 de enero con Julio César. Fue uno de los que salieron de San Nicolás.

‘Enganchaban’ en canchas Por las estrechas calles de ese sector, en el extremo sur de Soacha, ronda el miedo.

En esas casas de paredes de bloque y puertas de lata la gente habla en voz baja de un hombre moreno, bajo y robusto, aproximadamente de 30 años y de corte militar, que vivió en el mismo barrio y que, dicen los vecinos, “les endulzó el oído a los pela’os”.

El hombre, contaron muchachos que no aceptaron sus ofertas, se apareció hace casi un año por las canchas de microfútbol y las tiendas del sector.

“Primero gastaba cerveza y luego fue ‘vicio’ –le dijo una fuente de la zona a reporteros de este diario–. Lo último que hizo fue mostrar armas y empezó a hablar de ‘vueltas’ que dejaban buena plata”.

El sábado 26 de enero, entre las 3 y las 4 de la tarde, Julio César, obrero de construcción, y su amigo Jonathan Orlando se subieron a un colectivo en una calle de San Nicolás con rumbo a Bogotá. Fue la última vez que los vieron.

César le dijo a la familia que se iba a trabajar a otra región. Jonathan, a quien sus amigos le decían ‘Triángulo’, no dio explicaciones. Nunca regresaron. El 28 de enero se reportó su ingreso a Medicina Legal en Ocaña.

Lo que han averiguado conocidos y algunos familiares es que el trabajo (“la vuelta”) era un secuestro. A otros muchachos les ofrecieron lo mismo.

¿En verdad un estudiante que sus vecinos describen como “un muchacho respetuoso” y otro que vivía con sus padres, que era “muy trabajador” y que tenía la custodia de su hija de 5 años terminaron aceptado una oferta ilegal que les costó la vida? ¿Se trataba realmente de una propuesta criminal o era una trampa? La Fiscalía investiga. Lo cierto es que el 2 de marzo, cinco semanas después de la desaparición de Meza y Soto, otros dos jóvenes de San Nicolás salieron de la casa y tampoco regresaron. Se trata de Julián Oviedo Monroy, de 19 años, y de Daniel Martínez.

Días después se empezaron a ver carteles por la desaparición de Julián. Su cadáver entró a la morgue de Ocaña el 3 de marzo. De Daniel, hasta hoy, no hay noticias.

Viaje a la costa A Víctor Fernando Gómez, Jader Andrés Palacio y Diego Tamayo se los llevaron del barrio Ducales, también en Soacha, con otra promesa millonaria.

En su casa, Víctor dijo que se iba “con unos manes para la Costa” y que le iban a dar 10 millones de pesos por un trabajo que no duraría más que unos pocos días.

Los que hicieron la oferta, según gente del sector que los vio con Jader Andrés –quien desapareció a escasos 20 días de convertirse en papᖠfueron dos hombres y una mujer de baja estatura y cabello negro y liso. “Era bonita”, señala un muchacho del sector.

Los tres desaparecieron el mismo día (23 de agosto) y murieron el 25. Sus madres dicen que, por lo menos para esos días, no se les vio juntos.

A Diego, según las autoridades, le figuran antecedentes penales: una condena por tráfico, fabricación y porte de estupefacientes y una medida de aseguramiento por hurto calificado. Idalí Garcera, la mamá, confirmó que Diego, a quien llamaban ‘Sayayín’, estuvo en la cárcel Modelo.

El muchacho le dejó dos notas: “Mami, cuídame el conejo”, decía el primer papel pegado a la caja donde estaba el animal. Y la segunda: “Madre, cuídate y no te preocupes que el lunes voy llegando”.

Pero ese día no apareció ni tampoco los siguientes. El primero de septiembre una de las madres recibió una llamada con la trágica noticia. Ahora, dicen, solo esperan que se haga plena verdad.

¿Qué dice el Ejército? El general Paulino Coronado, comandante de las tropas en Norte de Santander, dice que está tranquilo frente a las investigaciones de la Fiscalía y la que ordenó el ministro Juan Manuel Santos.

Al menos cuatro de los muchachos que murieron en Ocaña –una zona en la que, dicen los habitantes, “por la falta de oportunidades sobran aspirantes a las nuevas bandas”– tenían antecedentes judiciales. Coronado dice que allí hay denuncias contra una banda, ‘Los rolos’, que supuestamente se dedicaba a la extorsión y al secuestro.

“Esos muchachos murieron en combate y la tropa llegó a ellos sustentada en unos procedimientos de inteligencia”, asegura el oficial.

Una fuente de la Fiscalía que participó en el levantamiento de los cadáveres señaló que las heridas corresponden a disparos a distancia, lo que reforzaría la versión del combate: “Presentan perforaciones pequeñas de entrada y orificios grandes de salida –dijo la fuente–. Todos estaban de civil y a simple vista se veía que no eran de por acá”.

En todo caso, dice el personero de Ocaña, Jesús Antonio Sánchez, hay que investigar a fondo, pues en toda la historia del conflicto armado en el Catatumbo hubo enganche de muchachos del sur del Cesar y Bolívar, Arauca, Antioquia, Córdoba, Santander y Norte de Santander, pero hasta ahora no se había sabido de reclutados en Bogotá.

-Fair se perdía por temporadas Fuentes oficiales afirman que Fair Leonardo Porras, de 26 años, tenía antecedentes por robo.

EL TIEMPO conoció un informe en el que familiares del muchacho reportaron que padecía un grado leve de retardo mental y que era analfabeta. El mismo informe señala que debido a problemas de salud estuvo en institutos especializados.

Era habitual, explicaron sus familiares a las autoridades, que él saliera de la casa y permaneciera hasta dos meses casi sin contacto. Llamaba esporádicamente y regresaba por pocos días. Por eso no se reportó su desaparición en el primer momento.

El 8 de enero salió por última vez de su casa. Cuatro días después, el 12, su cadáver ingresó a la sede de Medicina Legal en Ocaña.

Fair es uno de los muchachos que desaparecieron del sector de Compartir, en Soacha. El pasado viernes, después de recibir la confirmación oficial de Medicina Legal, su papá lo trajo de vuelta.

- Murieron a los 2 días de irse Entre el sábado primero y domingo 2 de marzo, Julián Oviedo Monroy recibió varias llamadas telefónicas para un trabajo.

Ese mismo domingo, a las 7 de la noche, le pidió a su mamá que por favor le tuviera comida y se despidió. Esa fue la última vez que lo vieron.

Al día siguiente apareció muerto en Ocaña y lo reconocieron por un tatuaje de una balanza en el brazo izquierdo.

El caso de Elkin Verano, empleado de una fábrica de fundición, y Joaquín Castro resultó similar. Los dos, dice el Ejército, tenían antecedentes. Tan solo 48 horas después de su desaparición terminaron en Ocaña, muertos

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