Armas incontrolables ‘Duros’ que ni la Policía, ni la ley ni el Estado pueden controlar.

Armas incontrolables ‘Duros’ que ni la Policía, ni la ley ni el Estado pueden controlar.

Es la una de la mañana y la taberna está a reventar de dicha. Un puñado de jóvenes bailan salsas y cumbias en la parte de arriba. Abajo también hay jóvenes, pero las mesas están ocupadas por hombres gordos que se emborrachan y se miran feo. Los de arriba ignoran qué tan grave está la cosa de los adultos.

28 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

En un momento, el dueño apaga la música y enciende las luces. Y, entonces, se abre paso una algarabía de insultos y voces recias. Los jóvenes de arriba aúllan su desaprobación. El dueño se acerca a una de las mesas, al parecer la de los provocadores, y les pide que se vayan. Y los jóvenes comienzan a corear “que se vayan”. Entonces llega la policía de repente. Cuatro policías muy amables y bien uniformados entran, hablan con el dueño y deciden que los provocadores deben salir. Los escoltan. Y cuando están saliendo, uno de los más obesos se para y le asesta un puñetazo en la espalda a uno de los que se van, amparado por una pretensión de inocencia, como si se hubiera hecho justicia.

Todo regresa a la normalidad, eso creemos todos. Eso cree el dueño, que nuevamente pone a reventar los bafles con un éxito del momento. Afuera, mientras tanto, los que acaban de salir les dicen a los policías cómo fue el altercado. Parece quedar claro que los provocadores eran los otros. Así que la tropa entra de nuevo. Y de nuevo se encienden las luces y se apaga la música. Se acercan a la mesa de los obesos y les dicen que también deben desocupar el recinto. Los obesos no miran a los polis, se miran entre sí y sonríen mientras brindan pendencieramente. Uno de ellos dice que no se irá porque están pasando muy bueno. Los jóvenes nuevamente corean “que se vayan”, mientras golpean las mesas con sus jarros de cerveza. El dueño se acerca y les pide con amabilidad que se vayan.

–Claro que me voy. Nos vamos. Pero usted sabe muy bien quiénes somos.

El dueño palidece. Se pasa la mano por el pelo, visiblemente preocupado. Los cuatro policías también parecen preocupados. Hacen un gesto de “qué embarrada, se dañó la noche”, miran al dueño y salen.

Horas antes, en otra esquina de San Vicente de Chucurí, habían llegado esos mismos policías a otra cantina donde bebían apaciblemente campesinos y lugareños. Ordenaron apagar la música, requisaron a todos, pidieron cédulas y clavetearon por radio los números. En la medida que aclaraban antecedentes, entregaban las cédulas y, por decirlo de alguna manera, dejaban en libertad a la gente. Cuestión de treinta minutos nada más, que dieron al traste con el pequeño convite pacífico. Cada uno recibía su cédula y se marchaba. La cantina quedó desocupada.

–Es un control de rutina –dijeron.

Y como los gordos siguen bebiendo güisquis, mientras sonríen, sin pena alguna por estar dañando la fiesta, decido preguntarle a uno de los policías qué pasa, por qué no ejercen la autoridad, la misma que ejercieron en la otra cantina, y sacan amablemente a los obesos.

–Es mejor evitar problemas –dicen–. Esos hombres están borrachos y están armados.

–Peor aún –digo–; deberían desarmarlos, quitarles el salvoconducto, si lo tienen, y mandarlos a sus casitas –continúo, esgrimiendo un argumento tan sensato que debo parecer suizo.

–Usted no entiende nada –me contesta un policía, apesadumbrado.

Entonces entiendo todo. Adentro hay un ‘duro’ al que ni la policía, ni la ley, ni el Estado pueden controlar. Mucho menos un puñado de jóvenes que ya han dejado de corear “que se vayan”, porque quizá entendieron algo repentinamente. Tal vez un asunto de supervivencia. Y la fiesta se acaba. El dueño dice que todo kaput y la gente desocupa la taberna. Los últimos en salir son los obesos. Miran a todo el mundo con sonrisa cínica, se montan en su camioneta y se marchan. Entonces pienso, quiero pensar, que lo que acababa de suceder no pasaba de ser otro caso aislado.

cristianvalencia@yahoo.com

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