LA PAZ

LA PAZ

Cuando hablábamos en estas columnas del asalto a Fosca y considerábamos que era una respuesta desde luego negativa a los esfuerzos del Gobierno por la paz, vuelven a revivir las conversaciones en torno de este tema. Hombres de poca fe como somos quienes llevamos años y años de ver frustrado el anhelo de conciliación, volvemos a escuchar las voces de personas que intentan conseguir una reunión y plantear las bases para conversaciones serias entre los grupos subversivos y el Gobierno. Todo sería sencillo, fácil y de rápida concertación si quienes asaltan, asesinan, roban y secuestran formularan una sola propuesta que ya estaría tácitamente aceptada: el cese de la violencia y una tregua que diera prueba fehaciente de su buena fe.

08 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Así de sencillo. Suspender asaltos, dar la orden de no cometer más tropelías, comprometerse a no protagonizar más Foscas para que el país pueda entrar en un clima propicio para hablar sobre la paz. No es mucho pedir. Es simplemente trazar un período de tregua que permita calmar los espíritus, estudiar peticiones para que, ya fuera en el exterior o dentro de las fronteras patrias, cualquier intercambio tenga buenas posibilidades. Si las Farc, el Eln y demás grupos en los que se encuentran divididos los alzados en armas, anhelaran la paz y respondieran a esta sugerencia con un sí rotundo, pronto verían que el Gobierno que ha cedido no solo ahora sino desde hace mucho tiempo en forma ostensible colocaría sobre la mesa cartas fáciles de jugar y en pocas semanas o escasos meses los colombianos podríamos encontrar la vía de la paz.

No nos hacemos muchas ilusiones. Las experiencias pasadas nos han enseñado a mirar esta situación con melancólico escepticismo, aunque persisten los anhelos de que Colombia no continúe desangrándose. Esto es quizá lo único que nos hace esperar que las conversaciones puedan tener al fin una base real. En pasados informes se destacó el factor económico, o sea las cuantiosas sumas obtenidas por las guerrillas en asaltos, atracos, secuestros y boleteos, como un argumento de peso, y agregaríamos, de pesos, para aclarar el porqué las guerrillas no dan ese sí categórico al cese de todos los actos delictivos que tánto dinero les producen a esas organizaciones, a sus jefes y, lo que es peor, a quienes integran el pie de fuerza popular entre los subversivos.

Roguemos por que este esfuerzo culmine, y pronto en La Uribe, o donde sea, el olivo de la paz reemplace el fusil y las bombas. Así lo deseamos los colombianos de bien.

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