ROSA VARGAS SE FUE AL CIELO

ROSA VARGAS SE FUE AL CIELO

De Guachetá, Cundinamarca, se fue apagando como una vela, a los 87 años de edad.

07 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Rosa Vargas era un ser muy especial. Fue, durante 50 años, la servidora fiel de mis abuelos, Roberto y Rosita, y tuvo por eso que ser testigo de muchos protagonistas de la historia contemporánea, que terminaron siendo comensales suyos.

Su muerte, ocurrida el martes pasado después de haber tenido que lamentar en familia la de las dos personas para las que por tantos años trabajó, me produjo una sensación indescriptible. Es cierto: gentes nobles y discretas como ella fallecen todos los días, y eso no es noticia. Pero está claro que cuando uno vive la agonía de ese fallecimiento muy de cerca, y finalmente se topa con esa persona querida por última vez, completamente inmóvil en un cajón, con sus ojos cerrados y ya sin respirar, el impacto se intensifica y de paso se identifica con una avalancha de recuerdos que, como ser humano, lo sobrecogen a uno.

Pero decía que Rosa Vargas fue una persona especial. Muy especial en mi vida y en la del corrillo de nietos que circulaban a todas horas por la antigua casa de mis abuelos, en el barrio Teusaquillo, donde hoy está La Red.

Era como una segunda abuela y, a pesar de su orfandad académica, tenía esa sabiduría elemental de la experiencia para dar consejos de todo tipo, incluyendo los sentimentales. Que eran, curiosamente, los que nadie de la familia se atrevía a consultar con sus cercanos ni mayores.

Aprendí muchas cosas de la vida diaria de Rosa. Y, desde luego, en materia de culinaria Rosa era, en efecto, una cocinera excepcional en la elaboración de aquellos platos caseros, típicamente bogotanos, que difícilmente se consumen ya. Su preparación requiere mucho oficio, sapiencia y dedicación.

Sobre todo en el campo de las sopas, Rosa fue de veras un ser dotado de buen ojo y manos de seda. Nunca, en ninguna parte saboreé con tan voraz expectativa las sopas que ella sabía preparar. Concretamente dos. En primer término la de papa rellena. Había que buscar previamente grandes papas paramunas que ella limpiaba por fuera y por dentro dispendiosamente hasta dejar el cascarón, con una cucharita especial para sacar en forma de bolitas la entraña del tubérculo sin destrozar su caparazón. El relleno era obviamente muy exquisito: pollo deshilachado con huevo picado y algo de cebolla larga. Con los sobrantes de la papa preparaba el caldo, que no era exactamente un ajiaco sino una sopa. Se llamaba por eso sopa de papa rellena.

El otro plato que en el mismo renglón gastronómico seguramente no volveré a degustar, es la llamada sopa carmelita. Su elaboración también demandaba tiempo, pues el caldo había que hacerlo con harina de trigo cernida, y luego se le ponían alverjas al por mayor con zanahoria picada. Y, claro, la sustancia no tenía origen propiamente en un cubo maggi, sino en un hueso de carne. Y al servirla, se le colocaban papas a la francesa recién fritas y cortadas en forma delgada.

Y aunque las sopas eran su fuerte, recuerdo como si fuera ayer (aunque fue hace la friolera de 30 años), cuando mi abuelo invitó a almorzar al doctor Eduardo Santos y le advirtió a su servidora que le preparara alguna cosa sencilla pero decorosa. Sin conocer mucho de protocolo y glamour, Rosa hizo un cuchuco de trigo con papita criolla y habas. Un plato algo prosaico, el cual no le pareció propiamente el más adecuado al dueño de casa para brindárselo a todo un ex Presidente. Pero la sopa fue todo un éxito. Rosa también era especialista en aquello que en el argot doméstico se denomina como entrada, vianda que se ofrecía después de la sopa y antes del seco. Dichas entradas eran generalmente unas tortas que la culinaria moderna ha abolido por ignorancia y pereza, pero cuya delicia no tiene parangón. Me refiero ante todo a la torta de menudo, pero también a la de plátano (maduro) y a la de macarrones. Qué maravilla de tortas caseras y, como dicen los españoles, qué pena que éstas hayan desaparecido del mapa gastronómico bogotano, tan rico en platos muy propios de lo que por entonces se conocía como recetas de las abuelas.

Adiós Rosa Vargas Ladino! Adiós insuperable arroz con leche! Adiós dulce de caco! Adiós cascaritas de guayaba y limón!, ya por fortuna ingeniosamente comercializadas por algún emprendedor amigo de los postres. Sus exequias se realizaron en la familiar iglesia del Espíritu Santo, con precaria asistencia, y luego su cadáver fue cremado por voluntad de sus deudos. En mi corazón se clausura toda una época, de las más gratas de mi vida. Adiós viejita querida! Te fuiste directo al cielo, donde sin duda te esperan, cual alma buena, sin escalas ni pagar peajes culposos. Y no me desampares nunca, que de seguro yo jamás te olvidaré.

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