A Pinto lo echó el mal juego

A Pinto lo echó el mal juego

A Jorge Luis Pinto no lo echan los resultados, tampoco los directivos ni los jugadores: lo echa el juego. No hay tramas ocultas ni una cuestión de exitismo. Colombia está sexta, a dos puntos del quinto. Y quedan 30 unidades en juego. Hasta podría catalogarse como una situación aceptable.

22 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Sucede que, además de jugar feo, juega mal. Y habría podido hacerlo peor.

Era un camino sin retorno: nada hacía presagiar que con el mismo esquema de pensamiento variaría el rendimiento.

La gente –no toda– celebra empates indecorosos (Perú y Ecuador) o insípidos (con Bolivia y Brasil), triunfos afortunados (Venezuela y Argentina) con la pelota por el aire, a puro forcejeo y pegándole de punta, mientras se obtienen algunos dividendos y la tabla le da cierta sensación de bienestar.

No le importa el método: quiere puntos. Pero un día ese ilusorio rascacielos se desploma. No hay cimientos, falta el sostén del buen juego.

Hasta el menos informado de los hinchas sabe que es imposible jugar 18 partidos a nada y clasificar a un Mundial. Una vez se suma, dos también, acaso una tercera… Dieciocho, no. El 0-4 frente a Chile es una contundente ratificación de que para ganar hay que jugar bien. Se lo demostró el rival.

También su propio y espantoso desempeño.

Tampoco es para lapidar al saliente entrenador. Pinto es un profesional responsable y dedicado y tal vez acumule nuevos éxitos en su carrera. En esta aventura no logró plasmar un equipo mínimamente digerible. No hubo estética ni eficiencia. Su receta no funcionó. Y no puede endosarle culpas a nadie: eligió a gusto, entrenó a su entender, aplicó la táctica de la que está convencido. Todo lo demás es viruta.

En las 4 primeras fechas de esta Eliminatoria Colombia llegó a alcanzar la dimensión de equipo incómodo para los rivales. Fue su mejor y, tal vez, única virtud. Obstruía bien en el medio y desarticulaba rivales a músculo, a pulmones, a una superpoblación de agentes de destrucción. Sin embargo el triunfo exige más: armonía de juego, vocación ofensiva, contundencia. Nunca las tuvo.

“Sin la menor duda, Colombia va a clasificar al Mundial”, garantizó el seleccionador en una entrevista que mantuvimos en febrero del año pasado. Y aún es posible, pero sin él. Allí deslizó que para desarrollar su idea necesitaba mucho trabajo con los jugadores. No hay tiempo para ensayos, le advertimos. Igual estaba ilusionado.

Pinto se lleva algunas enseñanzas. Él también era de los que creían que el jugador es la parte más noble del fútbol. Ya no está tan persuadido. También él tiene culpas si hubo conspiración. Si Vargas le falló en la Copa América, ¿para qué volver a citarlo? ¿Para qué insistir con un obrero raso del fútbol, cuyo único aporte son faltas y más faltas? ¿Qué le iba a solucionar Vargas? Eso es equivocación por mal gusto.

Otra inquietud: ¿esta infeliz experiencia es responsabilidad exclusiva del entrenador? ¿Tiene Colombia maravillosos jugadores a los que el técnico no supo ensamblar? La respuesta da para otra columna, que se publicará esta semana..

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