‘Chispas’, la cara feliz de Ciudad Bolívar

‘Chispas’, la cara feliz de Ciudad Bolívar

A ‘Chispas’ le puso así un pandillero que ya está muerto, allá en Ciudad Bolívar, hace más de 20 años.

22 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Primero, le decía ‘Chispazos’, pero con los afanes de la supervivencia en medio de los robos y las persecuciones, todo terminó en ‘Chispas’.

Y Chispas se quedó así, pero dejó de lado lo que hubiera podido ser una vida peor. Se crió entre pandilleros porque estos eran sus vecinos, en el barrio Vista Hermosa. “Había distintas pandillas. A mí me salvó, en parte, que era niño”.

Pero con ellos tuvo oficio: cargarles los ‘fierros’. “Yo era el ‘armerillo’: les avisaba cuándo venía la Policía. Entonces recogía las armas, y como era chiquito, ni me miraba la ‘tomba’. Pasaba por la mitad de la requisa, fresco”, dice, con ojos alegres. Debe tener unos 40 años, por ahí.

Hoy, la ‘tomba’ es su amiga. El saludo con el capitán Néstor Pineda, de la Policía de Ciudad Bolívar, es afectuoso. Hasta son amigos. El militar lo mira y le hace bromas.

‘Chispas’ es de esas personas –de las miles– inadvertidas de Ciudad Bolívar, que se han dedicado a buscar la paz en una localidad en la que los muertos por hechos violentos llegaban a cifras absurdas. Solo en el 2005 hubo 286.

En el 2006 bajaron a 124, y así entre el 2007 y este año.

Las ganas le cambiaron la vida En abril del 2000 creó la fundación Kabuki, donde, con las uñas y toneladas de ganas, enseña artes circenses, teatro y música a los jóvenes, e intenta cambiarles el chip.

“Dejé de ser ‘armerillo’ una vez que hubo un problema. En la casa, mi familia nunca ha sido tropelera ni torcida ni nada. Buena gente toda, legal.

Mi papá y mis hermanos me llamaron al orden. El viejo me la cantó completa”, agrega, con sonrisa pícara, sin ahondar en el pasado.

Por Kabuki han pasado unos 400 jóvenes, entre pandilleros y muchachos comunes y corrientes de Ciudad Bolívar que, con cultura, le hacen frente a la dureza de la vida.

‘Chispas’ y Róbinson López (‘Robi’) son los profesores. Hacen los zancos y las pelotas, dan clases de cómo subirse en los zancos e inculcan disciplina.

En este grupo de formadores también está Jairo Vargas, líder en derechos humanos de la localidad desde hace 9 años, un hombre transparente que desde un lado menos lúdico se ha dedicado a los jóvenes, a crear redes de muchachos que quieran luchar por la vida para honrar la memoria de los muertos.

Y tiene qué contar. Desde el 2005 ha logrado varias metas: consiguió que 50 mil jóvenes hicieran una marcha por la vida, que más de 100.000, de 10 localidades que colindan con la Caracas hicieran una cadena humana; que durante 100 horas sonaran tambores en la Plaza de Bolívar y que 128 mil votaran contra los violentos. También, que 400 mil de los más de 600 mil habitantes de la localidad rechazaran a los ilegales a través de un voto.

Adiós a los estigmas Pero más allá, consiguió que la Policía y los habitantes llegaran a acuerdos. “Primero, nos sentamos a hablar, y nos dijimos de todo, lo bueno y lo malo”, dice Vargas.

Las charlas dieron sus frutos. El primero, que los camiones que recogían muchachos en las esquinas no lo hicieran indiscriminadamente. “Eso bajó la tensión. Hay un 85 por ciento menos de retenciones de menores”, cuenta Vargas.

El asunto se volvió una buena relación. Hoy, policías y habitantes tienen números de celulares intercambiados y se comunican cuando hay líos.

“No es que todo esté perfecto: hay problemas y grupos al margen de la ley, pero uno, al menos, sale con más confianza a la calle por la noche”, dice Maritza Ruiz, de la Red de Derechos Humanos y estudiante del Colegio Perdomo.

Ella, por ejemplo, era una de las que más rechazaban a la Policía, “porque cargaban con cualquiera. Eso no era justo”. Hoy, con más fe le da la mano al capitán Pineda y está segura de que la campaña que empezó Vargas va a ser una realidad: que la declaratoria de Ciudad Bolívar, un territorio de paz, que se hará el próximo 26 de septiembre, no se va a quedar en palabras.

El alcalde local, Édgar Orlando Herrera, afirma que los grandes problemas son la violencia intrafamiliar y el abuso sexual. Allá, al sur, donde la tierra se ve árida, hay buena semilla. Los problemas no se acaban, la pobreza tampoco. Pero sus habitantes trabajan para vivir mejor. Y como dice ‘Chispas’, “lo bueno de una comunidad con necesidades es que estas la obligan a unirse. En esas estamos”.

olgmar@eltiempo.com.co

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