ISRAEL EN ASCUAS

ISRAEL EN ASCUAS

El resultado electoral en Israel suscita observaciones de fondo, en búsqueda de claves para descifrar uno de los conflictos más enrevesados del mundo. Aunque no está en condiciones de desatar un conflicto nuclear entre superpoderes, el ardor implacable de sus extremistas, principalmente religiosos de ambos lados, lo mantiene como una de las hogueras del fin de siglo. En lo sustancial, los hechos siguen indómitamente aferrados a la circunstancia inicial, el momento de la partición entre palestinos y judíos del antiguo mandato británico en 1948. Es el único Estado creado por la ONU, y ello constituye razón adicional para que esta no pueda desentenderse de su obra.

06 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Los dos contendientes históricos se resisten a la unificación, postergan el señalamiento de bordes indiscutidos, a los que confieren atributos metajurídicos. Medio siglo sangriento con raíces milenarias no terminan por persuadir a los ultras sobre la inevitabilidad de un acuerdo recíprocamente válido. Al elegir por el mínimo margen mayoritario a Netanyahu, los israelitas mostraron al mundo una nación dividida por mitades. Volvieron a comprobar que son menos eficaces política que militarmente. Pero ningún pueblo resiste vivir permanentemente en estado de guerra, los tiempos heroicos son, por definición, breves lapsos.

Formas irregulares de subversión, y choques entre fundamentalistas, implican también cambios en los esquemas bélicos. Por lo menos la mitad de los israelitas quieren proseguir la vía negociada, han aprendido que la aniquilación del adversario no es tan viable como la que se pretendió aberrantemente ejercer contra el judaísmo y fracasó. La forma misma de las negociaciones de paz, su ritmo, sus alcances específicos están en entredicho, pero la experiencia muestra lecciones que ojalá no se olviden. Fue en Camp David (1978) auspiciados por el presidente Carter, donde Begin y Sadat sentaron audazmente ciertas bases aún en pie.

De allí salió la paz separada con los vecinos y paz por territorios que, retomados en Madrid, Oslo y Washington, han conducido el acuerdo inicial con Egipto, más tarde con Jordania, y a la instalación de los palestinos en Gaza y el Banco Oeste. La autonomía entendida como el paso previo hacia un Estado palestino en paz coexistente con Israel es distinta de la autonomía conseguida como máxima concesión. Netanyahu ha ido suavizando su férreo discurso electoral, mientras que Shimon Peres, privado de la autoridad de Rabin, caído en manos de un fundamentalista judío y desafiado por los atentados terroristas de integristas árabes, cometió imperdonables errores, al ejercer represalias contra inocentes, masacres de libaneses, incluso refugiados por la ONU. No lo salvaron de la derrota pero lo acercaron al extremismo que enfrentaba en su esfuerzo por salvar el proceso de paz.

La verdadera incógnita reside en saber si en las condiciones geoestratégicas de Israel, rodeado de naciones árabes, puede haber seguridad apertrechado detrás de las fronteras conquistadas por la guerra. Es comprensible la desazón de los israelitas ante el terrorismo que los acuerdos de paz no contuvieron, tanto como la desesperanza de los palestinos en diáspora a pesar de aquellos. Aunque la sola devolución de territorios no consolida la paz, esta es el sustento para una garantía internacional de las grandes potencias encabezadas por los Estados Unidos mucho más eficaz que la seguridad de las fronteras geográficas.

Es evidente la correlación entre borrar de la carta de la OLP la destrucción de Israel y eliminar de la plataforma de los laboristas la negación del Estado palestino. Como consecuencia de las elecciones del 29 de mayo, tendrá que haber una negociación interna más sistemática dentro de los dos campos. Ni Netanyahu ni Arafat poseen entera libertad de acción. El primero podría estar empujado por los laboristas para avanzar pero frenado por la extrema derecha religiosa, tan implacable como los fundamentalistas islámicos que frenan al segundo. Debilitar más a Arafat podría ser un bumerán en su negociación con Harnas y el Jihad. Se pueden congelar las negociaciones, pero quién puede congelar el terrorismo y las represalias? Para los Estados Unidos que preferían la victoria de Peres nunca será más exigente un papel de honest broker que inspire genuina confianza a los árabes pese a su relación especial inconmovible con Israel. Tal vez Netanyahu logre, al frente del Likud, una especie de paz de los bravos como la que hoy aplican gobiernos derechistas en El Salvador y Guatemala, o la de Nixon con China. Ello supone ciertos elementos indescartables: sin un acuerdo con Siria sobre la devolución de las alturas del Golán no habrá paz tampoco en la frontera con el Líbano. El acuerdo definitivo sobre Jerusalén puede esperar, pero avanzar en los asentamientos agresivos judíos en Cisjordania, retrasar la devolución de Hebrón, podrían fortalecer una insurrección estilo Intifada, y la proliferación del integrismo. Israel ha quedado en ascuas, literalmente, en el camino de la seguridad y contra el odio.

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