EL JUICIO EDITORIAL

EL JUICIO EDITORIAL

Contra la opinión de muchas personas entre quienes se cuentan compatriotas que no han visto una sola sesión del proceso seguido en la Cámara de Representantes al señor Presidente de la República, otras que ven a diario el desarrollo de ese debate (y el que esto escribe se cuenta entre ellas), presencian un espectáculo democrático de repercusiones, que permite ilustrarse y formarse un criterio certero, en favor o en contra del Jefe del Estado, con libertad absoluta, con información documentada y basada en argumentos jurídicos, conceptos sobre el alcance de las normas penales, con capacidad de análisis y, desde luego, con sentido político.

06 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Quienes lo siguen en la televisión, en la radio, o personalmente, se quejan del castellano utilizado por algunos parlamentarios. Critican el uso de palabras inapropiadas. Es cierto que a veces los oradores carecen de la altura y facilidad oratoria a la que estaban acostumbrados los seguidores del sistema parlamentario, tan necesario en los regímenes democráticos. No obstante, también en el pasado se cometían errores. Recordamos a un célebre orador cuando en un debate dijo que (ciertos personajes) son llevados como tristes ovejos . Y otro senador le replicó: Los ovejos no existen; existen los carneros . Casi se acaba la sesión.

Pero Colombia no es la de ayer, cuando abundaban los parlamentarios eminentemente intelectuales. Era una patria pequeña en número de habitantes, pero grande en cultura, formación filosófica, conocimientos en historia y en letras, en fin, en todas esas condiciones que permiten evaluar el nivel intelectual de una nación.

Por encima de todo esto, en el revuelto mar de participantes en el proceso contra el Presidente, se destacan no pocos profesionales de sólidos conocimientos jurídicos, entre defensores y acusadores. Claro está, debe reconocerse que casi en la mayoría prevalece el sentido partidista.

Y dentro del grupo de oradores que han participado, cabe destacar cómo un anglosajón, naturalizado en Colombia, el señor Crawford, pastor nacionalizado en nuestra patria, puso de presente la diferencia de dos culturas y dos sangres. Mientras los colombianos hacemos gala de una oratoria a veces excesiva, ampulosa y extensa, el anglosajón, en pocos minutos y en forma clara, describió la situación planteada. En su español enredado tocó temas de fondo sociológico pero con sentido común. Dijo verdades palmarias. Y quienes lo escucharon, además, no pudieron formarse una idea clara de cómo será su voto.

De todos modos, hay que acortar el proceso, juicio o debate, como quiera llamársele. No se le puede restar importancia, es claro. Por el contrario, se le debe acatar y respetar; darle el trato de altura que merece, y tener en cuenta que este es un acto esencialmente democrático, no tan común en las naciones iberoamericanas.

El buen desarrollo del proceso abedece, en todo caso, a la vigencia plena de nuestro Estado de Derecho, así como al acertado desempeño hay que reconocerlo con justicia del presidente de la Cámara de Representantes, Rodrigo Rivera, a cuyo criterio ponderado y ecuánime se deben en buena medida el orden, la seriedad y la altura de los debates.

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