LOS DETESTABLES IMPUESTOS

LOS DETESTABLES IMPUESTOS

No vamos a negarlo: los impuestos son detestables. Sí. Pero son indispensables el funcionamiento del Estado y para la atención de todas las responsabilidades a su cargo, que son, por lo demás, crecientes. Esa es precisamente la razón por la cual, gobierno tras gobierno, los ministros de Hacienda tienen que colocarse la impopular camiseta fiscalista para explicarle al país la necesidad de mejorar los ingresos del Estado y la consecuente elevación de la carga tributaria para los contribuyentes.

05 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Eso es, simple y llanamente, lo que está pasando otra vez. Revisadas las cuentas oficiales, la Administración Samper ha concluido que no podrá sacar adelante su programa de gobierno ni atender cabalmente las obligaciones del Estado si no se tramita una reforma tributaria ante el Congreso, bajo cualquier mote que se le dé para que se genere menos alarma ante la opinión.

Así las cosas, el país debe prepararse para debatir serenamente las propuestas que presente el Ejecutivo ante el Legislativo, sin anticipar juicios, sin acaloramientos ni posiciones populistas en ninguno de los dos extremos, sin rencores, sin trasladar disputas desconectadas del problema tributario al tema de la reforma. A su turno los colombianos deben prepararse para la aplicación de este plan que, objetivamente, parece urgente. Pensando en el bien del país, más allá del color político.

El Gobierno debe, eso sí, dar ejemplo de austeridad y mesura en el gasto de funcionamiento de la Administración, pues francamente resulta inexplicable el derroche en los altos círculos cuando se le pide a la gente que se apriete más el cinturón. Los ciudadanos se deben apretar el cinturón si el bienestar del país así lo exige, pero el Gobierno lo debe hacer, y en mayor medida, sin que hasta ahora se adviertan muestras claras de que ha adquirido ese compromiso de elemental reciprocidad con las ciudadanía. Anticipar juicios sobre el contenido de la reforma cuando ella todavía no se conoce, sería apresurado. Por eso preferimos evitar las referencias a los temas puntuales, y oportunamente las formularemos.

Permanece, sin embargo, como lección para los gobernantes, el recuerdo de la consigna que en últimas, según dicen los analistas de la política norteamericana, terminó jugando un importante papel en la derrota final del presidente Bush. En alguna ocasión, cuando se le indagó sobre la elevación de los impuestos, dijo categóricamente que no. Read my lips lean mis labios fue la expresión que utilizó. Cuando se vio forzado a plantear el incremento de impuestos como le ocurre ahora al presidente Samper, el read my lips se tornó en un tormento que terminó asociado con su dramática pérdida de credibilidad.

Corresponde entonces a los gobernantes o quienes aspiran a serlo evitar los gestos populistas de las promesas en materia tributaria, y deben los ciudadanos debemos todos prepararnos para cubrir esos odiosos pero inevitables tributos que, a pesar de todo, nos permiten vivir en nuestro país.

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