Entre Dina y Cundi

Entre Dina y Cundi

Me desperté y me sentí feliz. Los habitantes de este país somos de los más felices del mundo. ¿Cómo no serlo? Hay cobertura universal de salud. La educación está totalmente pagada por el Estado, excepto la universidad en la que el estudiante tiene que costearse los libros. El índice de criminalidad llega a niveles bajísimos. Niños y ancianos están protegidos de todo. Hay igualdad de género. No existen peleas entre las ramas del poder público. Los miembros del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial comparten el mismo edificio. No hay amenazas ni gritos y no existen trapisondas para reformar la política o la justicia con el fin de beneficiar a amigos delincuentes. No hay políticos sub júdice por apoyarse en grupos armados o narcotraficantes.

17 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Esta semana no ha habido muertes violentas.

La ciudad capital no puede verse más esplendorosa. Las calles limpias. No hay motos. Una sola empresa de buses regula rutas, paraderos, horarios y vías. Hay metro. También muchas bicicletas. Todos gozan del bello diseño de edificios, muebles, lámparas y todo tipo de objetos. Los espacios públicos son para todos, no el resultado de la lucha agresiva entre los que todo lo tienen y los que no poseen nada. Sí, los impuestos son del 50 por ciento sobre el ingreso y el IVA llega al 25 por ciento, pero, en compensación, la tasa de corrupción es de las más bajas del mundo. Claro que hay ciertos lunares. Por ejemplo, es incomprensible que todavía haya uno que otro despistado que venda camisetas para ayudar a las Farc.

Esta última frase me delata. No tengo que aclararlo mucho: no estoy en Bogotá, estoy en Copenhague. Por las noticias, he sabido de nuestros desastres: los ataques guerrilleros, los truquitos de las reformas y el premio nacional de cultura para caballos. Y, España, confundida, le da el Príncipe de Asturias a Íngrid en vez de dárselo a los casi 2.500 que siguen padeciendo el secuestro. Como si fuera poco, nos han derrotado en fútbol después de habernos inflado el ego deportivo. Mientras tanto, Dinamarca le ganó a Portugal.

Aunque objetivamente no hay nada más distante que Dinamarca y Colombia, nosotros también gozamos de esa extraña sensación de felicidad. ¿Cómo es posible que dos países, con condiciones tan distintas, puedan ser similarmente felices? Obviamente, las razones de felicidad e infelicidad deben de ser distintas para los que viven en uno u otro país. Dinamarca no sólo es conocida por su libertad, independencia y respeto a los derechos humanos, también lo es por sus altas tasas de suicidio. Como tiene pocas horas de sol, allí se han inventado una lamparita para manejar la depresión, que engaña a los daneses como si fueran gallinas obligadas a poner más huevos. Hay que exponerse a la luz de la lámpara diez minutos por la mañana y otro tanto por la tarde. No se debe pasar del tiempo, pues produciría insomnio. Con ello bajan los suicidios. ¿No habrá un paisa que exporte enlatada la luz de nuestro sol? ¡Vaya aporte para la humanidad entristecida! Claro que a los pocos días de estar afuera, me pasa lo que a todo colombiano en el exterior. No veo la hora de volver. Colombia tiene múltiples ventajas.

La primera es que, como tenemos muchas cosas para criticar (y lo hacemos), pensamos que podemos contribuir a hacer del nuestro un gran país. Confiamos ciegamente en la capacidad de la gente para salir adelante y encontrar los medios para eliminar los obstáculos que impiden el desarrollo y la equidad social. Si Dinamarca es realización, Colombia es esperanza. En el extranjero uno siente la tranquilidad, pero se aburre. En Colombia, por el contrario, uno no tiene tiempo de aburrirse con tanta zozobra e inquietud.

Sí. Ahora entiendo ese tonto estereotipo de que no estamos en Dinamarca, sino en Cundi…, pues, aunque el país nórdico es maravilloso, lo de uno es lo de uno, aunque haya que mejorarlo

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