TRISTE SUERTE DEL CAMPO

TRISTE SUERTE DEL CAMPO

El abandono del campo, al principio accidental, acabó siendo cuidadosamente impulsado y programado. Uno a uno fueron destruyéndose o esterilizándose los mecanismos instituidos para su apoyo y fomento. Traspuesto a los centros urbanos el vigor de la fuerza electoral, las organizaciones políticas empezaron a desentenderse de su suerte mientras desde el poder se proclamaba la necesidad de quitarle toda protección.

04 de junio 1996 , 12:00 a.m.

A la competitividad internacional debía atenerse, sin estímulos, subsidios o favores, aunque en las naciones industriales se otorgaran a manos llenas. Si bien el concepto de la seguridad alimentaria se recogió en la Constitución del 91, su práctica se consideró reservada a las potencias económicas.

El ventarrón neo-liberal, encarnado con tanto denuedo por el ministro Rudolf Hommes, barrió casi la totalidad de las piezas tradicionales de la política agropecuaria. A la Caja de Crédito Agrario, por ejemplo, le arrancó las secciones de respaldo a la producción y a la creación de empleo. A diferencia del resto de los países, en Colombia serían frutos espontáneos del juego vivaz de los mercados.

* * * El éxodo del campo se inició con la llamada primera violencia, hacia el año de 1948. No correspondía a ninguna filosofía. Obedecía a un elemental instinto de conservación. Los habitantes de regiones enteras, hostilizados por su color político, buscaron asilo en el anonimato de las ciudades, las engrosaron, las fertilizaron pero también las complicaron. Pese a esta oleada de pánico, el campo recobró su tranquilidad y laboriosidad merced a la reconciliación política. Sus gentes pudieron volver a pescar de noche, según el lema de Darío Echandía.

Simultáneamente, dos tendencias o escuelas se disputaban el predominio: la inclinada a retener la población en el campo y la resuelta a acelerar su urbanización. El famoso profesor Wassily Leontieff, invitado a celebrar en Medellín el sexagésimo aniversario de la Federación Nacional de Cafeteros, comentaba que igual controversia se había realizado en los Estados Unidos en la época del New Deal de Franklin D. Roosevelt.

Mientras él abogaba por un país de pequeñas granjas, su contradictor con más influencia en el poder presidencial defendía la intensificación de la urbanización. Era Lauchin Currie, quien luego presentaría e impondría aquí su Operación Colombia con el mismo sesgo, sin perjuicio de cosechar espléndido éxito como criador de vacas de leche. La industria de la construcción sería el gran líder del desarrollo, como lo fuera en la Ciudad-Estado de Singapur.

El doctor Currie dio al éxodo campesino una atrayente filosofía que los adversarios de la reforma agraria no vacilaron en enarbolar. La construcción implicaba la industrialización, pero también la habría de golpear la tesis de valerse únicamente de las fuerzas naturales e internacionales de los mercados. Al concluir el ciclo de auge de aquella, precipitado y agudizado por las tasas de interés, las fuentes de empleo resultarían parejamente afectadas.

* * * En la actualidad, graves interrogantes se ciernen sobre el agro. Una violencia de tercera generación lo azota y desalienta las inversiones. Junto con la abolición de buena parte de los dispositivos de fomento, ha socavado la capacidad de crear empleo y provocado otra oleada migratoria a las ciudades. El desempleo genera violencia y ésta contribuye a multiplicarlo. Durante algún tiempo se encontró refugio en los cultivos ilícitos, pero es alternativa en trance merecido de desaparecer.

Necesariamente hemos de buscar qué destino asignar al campo. A sus suelos y sus aguas; a la población víctima de aguda miseria todavía asentada en él; a la satisfacción de la demanda de alimentos y a la posibilidad de producir estos y otros artículos con miras a la exportación.

En otros tiempos la principal limitación llegó a ser la insuficiente capacidad de almacenamiento. Habíamos logrado objetivos básicos de la economía de abundancia. Faltaba sin embargo una poderosa red de silos. Ahora el problema es producir y, al efecto, recrear las condiciones para hacerlo, entendiendo que la causa de la paz se confunde con la del empleo.

De un contrato social habla el Gobierno. Lo cierto es que salta a la vista la urgencia de reinsertar el campo como elemento activo y decisivo de la economía nacional. Aun en materia de exportaciones, ocupa lugares de primera línea con el café, el banano y las flores. No es menor su importancia para el abastecimiento del consumo interno, pese a la proclividad de surtirnos de artículos foráneos, ellos sí ampliamente subsidiados.

* * * Superada la crisis política, habremos de volver los ojos a problemas fundamentales de hondo calado. El primero de todos, el de proveer trabajo a los colombianos, sobreponiéndonos al presente bache económico y aprovechando los muchos recursos humanos y naturales de que disponemos.

No hayan de ser funciones meramente subsidiarias la del desarrollo y la creación de empleo. A cada pueblo le corresponde obrar de acuerdo con sus circunstancias y necesidades. Las de Colombia son muy claras.

Por qué habrían de malinterpretarse y tergiversarse en aras de las conveniencias y apetencias de otros? Por qué habríamos de renunciar al derecho de movilizar las energías y las riquezas latentes del país? Por qué persistir en la sustitución sistemática de la producción nacional y en el sostenimiento a debe de consumos superfluos?

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