SOLIDARIDAD CON LA RED

SOLIDARIDAD CON LA RED

Aunque recientemente llovieron dardos venenosos sobre la Red de Solidaridad, pienso que el tratamiento fue injusto porque es inédito que un gobierno les ponga bolas a los cuatro millones de compatriotas que se mueren de hambre en este país sin darles una ayuda momentánea y, además, que les arme una estrategia seria y duradera para facilitar su efectiva y rápida transición hacia un desarrollo sostenido, que los transformara después en ciudadanos integrales.

04 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Esa iniciativa es uno de los mecanismos más inteligentes para garantizar el crecimiento del país sin la combustión o el exterminio del casi 12 por ciento de su población y una respuesta responsable de Colombia a los innumerables alertas sobre la meteórica expansión de la miseria por el mundo y, sobre todo, sobre su desbocamiento por América Latina, en donde, si no se hace nada, se agravarán los problemas sociales y económicos al aumentar el número de pobres de 108 a 126 millones en la presente década, activándose así la segunda mayor bomba social del mundo, después de la del Africa Subsahariana, según el Banco Mundial.

Con lo de la Red, Colombia está haciendo algo para desactivar esa bomba y para ponerle freno a la miseria y, por eso, independientemente de las dificultades técnicas y operativas que se puedan presentar al principio de esta empresa, es importante trabajar para que la idea no perezca y para que se mantenga vivo su principal espíritu: el de dar de comer a los más pobres, al aplicar acciones asistenciales de emergencia en los casos en que sea necesario pero, sobre todo, el de enseñarles a pescar , es decir, en ofrecerles mecanismos efectivos para que puedan trabajar y asumir como nuevos ciudadanos, partícipes de la democracia y del desarrollo. La solución no está en aliviar la pobreza sino en superarla, atacando lo que la produce.

La Red pretende producir una rápida transformación en la calidad de vida de las comunidades más carentes y, para conseguirlo, las busca y les aplica un choque social que incluye, además de planes de empleo rural y urbano de emergencia, un subprograma de capacitación para el trabajo, que comprende becas de sostenimiento para que jóvenes de bajos ingresos, bachilleres o egresados del noveno grado puedan adelantar cursos de habilitación laboral en el Sena. También, programas de asistencia alimentaria; de apoyo a las mujeres jefas de hogar; de auxilio a los ancianos indigentes; de recreación y de ayuda para jóvenes de escasos recursos que tengan talentos deportivos o artísticos, según explicación de Eduardo Díaz, el gerente de la Red.

Díaz Uribe dice que a través de las 35 mesas de solidaridad instaladas en los departamentos y de las 150 que se están armando en municipios, puede decidirse colectivamente cuál será el sector que beneficiará la Red, y cita como ejemplo a Puerto Inírida (Guainía), en donde el programa arrancó por el barrio de Los Libertadores, por decisión de la comunidad, lo que significa que los ciudadanos pueden decidir sobre la aplicación del mismo.

Siendo así, estimo que esta iniciativa no debe echarse en saco roto. Al contrario, considero que en una época de aparente renacimiento de la ciudadanía y del surgimiento del ciudadano en formación, más que criticar sin hacer nada, sería constructivo preguntar de qué forma podríamos contribuir, como ciudadanos, para ayudar a sacar adelante una política social que nos beneficia a todos. Creo que si aportamos algo, más que una simple acción de caridad, lo que estaríamos realizando sería hacer efectivo el ejercicio de la ciudadanía.

En Brasil, donde el número de personas que viven bajo la línea de pobreza supera los 31.5 millones de habitantes (casi una Colombia) la campaña contra el hambre, movilizó en el 93 al 32 por ciento de sus 150 millones de habitantes. Fue una buena idea compartida, y, copiarla, no sería un plagio sino una mancomunidad por la vida y por la paz.

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