El ‘arte’ de embellecer muertos

El ‘arte’ de embellecer muertos

REDACCIÓN VIDA DE HOY El cuerpo llega en posición fetal. Es una mujer mayor, de unos 70 años. En su rostro, rígido ya como el resto de su anatomía, se ve un gesto de dolor. Se estima que murió hace seis horas.

14 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Víctor Julio Cuspoca, de 43 años y uno de los 10 embalsamadores de la funeraria comienza su turno con ella. Se persigna y empieza a hablarle. “Voy a bañarla muy bien para que quede bien bonita. Voy a peinarla y a maquillarla para que parezca que está descansando. Pórtese bien juiciosa. No me vaya a pesar mucho”.

Y comienza su rutina. Le quita la ropa, que más tarde será cremada, y la baña con agua fría. Le echa champú en el pelo y jabón en el cuerpo.

Con un bisturí le abre un orificio a la altura del cuello, por donde inserta una manguera que cumple la función de evacuar los fluidos y de llenar el cuerpo de unos químicos especiales.

Como por arte de magia, el cadáver de la señora empieza a recuperar su flexibilidad y naturalidad.

Luego el embalsamador lo aspira, por dentro y por fuera; le inyecta formol en las vísceras y las cavidades para frenar la descomposición del cuerpo; le sutura el hueco que le abrió en el cuello y tapona todos los orificios con varias tiras de algodón.

“Esto hay que hacerlo con mucho respeto, amor y devoción”, dice Víctor Julio.

El ruido de un secador de pelo interfiere con la música que sale de un radio con el que los embalsamadores, o tanatólogos como ellos se hacen llamar, se entretienen mientras embellecen difuntos.

Está sintonizado en una emisora tropical, en la que en ese momento suena uno de los éxitos del fallecido Héctor Lavoe. Muy propicia para la ocasión: /Todo tiene su final, nada dura para siempre, tenemos que recordar que no existe eternidad.

El ritual Con cepillo en mano el embalsamador peina una cabellera larga y canosa.

Viste a la mujer con ropas que sus familiares le entregaron a la funeraria: una blusa azul clara y un pantalón del mismo color. Y le enreda un rosario de pepas transparentes en las manos. Después la maquilla. Víctor no solo aprendió a tratar cadáveres en Medicina Legal, sino que tuvo que hacer un curso de maquillaje con una famosa firma de cosméticos.

Masajea el rostro de la señora y empieza a acicalarla con su equipo de pinceles y brochas, labiales, bases y polvos compactos. Tanto mujeres como hombres pasan por este ritual de belleza. Y cuando hay orificios producidos por heridas, los rellenan con una cera especial para mejorar la apariencia.

La señora ya está lista. Víctor la mira y sonríe. “Quedó bien bonita”, dice.

La levanta con fuerza y la lleva hasta el ataúd asignado.

Él, oriundo de Duitama (Boyacá), casado y padre de tres hijos, empezó como vigilante en la misma funeraria hace 11 años. Luego pasó a conductor, y hace siete años está en el laboratorio.

Con su primer muerto sufrió mucho, pues se le ocurría la posibilidad de que estuviera vivo. Hoy disfruta su oficio, en el que al día llega a arreglar entre 10 y 15 cadáveres. Eso depende de la época. “Hay más muertos en quincenas y en temporadas como las vacaciones”, afirma.

“Hay mucha gente que repudia esta profesión, pero para mí ha sido una bendición”, agrega.

-¿Qué es lo mejor de su trabajo? -El agradecimiento de los familiares que, en medio del dolor, sienten un alivio gracias al trabajo que uno hizo. Es que los dejamos (a los cadáveres) como si no hubieran sentido dolor, como si estuvieran dormidos.

-¿Y qué ha sido lo peor? -Cuando tuvimos que arreglar a los niños del accidente del colegio Agustiniano Norte. Uno se imagina que pueden ser los hijos.

A pocos metros de Víctor, uno de sus compañeros, Jorge Huérfano, trabaja en el cuerpo de otra señora. Precisamente a él Víctor ya le hizo una recomendación especial. “Cuando me muera, quiero que usted me arregle”, le dijo.

Esta petición le trae malos recuerdos a Jorge, quien ya lleva 10 años en el oficio. Hace seis meses visitó a una tía enferma que le dijo lo mismo y una semana más tarde, apenas comenzaba su turno, levantó una sábana y se dio cuenta que estaba ella.

Para él lo más difícil ha sido arreglar los muertos por accidentes, homicidios o suicidios. “Una vez me tocó coser desde los pies hasta la cabeza a un hombre que descuartizaron”, cuenta.

-¿Si pudiera cambiar de trabajo, lo haría? No. Con esto me he ganado la vida. Compré mi casita. Creo que esta es la misión que me puso Dios. Aquí han venido muchos a entrenarse en este trabajo, pero somos pocos los que aguantamos.

Con esto (arreglando cadáveres) me he ganado la vida. Compré mi casita. Creo que esta es la misión que me puso Dios”.

Jorge Huérfano, maquillador de muertos

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