EL ESCARABAJO QUE TRAZÓ EL CAMINO...

EL ESCARABAJO QUE TRAZÓ EL CAMINO...

Tiempo de pioneros y de visionarios, de apertura de caminos, de guerras y de ilusiones. Allí en esa atmósfera de la Bogotá de los años cuarenta y cincuenta, brotó la estampa inolvidable de uno de los primeros hombres colombianos que impulsó la lunática idea de recorrer las carreteras del país a punta de pedalazos: Guillermo Pignalosa.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

En ese tiempo era muy difícil hacer ciclismo en Colombia. No había muchas carreteras, y las pocas que existían eran pedregales o areneras espantosas , cuenta Mario Remolacho Martínez, uno de los hombres que estuvo ahí, como protagonista de excepción de esa estóica historia del naciente ciclismo colombiano.

En aquel entonces, Pignalosa estaba al frente de la Liga de Ciclismo de Cundinamarca, un lugar que se convirtió, con el tiempo, en el salón de tertulias donde departían y estructuraban sueños los aficionados al pedal.

Con ese entusiasmo, con esa imaginación e iniciativa, Guillermo empezó a organizar carreras que fueron tomando mucha fuerza y su oficina se convirtió en un hervidero de aficionados al ciclismo. Guillermo, como era tan apasionado, tenía varias colecciones de revistas francesas de ciclismo en las que se podían ver las nuevas bicicletas, los uniformes y los nuevos avances de ese deporte , cuenta Martínez.

En 1938 Bogotá celebraba el cuarto centenario de su fundación y en homenaje organizó los Juegos Bolivarianos en los que fue incluido el ciclismo. Pignalosa estuvo participando, y aunque no fue trascendental el desempeño colombiano, sí dejó experiencias importantes.

Pignalosa, además de organizar carreras, estaba muy al tanto de las nuevas técnicas en la construcción de bicicletas, las posiciones sobre ella, los cambios de relaciones y todos esos detalles sin los que la práctica sería mucho más complicada. Incluso importaba bicicletas y luego las vendía al costo, sin ganar nada, con el fin de promocionar el deporte.

En una ocasión llegó a su oficina un amigo, Pablo Emilio Chaparro, con el chisme de que cerca al barrio Veinte de Julio estaban construyendo una cancha de fútbol que a él le parecía que podría servir mejor como velódromo, porque tenía la forma de una artesa. Entonces, Guillermo empezó a mover sus contactos y logró que allí se levantara un velódromo, el que ahora se conoce como el Primero de Mayo , comenta Martínez.

Para esa inauguración se trajo al francés José Beyaert, que fue el primer ciclista extranjero que ganó la Vuelta a Colombia, en 1952.

En 1950, gracias al impulso de Pignalosa, Colombia participó en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Guatemala y se colgó la medalla de oro en pista, al triunfar en los 4.000 metros persecución por equipos.

Efraín Forero, el seminarista Efraín Rozo, el capitán del ejército Ortiz y Jaime Tarquino obtuvieron el primer triunfo ciclístico de Colombia a nivel internacional, abriendo la senda, paradójicamente, en una modalidad pedalera un poco relegada en la actualidad en Colombia Pero la historia no termina allí. Por iniciativa del joven inglés Donald Raskin, de profesión comerciante, que también tenía clavada la pasión por el ciclismo, y con el auspicio de Pablo Camacho Montoya, redactor de EL TIEMPO, se propuso la idea de realizar una vuelta por toda Colombia. Ya se habían hecho intentos en tramos largos como el de Bogotá-Cali por los hermanos Umaña, pero ahora la idea era más grande. Corría el año 1951.

Pignalosa, un poco dudoso del éxito de tamaña locura, aceptó el reto de ser el director de la carrera hasta Manizales, pero ante la avasalladora acogida de la competencia decidió estar hasta el final.

Ya para la segunda tuvo divergencias con otros miembros del grupo organizador y decidió retirarse de la actividad ciclística, no sin antes dejar una huella imperecedera que ahora, a raíz de su muerte el lunes pasado en Bogotá, a la edad de 79 años, cobra mucha más actualidad.

Por su talante, por su personalidad, por su físico, parecía italiano (era hijo de italiano y colombiana) , dice nostálgico, Martínez, que en su relato parecía verlo todavía entre trochas de arena, piedra y riachuelos, marcando el camino largo y sinuoso de una de las más hermosas y gloriosas historias del deporte colombiano: la del ciclismo.

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