PLÁCIDOS ECOS

PLÁCIDOS ECOS

Que en menos de dos meses más de cien mil personas hayan asistido en Bogotá a dos conciertos de ópera de ópera, háganme el favor, es algo que no parecía posible.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Que en el estadio donde se juega fútbol se hayan congregado los de arriba, los de abajo y los del medio a escuchar música culta un miércoles en la noche, desafiando el frío, la inseguridad y el caos del transporte, es una estimulante muestra de esa otra cara de la sociedad colombiana.

Espectáculos como el que brindaron Plácido Domingo y Martha Senn lo reconcilian a uno con un país tan reiteradamente asociado con la barbarie y las conductas antisociales. Porque si además de la organización y la masiva asistencia hubo algo sobresaliente, fue el comportamiento ejemplar del público.

No se registró un solo incidente, ni un acto de indisciplina, ni siquiera un grito destemplado entre esas decenas de miles de personas que colmaron las graderías y la gramilla de El Campín. Asombroso, de verdad.

Ya en el concierto de Pavarotti el 2 de febrero el público bogotano había sorprendido por su conducta y asistencia en el primer concierto de la llamada música culta que se organizó de manera masiva en el país. Y que estuvo precedido de no pocas críticas y advertencias sobre lo absurdo que significaba pretender que semejante muchedumbre fuera a guardar el silencio y la compostura que requiere un recital operático. Y lo único que se oyó, fuera de la arrolladora voz de Pavarotti, fue el silencio del público.

Pero que a las pocas semanas de haber escuchado al primer tenor del mundo, se organizara un segundo concierto con la otra gran figura internacional de la ópera, parecía ya una ilusa locura. Personalmente no pensé que fuera a resultar. No había, me decía, tiempo para organizarlo y promoverlo. En lo de Pavarotti había habido mucho de novelería y, por más Atenas Suramericana que hubiera sido en épocas lejanas, Bogotá no aguantaba dos golpes de ópera en tan corto lapso.

Hombre de poca fe, debo confesarlo. Lo de Plácido Domingo fue la confirmación de que esta ciudad responde sin vacilar cuando se la convoca a espectáculos de calidad. Y que ya se puede pensar en grande en materia de eventos cultos. Y no tan cultos. Bogotá ha demostrado que da para todo.

Fue emocionante ver ese estadio repleto, los pañuelos blancos, las luces en las tribunas y, una vez más, el comportamiento impecable del público. Más allá del aspecto puramente musical, que es materia para la crítica especializada, me interesa la afirmación social que encierra el acontecimiento. Esas 50 mil personas, muchas venidas de otras ciudades, aglomeradas en perfecta armonía, estaban comunicando algo de fondo.

Podemos ser el país más violento del mundo. Y el epicentro mundial del narcotráfico. Pero el concierto de El Campín demostró qué tan o relativos pueden resultar a veces estos clisés sobre el país. En medio de las muertes que nos desangran, del narcotráfico que nos carcome, ese espectáculo fue un canto a la vida y a la paz.

Y no debe resultar tan sorprendente. Hace ya varios años Colombia viene dando repetidas muestras colectivas de su civismo y devoción por la cultura los festivales internacionales de teatro de Fanny Mickey, para no ir más lejos y de su amor por la música, que se ha convertido en la más civilizadora de las terapias.

Recuerdo el apoteósico concierto de rock en español durante la Alcaldía de Andrés Pastrana, que congregó a 60 mil jóvenes durante más de 10 horas en una maratónica jornada musical en la que no hubo ni un incidente. Fue un mensaje de optimismo sobre la capacidad de la nueva generación para superar ese lastre heredado de muertes y odios que tánto lastima a Colombia.

Nuestra imagen aún ahuyenta a algunos. Phill Collins se negó a venir a Bogotá por físico atortole. Pero son cada vez menos. Después de que llegan y se van felices los dos supergrandes de la ópera, se han pasado todas las pruebas de fuego.

Esas tribunas altas de oriental, de boletas de 15 mil pesos (las de primeras filas eran a 250 para Plácido y para Pavarotti), escuchando ópera en absoluto silencio; esos 60 mil muchachos gozando del rock en ese mismo estadio repleto; esos públicos que llenan a reventar cualquier concierto bueno de jazz; esas personas de todas las edades, clases y colores, encarnan la Colombia que salva a este país, la Colombia del futuro.

Después, en fin, de Pavarotti y Domingo; luego de ver cómo la ópera (con zarzuela o sin ella) convoca civilizadas multitudes, se renueva la fe en este pueblo imprevisible, contradictorio y maravilloso. Sobran, sin duda, hampones y guaches, pero no somos, como temía Echandía, un país de cafres . Y se podrá a diestra y siniestra, pero a la cultura nunca lograrán asesinarla.

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