SE INICIA VÍA CRUCIS DE FAUNA Y FLORA

SE INICIA VÍA CRUCIS DE FAUNA Y FLORA

Tortuga pasadas por agua Un toc es el último sonido que escuchan las hicoteas antes de ser hervidas vivas. Así las descubren los monteadores (cazadores), en la Costa Atlántica, que salen a hacer sus barridos por ciénagas y pantanos donde ellas se entierran. Armados con palos, caminan por las orillas golpeando el suelo hasta escuchar el toc hueco de la caparazón de su presa.

03 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Claro que, a veces, también incendian los bordes de las ciénagas con el fin de atrapar a los animalitos que salen para salvarse del fuego. Así desaparecen, año tras año, entre 15.000 y 20.000 tortugas, especialmente en sitios como el bajo Magdalena, Sucre y Córdoba.

Es que su carne blanca no puede faltar en los platos típicos de Semana Santa en la Costa. Lo triste es que no se respeta siquiera a las hembras que son devoradas antes de alcanzar su etapa reproductora. Y corre con suerte el que las consiga con huevos... Porque se les atribuyen poderes afrodisíacos.

Iguanas, por los huevos De enero a marzo desovan las iguanas. Por esta época todas están repletas de huevos (entre 20 y 25 por pancita). Los mismos que se consiguen hasta en los semáforos, amarrados en largueros, como si fueran calentanos. La demanda es porque también se consideran afrodisíacos. Solo se deben hervir en agua con sal y quedan listos.

Las que no quedan listas son las iguanas a las que, si les va bien, les hacen el favor de coserlas y rellenarlas con pasto o boñiga luego de la cesárea. Y obvio que con semejante operación ninguna puede volver a procrear. Claro que como el procedimiento es tan engorroso, y no todos los cazadores tienen alma de cirujano, la mayoría terminan muertas. Así perecen alrededor de 40.000 iguanas cada año.

Su carne poco se consume. Salvo en algunas regiones del alto Sinú donde las preparan en un plato conocido como salpicón .

El adiós de las cuaresmeras Cada año ellas van de sur a norte rumbo a su hogar, Estados Unidos y Canadá, para reproducirse.

Entre 5.000 y 10.000 águilas migratorias descansan de sus arduas jornadas de viaje en el cañón del río Combeima (Tolima), por esta época de Semana Santa. Por eso las llaman cuaresmeras .

Lo grave es que muchas de estas viajeras se quedan. Cerca de 2.000 mueren presas de los perdigones de los cazadores. Les sirven para jugar al tiro al blanco, para comer, o como botiquines voladores porque a su grasa se le atribuyen poderes curativos. Existe la creencia de que esa grasa es buena para combatir la artritis, el asma y la bronquitis.

Grupos ecologistas locales y foráneos se reúnen desde hace un par de años en el Combeima para educar a los habitantes de la zona. Pero la depredación sigue. La cacería de este año ya arrancó Ni los chigiros se salvan Sagradamente, a finales de marzo y comienzos de abril, cada amanecer aparecen los famosos chigireros montados a caballo en las sabanas de Casanare, Arauca y Vichada. Su misión es encerrar a las manadas de chigiros y repartir garrote para acabar con el mayor número de animales.

Los atrapan cuando salen bien temprano a buscar el agua que tanto escasea en verano. Factor que, de paso, hace que el roedor no goce de la simpatía de muchos humanos. Es que le urge usar agua para controlar su temperatura, bañarse, reproducirse y hasta defecar. Esto impide la utilización del líquido. Además, comen como desaforados. Uno solo puede consumir hasta veinte libras de pasto en un día. Ello los hace competidores del ganado en materia de alimentación. Y no gusta mucho.

Por eso cae de perlas la demanda ilícita que se hace de la carne de este animal de parte de países como Venezuela, donde es muy apetecida por esta época.

Las palmas del Domingo El procedimiento es más sencillo que matar a un animal. Pero es igual de nocivo. Solo se deben tomar los cogollos tiernos de la palma de cera, árbol insignia de Colombia, y trenzarlos. Una costumbre con la que se conmemora el Domingo de Ramos.

Muchos creen que los ramitos, benditos, pueden frenar hasta una tempestad. Por eso, no falta la casa que tenga su ramo detrás de la puerta de la cocina, colgada junto a la sábila.

El problema es que si las palmas son muy altas, se cortan para poder alcanzar los cogollos. Y si son bajitas, el hecho de cortarles los cogollos les impide crecer y reproducirse.

Pero no solo se acaba con las palmas sino con la fauna asociada a ellas. El oso de anteojos (que consume sus cogollos), grandes roedores del bosque andino (guagua y ñeque), los mirlos (que comen sus frutos) y los loros y las guacamayas de tierra fría se quedan sin su sustento. Hasta animales domésticos como el cerdo (al que ceban muy rápido con los frutos de palma), dependen directamente de este árbol.

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