QUE ENCUENTRE EL FRENO!

QUE ENCUENTRE EL FRENO!

No sé, no me imagino a un Diego Maradona anciano. No lo veo sentado frente al televisor, cómodamente arrellenado en un sillón, del brazo de Claudia, digamos bebiendo té, fumando en pipa y disfrutando una película. No se me ocurre jugando con los nietos, leyendo un buen libro, gozando del parque de una suntuosa residencia. No me lo figuro asistiendo a la final del mundial del 2030, invitado por el país organizador y condecorado por la FIFA. No se me ocurre un Maradona septuagenario haciendo un anuncio publicitario sobre las saludables propiedades del yogur o recomendando a los jóvenes deportistas sacrificio y disciplina...

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

No se me hace un Maradona viejito y glorioso, viviendo holgadamente, pasando una vejez tranquila y desahogada por qué no austera a costa de sus ahorros y de sus seguras inversiones del pasado. No se me antoja un Maradona en pantuflas, sobrio y discreto, sereno y sabio, maduro y bueno, pausado y reflexivo.

No vislumbro nada de eso sencillamente porque no creo que Maradona llegue a viejo.

No así como va. Está subido a un auto que marcha a trescientos kilómetros por hora. Hasta ahora ha sabido sortear curvas y pendientes, terrenos anegadizos, obstáculos y peligros diversos. El ídolo inmenso que hay en él, su natural inteligencia (contra todo lo que piensa la gente es astutísimo) y su condición innata de peleador le han evitado, hasta ahora, estrellarse contra el muro. Pero el camino, su camino, el que se ha trazado, está minado de muros de concreto, más fuertes que su humanidad, que su temperamento y que su propia condición de rey.

El 6 de enero último, en uno de los tantos disparates que se cometen en nombre del fútbol, el Racing Club de Avellaneda, ex gloriosa institución del fútbol argentino, lo presentó oficialmente como el nuevo entrenador de su equipo superior. Se supone que con el objeto de trabajar a los futbolistas, disciplinarlos, armonizarlos, etc. Desde entonces se ha planteado una situación curiosísima en Racing, cuanto menos graciosa: los jugadores concurren a las prácticas, Maradona, el técnico, no. Su marca récord es de nueve ausencias consecutivas a los entrenamientos. Recomendó contratar en un millón de dólares a un oscuro marcador de punta de Vélez Sarsfield (Almandoz), quien resultó el primer sorprendido. Pidió adquirir los servicios del búlgaro Igor Balakov (costaba tres millones). Las operaciones no se realizaron gracias a que Racing no disponía ni para pagar la luz. Insultó a todos los árbitros que pudo; se indignó con Guillermo Ríos marcador de Independiente, por no querer ir para atrás en un encuentro frente a Mandiyú, cuando Maradona era técnico de este equipo... Y si no hizo más fue sencillamente porque, durante semanas enteras, su autodestructiva enfermedad le impidió ponerse en pie y aparecer en público.

A todo esto la prensa argentina, en un acto de misericordia en homenaje a lo que fue como futbolista, tendió un piadoso manto de silencio. Ahora, su nueva y misteriosa desaparición ha despertado nuevamente la avidez periodística. Pero más por el temor de encontrarse con una noticia trágica que por molestarlo. Hace casi una semana Maradona se fue de su casa y se encerró en habitación de un hotel céntrico con su cuñado, El Morsa , un sujeto que no les recomiendo para invitarlo a cenar en sus casas y que es afanosamente buscado por la Camorra, noble institución napolitana. Parece que quedaron algunas cuentitas pendientes. Que si lo pesca la Camorra, del Morsa no queda ni el recuerdo.

Temiendo lo peor, esta vez los medios de prensa salieron en busca del entrenador de Racing. Un reportero de Crónica TV lo halló en el hotel y hacia allí rumbeó medio país. Pero, alucinado, arruinado, Dieguito no quiso recibir a su apoderado ni a su abogado.

Nadie se atreve a decir la verdad. Sólo circulan rumores. Que su esposa lo dejó definitivamente, que de la enorme fortuna que ganó queda muy poco. Lo cual no sería del todo grave. Grave es que nadie de su entorno logre hacerlo entender que su adicción está ingresando en una fase sin retorno. Porque por encima del ídolo, del dinero, está el nombre. Tampoco son tan culpables: desde que tiene uso de razón, Maradona hace lo que quiere.

Diego está subido a un bólido que circula a trescientos kilómetros la hora. Lejos de buscar el freno, sigue apretando el acelerador. Algo tiene que suceder. Es inexorable.

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