SI YO HUBIERA ESTADO EN COPENHAGUE

SI YO HUBIERA ESTADO EN COPENHAGUE

Si yo hubiera ido a Copenhague en la comitiva presidencial que fue a la Cumbre sobre la Pobreza, habría aprovechado la visita para conocer el Castillo de Elsinor. Fue en sus inmensas salas donde el Príncipe Hamlet dio evasión a sus perplejidades sobre ser o no ser.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Ya, imbuido en su escepticismo, habría pedido la palabra en la respectiva comisión y habría tocado como aspecto central el de la agricultura.

En efecto, el tema de la pobreza se confunde con el de la agricultura, y no se justifica soslayar la raíz del problema cambiándole de nombre. Pobreza y dieta están estrechamente entrelazadas y, tratándose de la pobreza absoluta, ninguna medida tan acertada como cuantificar en calorías el grado de miseria. Desnutrición y pobreza son términos sinónimos, ya sea tratándose de los individuos o de los pueblos.

Lo cierto es que el gran interrogante conque nos aproximamos al siglo XXI, es el de cómo alimentar una población en constante aumento, frente a unos recursos alimenticios afectados por tres factores principales: la creciente limitación en tierra y en agua; la ineficacia de los fertilizantes cuando se superan ciertas cifras pico en materia de producción, y los cambios climatológicos en razón del efecto de invernadero y la gradual desaparición de la capa de ozono.

En la medida en que por el atractivo de las ciudades, los países se van desruralizando, la demanda por agua potable va reduciendo las posibilidades de irrigación, que es la base de una agricultura eficiente, al punto de que en economías como la China, se encuentran ciudades en donde se contempla la inminencia de una sed generalizada en ciertas regiones, y, en casos como el de Ciudad de Panamá, no es imposible que llegue el momento en que haya que decidir entre la ampliación del Canal y el suministro de agua potable, en vista de la insuficiencia probable del río para atender a los dos servicios: el de acueducto y el de las esclusas.

Con la tierra aprovechable acontece otro tanto. A veces se impone decidir entre la urbanización y el destino agrícola, con la obvia consideración de que, desde el punto de vista de la rentabilidad, lo que cuenta es vender por metros los terrenos destinados a la ampliación del perímetro urbano.

Hace algunos lustros se pensó que la revolución verde, la aplicación de la tecnología en la producción agrícola, permitiría superar el desbalance entre el crecimiento demográfico y los recursos alimenticios. Algunos experimentos exitosos daban pábulo a esta creencia en contra de las predicciones de Malthus; pero hoy ya se sabe que las hibridaciones de las semillas y el efecto multiplicador de los abonos químicos, tienen un límite que es imposible sobrepasar, como se viene demostrando en distintas regiones del planeta en cultivos como el del arroz en Asia, tras años de perpetuo crecimiento.

Por último, para nadie es un secreto el calentamiento del globo terráqueo a consecuencia de los efectos indirectos de la industrialización del mundo. El régimen de las estaciones y de las lluvias viene alterándose de un tiempo a esta parte en forma impredecible, para lo cual el caso de Colombia nos viene como anillo al dedo.

Con todo, el problema de la agricultura no radica en la cuestión física propiamente dicha, sino en su ubicación dentro del contexto de la economía contemporánea. El signo de nuestro tiempo es la apertura dentro del propósito de globalizar los intercambios: mercados libres a nivel universal, pero cómo puede haber mercados libres sin una autoridad mundial que regule la producción y la distribución de los frutos de la agricultura? Vemos a diario cómo ciertos países subsidian su agricultura financiando la retención de sus productos con el fin de encarecerlos, mientras en otras latitudes la pobreza se manifiesta en una dieta de hambre ante la imposibilidad de adquirirlos. Nada tan ilustrativo al respecto como el caso de los cereales de la zona templada. En algunos países se premia el abstenerse de sembrarlos y en otros se retienen por parte del Estado, así mueran de hambre los habitantes de Ruanda, de Biafra o de Bangladesh.

Al mismo tiempo y siendo así que la mayor parte de los países del Tercer Mundo viven de la exportación de productos de la agricultura, su poder adquisitivo se ve permanentemente reducido por el encarecimiento de los insumos (maquinaria, fertilizantes, semillas seleccionadas, etc.) y la sobreoferta de los mismos productos, que deprime los precios.

De esta suerte, en el panorama mundial, la pobreza de los individuos y de los pueblos es un reflejo de su condición agrícola. Ricos quienes dominan su economía alimenticia, pobres quienes están sujetos al vaivén de los precios sin ningún control sobre ellos.

El ejemplo de Colombia es el más diciente. Contamos con una ventaja competitiva en materia de café, que nos permite intervenir en el mercado por acuerdo con otros países productores, pero en cuanto pasamos al algodón, al arroz, al sorgo o a las oleaginosas, tropezamos con el conflicto entre los precios de sustentación y los precios internacionales que son, por lo general, más bajos.

El contrabando, o la propia apertura, exponen a nuestros agricultores a producir en contravía de la rentabilidad y el balance acaba favoreciendo los cultivos ilícitos, como la marihuana, la coca o la amapola. Son los únicos costeables en ciertas regiones apartadas y los menos riesgosos, pese a la voluntad de extirparlos por parte del Gobierno. Es más probable perder sembrando algodón, cuyos precios fluctúan en ambas direcciones de año en año, y sin saber qué ocurrirá con las lluvias, que abrigar la esperanza de escapar del Estado con buen precio en los cultivos proscritos.

Por otra parte, cómo pensar en competir con cultivos como el del maíz en una economía abierta? En el corazón de los Estados Unidos una hectárea produce entre cuarenta y sesenta toneladas de maíz, mientras que en Colombia no pasamos de veinte! Antes de veinte años, y a menos que ocurran sucesos inesperados, veremos el agravamiento de todas estas interrelaciones en el orden agrícola, cuando los habitantes de la China Popular alcancen un nivel de consumo alimenticio vecino al de los países industrializados: Japón o Estados Unidos, por ejemplo. Mil doscientos millones de consumidores más tratarán de proveerse en todos los continentes de los artículos alimenticios que no alcanzan a producir, y para entonces será el crujir de dientes en materia de precios.

Dios tenga a Colombia de su mano cuando lo único barato será el café!

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