LA JUSTICIA SIGUE RAJADA

LA JUSTICIA SIGUE RAJADA

Decían que ahora sí iba a haber plata. Que después del revolcón de Gaviria y la reforma constitucional del 91, las cosas iban a mejorar. Que íbamos a poder confiar en ellos. Mentiras.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

La Administración de Justicia, a pesar de los pajaritos de oro que nos pintan, sigue destartalada. Está peor que nunca y los niveles de impunidad son tan alarmantes que ya ni conmueven a una sociedad que no ha querido conceder a este drama la importancia que tiene. Está en juego la esencia de un sistema democrático cual es la de que se imparta justicia. Mucho más que la pobreza o la falta de educación o que la guerrilla y el narcotráfico, que pescan en este río revuelto, la principal amenaza contra nuestra democracia es esta aterradora impunidad.

Todavía se percibe una despiadada y apestosa lucha de poderes. Se libra, además, mientras los colombianos piden justicia a gritos. No vale la pena citar estadísticas. Son demasiado frías, y a quienes sufren en carne propia el horror de nuestros juzgados no les dicen nada. Como respuesta, la gente ha preferido tomarse la justicia por las propias manos.

No hay instancia judicial que funcione bien. La Fiscalía, pese a las buenas intenciones del fiscal Valdivieso, es un desastre. Las sentencias se demoran eternidades y debido a la monumental congestión en los despachos este país se ha convertido en un envidiable santuario para los hampones. Volvemos a estar donde estábamos antes de la reforma constitucional: con una Justicia financiada pero sin resultados para mostrar.

No es sino escarbar en el Consejo Superior de la Judicatura. Tres años después de estar funcionando fue rajado en un informe confidencial del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Confirmó las especies de que sus miembros, más que preocuparse por formular políticas, por administrar, se han dedicado a viaticar, a ocuparse de las minucias de una problemática que va muchísimo más allá de la falta de papel y lápices en los juzgados. Estos funcionarios, sentados encima de 700 mil millones de pesos, no han entendido que su principal tarea es la de ser la junta directiva de la rama judicial, dedicada a fijar políticas de administración de personal, a montar y aplicar indicadores de desempeño y de productividad de quienes son responsables de un servicio público más vital que la electricidad o el agua. Estos señores están felices porque nadie les está pidiendo que rindan cuentas.

También es cierto que en todo ese tejemaneje político del pasado Gobierno se improvisaron para los cargos unos administradores que no lo eran. Si a ello se suma el hecho de que las gerencias colegiadas son un fracaso y terminan siendo ineficientes, pues lo que tenemos finalmente es un caótico panorama en el seno de un organismo llamado a poner un poco de orden en el frente judicial.

El principio de la autonomía en el manejo de los recursos por parte de la Justicia, precisamente para preservar su independencia, es sano. Lo que le ocurrió a la Sala Administrativa del Consejo Superior es que interpretó mal el concepto y optó por desintegrarse totalmente del resto de la rama jurisdiccional e hizo cama aparte.

Los enredos y excesivas susceptibilidades en el Consejo Superior de la Judicatura son apenas un aspecto de la monumental crisis en que permanece sumida la Justicia. Pero hacia donde se mire el panorama no es más alentador.

La Justicia colombiana se mueve entre dos aguas. Una la del caos, la improvisación y la ineficiencia que en parte importante es responsable de los altísimos índices de violencia y descomposición de este país. La otra, la de una Corte Constitucional que se ha ido hacia el otro extremo. Casi al punto de convertirse en un poder que mediante algunos de sus fallos cogobierna, fija aumentos salariales basados en el IPC o desconoce olímpicamente el fuero militar expresamente consignado en la Carta, que dice que los militares se juzgarán entre ellos mismos.

Qué contrastes. En una misma casa cohabitan una Justicia enclenque e ineficiente y otra que pisa demasiado duro, al punto de emitir jurisprudencias de consecuencias impredecibles. Bien se dice que bueno es culantro pero no tanto...

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