LA MORAL Y LA LEY

LA MORAL Y LA LEY

Los fragmentos publicados de El Evangelio de la Vida, última Encíclica del Papa Juan Pablo II, lo dejan a uno pensativo. Porque mientras condena lo que llama la cultura de la muerte , o sea la eutanasia y el aborto, que serán castigados con la pena máxima de la excomunión, justifica en cambio la pena de muerte, pues considera que pueden existir situaciones en las cuales el orden público y la seguridad de las personas no pueden ser defendidos de otra manera.

03 de abril 1995 , 12:00 a.m.

De modo que puede ser un remedio, no condenable, cortarle la vida a quien atenta en materia grave contra la sociedad. Por ejemplo, creo yo, que merecerían pena de muerte los depravados, los secuestradores, o los asesinos a sueldo, de los cuales hay en Colombia abundantes especímenes. Es decir, que remedio tan terminante si es que algo se remedia con la muerte de quienes atentan en materia grave contra la sociedad, la Iglesia no lo condena. Pero en cambio, ay! de quien se atreva a resolver un problema personal recurriendo a la eutanasia o al aborto.

La interrupción de una vida es condenable, en principio. Y la Iglesia está en su deber de desautorizar esa práctica que puede considerarse asesina. Sólo que en materia tan delicada y tan íntima, no puede generalizarse, ni debería condenarse a todo el mundo por parejo. Porque hay casos que merecen tenerse en consideración antes de anatematizarlos. Por ejemplo el de la madre de varios hijos cuya vida peligra si no se practica un aborto terapéutico. O el de la mujer violada a quien es inhumano condenarla a engendrar el hijo que germinó en sus entrañas por la violencia de un depravado; es decir, de un individuo tan peligroso para la sociedad que, según la Encíclica, merece la pena de muerte pues esa situación no puede defenderse de otra manera.

Acortarle la vida a un enfermo terminal, o atacado de algún mal incurable que prolonga sus sufrimientos por tiempo indefinido es, según la última Encíclica, una conjura contra la vida. Pero qué vida puede ser la de cualquiera de estos enfermos? Y cómo puede ser condenable no prolongarle el sufrimiento a quien no aspira a otra cosa que a descansar en paz? Por eso hay médicos, gente corriente, y hasta sacerdotes, que apoyan desde hace años, en Colombia y en otros países, el derecho de morir dignamente . Y este consiste en que la persona, en uso de sus facultades, y por su propia voluntad, firma un documento mediante el cual les pide a sus familiares que en caso de contraer una enfermedad incurable, no desea que le prolonguen la vida con tratamientos y cuidados intensivos; sino que quiere que le apliquen sólo calmantes para pasar suavemente al otro mundo. Y esa voluntad debe respetarla la familia.

Esta nueva Encíclica, que acusa a las democracias de encaminarse hacia el totalitarismo, ocasionará discusiones y suscitará protestas. Pues las reglas morales de la Iglesia también deben tener sus excepciones, como los casos citados. Porque no merece catalogarse como conjura contra la vida, evitarle la muerte a una madre, o no prolongar los sufrimientos del enfermo incurable.

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