PUNTO DE NO RETORNO

PUNTO DE NO RETORNO

Prólogo: Jorge siempre fue inquieto. Acudió a la calle cuando tenía siete años. La dominó. Su reino era el centro de Bogotá. Pero no cayó en el gaminismo. Se educó. Llegó a ser asesor de deportes. Aprendió algo de publicidad.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Cuando todavía era joven emigró a Estados Unidos no para escapar sino para satisfacer su curiosidad. Quería saber cómo eran los famosos yanquis . Quería descubrir quién era yo , recuerda él. Se fue con la cabeza llena de torres y estrellas y carros poderosos. Al principio la realidad fue otra: dormía en los trenes que nunca paran, solo comía las mini-hamburguesas de 15 centavos de White Castle. Algún día se dio cuenta de que ya había traspasado la barrera de la cultura y del lenguaje . A diferencia de la experiencia de la mayoría de los colombianos emigrados, le llegó el éxito. Nueva York se convirtió en su ciudad de milagros. El compró un Ferrari dorado como sus sueños y descubrió una verdad desconcertante: manejar un Ferrari en Nueva York no es más que conducir un Renault en Bogotá. Todo el mundo parece tener un Ferrari , dice. La realidad de la vida nunca brilla como brillan los sueños. Es cuando comienza a planear su retorno a Colombia. Llega al Aeropuerto Internacional de Eldorado. Lo que sigue son sus propias impresiones.

No esperaba eso Bogotá desde el aire parece un monstruo. Tengo la esperanza que tal crecimiento significa progreso. Quiero ver semáforos, parques, arquitectura, niños alegres, mujeres lindas. De repente, por primera vez, me doy cuenta de que durante estos años de ausencia he desarrollado fantasías de una Bogotá idealizada. No caben en mi cabeza los reportajes en la prensa norteamericana acerca del narcotráfico o del secuestro, industrias estas que no existían cuando me fui para Estados Unidos. Sin embargo, leí en alguna parte que los accidentes vehiculares matan mas colombianos que los narcos y la guerrilla juntos. Me consuela eso: es como Nueva York, pero en la parte desafortunada. También dicen que el crimen callejero es impresionante, pero así es Jackson Heights. Es cuestión de saberlo lidiar.

Pero salgo del avión y solo veo caras de rabia y de desconfianza. Quiero ver pueblo, entonces el taxista coge por Fontibón. En el camino solo hay deterioro, huecos, oscuridad. Gente corre, como de pánico, pero presiento que no va a ninguna parte. Nada parece mejor.

Quizás estamos en un barrio como el Bronx. Pido que me lleve al centro que es la fuente de mi nostalgia. Allí estará la gran urbe. La séptima es la gran vía. Será como Greenwich Village. Recuerdo La Suiza, donde se reunían los artistas y los intelectuales. El Teatro Faenza y los matinales dominicales y luego una tarde en el planetario.

Llegamos. No esperaba eso! Destrucción, excremento, ladrones, drogadictos. Los edificios magníficos de mi juventud están desocupados, destrozados. Me vienen a la mente imágenes de Hiroshima. Que pena, me brotan las lagrimas. No puedo controlarlas.

Eso no es el centro, es como el sur! El taxista me dice que en efecto el nuevo centro de la ciudad es la calle 120 o algo así. No puedo creerlo, en mi época la calle 120 era potrero.

Las calles del norte están llenas de huecos también. Veo allí una pobreza distinta, mas bien cultural, una falta de solidaridad y conciencia. Ser pobre no quiere decir descuidar la ciudad. Ser rico tampoco.

Lo siento por Bogotá. Por Colombia. Pero más que todo lo siento por mí, porque entiendo que aquí no puedo vivir. No aguanto la miseria y la impaciencia de la gente. El taxista percibe mi angustia y se hace el terrorista: me habla de los peligros, de los traquetos , de los secuestros, de la burundanga.

Soy un extraño en mi propia tierra. Será que perdí por siempre a la Colombia que me sostenía durante mis noches solitarias en Nueva York? Si es así entonces mi vida no tiene brújula.

Me invade una terrible tristeza. Mi corazón es huérfano. Será que cualquier colombiano que no ha abandonado su patria, por malo o pobre o apático que sea, está de pronto mejor que yo? No hay respuesta.

No encuentro razón en toda esta emoción que me agobia, sino una muy clara: no puedo regresar.

Hacer algo Epilogo: antes de volver a Nueva York, Jorge compró una próspera industria antioqueña, pero él dice que por ser bogotano los paisas no lo quieren y le llegan amenazas. Se convence de que su único recurso es el exilio que ha cultivado durante 20 años y que se ha convertido en su destino. Ahora es cautivo de sus sueños hechos realidad. Jorge quisiera de alguna manera enseñar esta lección: no se debe abandonar a Colombia. Quédese a luchar o se la puede perder para siempre.

Sin embargo, él no es la clase de persona que se da por vencida. Saca personería jurídica para una fundación de ayuda a los pobres. Pone un nombre que refleja toda su emoción: Por Tí, Colombia. Con su ejemplo, él quiere que la gente aprenda a no depender del Gobierno para solucionar la pobreza y el subdesarrollo, que la iniciativa del sector privado puede aportar muchísimo. Sin embargo, cuando él trae del exterior equipos médicos o toneladas de juguetes para la fundación, el Gobierno le cobra IVA, nacionalización, bodegaje, y transporte. Insiste en que el Gobierno tiene el deber de crear incentivos para gestiones como las de su fundación.

A pesar de todo sigo adelante con mi fundación, aunque desde afuera , proclama. Es mi penalti, mi castigo, por no haberme quedado en Colombia .

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