Los lugares de la memoria

Los lugares de la memoria

Construir la memoria colectiva de una nación implica la discusión sobre monumentos públicos, memoriales y museos. Estos son, de alguna manera, el paisaje físico de la memoria colectiva. Estos lugares de la memoria refutan la verdad oficial de las épocas autoritarias y dan voz a las víctimas y sobrevivientes. Desde estatuas y memoriales de guerra, el arte público conmemora eventos pasados, otorga señales a los lugares históricos al borde de los caminos y establece placas en las que se destacan a héroes o a villanos. Los lugares de la memoria, en todo el mundo, se toman los espacios públicos y los transforman en sitios de recordación y en una manera alternativa de la verdad.

07 de septiembre 2008 , 12:00 a. m.

Estos lugares de la memoria adoptan muchas formas. A veces, los memoriales usan recursos convencionales, como lápidas, para honrar a los héroes de las guerras pasadas. Dichas lápidas pueden ser controvertidas, como aquella dedicada al cantante chileno Víctor Jara, asesinado por el régimen de Pinochet en Chile, y sobre la cual los visitantes dejan flores, poemas, postales y otros mensajes no sólo para honrar su memoria sino también como forma de protesta por la violenta represión que se vivió en dicho país. El memorial de la guerra de Vietnam en Washington posee distintos significados: habla del heroísmo de los muertos, pero también acerca de la pérdida de vidas jóvenes en una guerra desacreditada.

Los museos también se han transformado en sitios públicos que refutan la versión oficial sobre el pasado. Los museos de conciencia son sitios creados para recordar lo bueno y lo malo: a víctimas y victimarios. El proyecto para recordar en Argentina, que aún no está terminado, busca construir un museo en una antigua escuela naval en donde funcionaba un centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura. Su meta no es la reconciliación, sino recordar las violaciones. De igual manera, el museo Tuol Sleng busca mostrar la violencia provocada por los Khemeres rojos, especialmente debido a la carencia de juicios contra los responsables.

Los museos se convierten en esfuerzos de conciencia para catalogar y grabar la experiencia de la violencia, aun cuando las atrocidades son tan complejas que no pueden ser fácilmente representadas. Por ejemplo, en Timor Oriental los visitantes pagan por pasar una noche en una prisión como experiencia de memoria y en el Parque de la Paz de Villa Grimaldi, en Chile, los visitantes leen letreros relacionados con las torturas que ocurrieron en ese lugar. El Museo de la isla Robben (en donde Mandela pasó 25 años preso antes de ser liberado y elegido Presidente de Suráfrica) depende de antiguos prisioneros, que hacen de guías para los visitantes.

Existen también los tours de la memoria, una manera de hacer más visibles los lugares representativos de la violencia. Una agencia turística en Suráfrica organiza visitas guiadas a sitios que simbolizan el terror del apartheid. Pedro Matta, ex preso político chileno, acompaña a grupos de visitantes que desean observar los centros de detención y tortura de la dictadura. Estos métodos son criticados por distintas razones.

Diferente es la situación de los memoriales populares, que surgen sin intervención del Estado. Santuarios al costado de las carreteras o “animitas” recuerdan a las víctimas de la represión en Argentina y Chile. En el Perú, un grupo de organizaciones civiles erigió un memorial llamado ‘El ojo que llora’, constituido por una piedra gigante rodeada de 69.000 pequeñas piedras de río, cada una de las cuales representa a una víctima de muerte o desaparición. Grupos de jóvenes pintaron en cada una de esas piedras el nombre de una víctima y cada cierto tiempo se agregan otros, producto, por ejemplo, de las exhumaciones de fosas comunes.

Otras formas de lugares de la memoria son los espacios reconstituidos y las actividades conmemorativas. Los primeros marcan lugares de resistencia social, como la Plaza de Mayo en Argentina, en donde el espíritu de resistencia a la impunidad persiste con una marcha semanal de las madres y las abuelas de los desaparecidos. Por su parte, las actividades conmemorativas se basan en fechas particulares, como el golpe de estado en Chile del 11 de septiembre. Nuevas fechas se fijan para mantener la memoria del pasado: el 21 de marzo en Suráfrica, como el día de los derechos humanos y de las víctimas del apartheid, y el 26 de mayo. desde 1999, como el día del perdón en Australia, que busca la reconciliación frente al maltrato histórico de los aborígenes.

Todos estos lugares de memoria, sin embargo, tienen poco efecto si están aislados. Su potencial se genera por el lugar, el sentido de su ubicación y, tal vez lo más importante, el significado que se le atribuya para el discurso público y la memoria colectiva. Estos lugares representan la herida abierta por un hecho histórico, pero también conllevan la promesa de llevar la cicatriz con dignidad, una vez que las heridas sean sanadas. - La memoria de Colombia A partir del próximo martes 9 y hasta el 16, Colombia celebrará la ‘Semana por la memoria’. En Colombia existen más de 120 iniciativas no oficiales de recuperación de la memoria histórica. En el nororiente antioqueño, por ejemplo, cuatro municipios que han sido azotados por distintos hechos de violencia, conformaron un grupo de mujeres que quieren contar sus historias de dolor y hacer actividades conmemorativas para no olvidar a sus muertos.

En Granada, uno de los pueblos, se realizó el taller de la Luz. En Cali, el Movimiento de crímenes de Estado está realizando un audiovisual y en la Costa Atlántica, ocho universidades trabajan para crear los relatos regionales.

*Director del área de memoria, conmemoraciones y museos, del Centro Internacional para la Justicia Transicional- Nueva York.

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