Negros hablan de sus raíces

Negros hablan de sus raíces

Jéssika McLean es una negra linda, diseñadora industrial, de papá sanandresano y mamá de Buenaventura, una mezcla perfecta de raíces afro del Atlántico y del Pacífico.

06 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Y aunque ella es bogotana, en su familia están todas las prácticas de las negritudes de ambos lados del país, “que van mucho más allá de la rumba, que es el referente del común de la gente”.

Cuenta, por ejemplo, que en su casa hay un espejo a la entrada, “para no dejar ingresar las malas energías”. Pero en la casa de sus tías, en San Andrés, hay varios porque ellas tienen esta tradición oral mucho más arraigada.

McLean hace parte del grupo de guías de la exposición Velorios y santos vivos, del Museo Nacional, que muestra las tradiciones y los rituales negros de la muerte y de la vida después de la muerte.

La muestra estará abierta al público hasta el 2 de noviembre y tiene entrada libre.

Con McLean hay más negros en el grupo. Y también blancos y mestizos, un conjunto de guías que han aprendido los unos de los otros y que les están contando a los visitantes a la muestra cómo es esa cultura, un compendio de tradiciones que llegaron de África hace más de tres siglos y que aún se conservan.

Luis Meza, otro de los guías, es un estudiante de Sociología de la Universidad Nacional. Ve todo desde la lógica y la política, pero no niega que los rituales fúnebres de su cultura son de una gran belleza.

Eso es lo que muestra en la exposición. Los altares que se ponen en Uré (Córdoba), Guapi (Cauca) y Palenque (Bolívar), con muchas diferencias entre sí, pero con aspectos para mirar y conocer como los papeles de colores pastel y fuertes que forman figuras, las velas y velones, y los recuerdos del muerto; el novenario y el llamado ‘cabo de año’.

En San Andrés, el dolor de la muerte se representa con el color blanco en todos los lugares de la casa (camas, cortinas, vestuario...), para darle un sentido de pureza.

“Nosotros tenemos un gran sentido de unidad familiar. Todos somos amigos y compadres. Por eso, cuando llegamos a las grandes ciudades muy pocas personas se atreven a arrendarnos un apartamento. Saben que siempre va a estar llegando gente porque en nuestra cultura la casa es de todos”, dice Meza.

Sandra Gómez, bailarina y estudiante de Filología Alemana en la Universidad Nacional, afirma que sí siente muy fuerte la comunidad afro en Bogotá. “Hay mucha visibilidad, pero es necesario dar a conocer más su historia”.

Una historia que va más allá de la esclavitud y que, dicho sea de paso, no se ha empezado a contar.

A cargo de estos jóvenes, 15 monitores en total, está parte de esta responsabilidad, desde la magia del negro, la misma que llegó de África con los esclavos apiñados en barcos y que no puede desaparecer.

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