CIUDADES SIN CIUDADANOS

CIUDADES SIN CIUDADANOS

Eventos como el Festival de Teatro de Bogotá pueden servir para examinar las paradojas que exhibe esta ciudad frente a la cultura. Es claro que este festival no es solamente la concreción de la iniciativa y el esfuerzo, valiosos, imposible desconocerlo, de unas personas que con un entusiasmo sin límites intentan ofrecer a un público masivo muestras de una de las expresiones más acabadas de la cultura. El festival es también una demostración palpable de que más allá de la dimensión recreativa que tiene el teatro, del disfrute implícito en el consumo de arte, potenciado por la dimensión catártica de un espectáculo de representaciones para masas, en Bogotá hay una considerable demanda de cultura como espectáculo.

02 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Pero, de la cultura como espectáculo, pasemos al espectáculo de la cultura. De la bogotana, y de la cultura como cotidianidad. El tema se concreta en la inquietante pregunta por la razón de ser de lo que vemos los bogotanos, cuando salimos de las salas de teatro luego de ver cultura representada y enfrentamos nuestras calles, recovecos, oscuridades, huecos, basuras, caballos esmirriados, niños abandonados y mocosos, vallas, espacios privatizados y resguardados por legiones de celadores, vigilantes, guachimanes , caricaturas de policías privados, unos acostados, otros encerrados en casetas, busetas desbocadas con racimos humanos colgando de puertas y ventanas, arrogantes buses ejecutivos con radios a todo volumen en los que las rancheras, vallenatos, tangos y música de carrilera animan a los pasajeros. En otras palabras, lo que se nos representa en nuestra cotidianidad.

Subdesarrollo, miseria, coexistencia de modernidades urbanas y restos de ruralidad, síntesis cultural de una ciudad que en más de un sentido muestra la realidad de las grandes urbes latinoamericanas? Todo eso. Pero también se puede decir, con algo de rubor, ciertamente, que Bogotá sirve de epítome de todas ellas. Tenemos rasgos y circunstancias parecidas de subdesarrollo y herencias culturales, pero aquí elevamos a potencias delirantes los componentes destructores de convivencia. Los cariocas, paulistas, limeños, caraqueños o los de Ciudad de México, sin duda, hallarían consuelo al mirar a los bogotanos y hacer comparaciones.

Baste decir que ninguna de esas ciudades fue testigo de los 18.136 homicidios que hubo en Bogotá entre 1992 y 1995. En ninguna de ellas hubo 3.657 homicidios en 1955, lo que nos da un promedio de 10 diarios, sin cortar los accidentes de tránsito. Con toda probabilidad en ninguna de ellas se produjeron 1.031 asaltos a residencias (2,8 diarios), ni 13.027 atracos a personas (35,5 diarios), ni 382 asaltos bancarios (1,05 diarios) en el mismo año.

No voy a tratar de hacer una teoría sobre la violencia bogotana, o colombiana, ni siquiera a ensayar hipótesis más o menos razonables o polémicas. Pero sí quiero hacerme en voz alta algunas preguntas que las cifras me suscitan, o, mejor, hacerme una pregunta por lo que ellas significan en relación con nuestra cultura. Cuál puede ser, en efecto, el tipo de imaginario que los bogotanos tienen de sí mismos y de sus entornos socioculturales? Para hacer una metáfora dramatúrgica, cómo se pueden representar? Es esta una ciudad de homicidas, asaltantes, atracadores? No hay ni puede haber mucho consuelo en el argumento de que no todos los bogotanos son así, que se trata de una minoría de psicópatas desadaptados, o que las condiciones económicas, vale decir, la pobreza, engendran ese tipo de comportamientos, de que también hay gente buena.

Baste decir que sí, que claro está que hay gente buena, que sí hay psicópatas y desadaptados, y que sí, que hay pobres, y muchos pobres. Pero también tendremos que aceptar que la pobreza por sí misma no tiene por qué engendrar comportamientos homicidas o delictivos; por el contrario, puede tender a suscitar ideologías, valores y comportamientos de resignación, extrema religiosidad, confianza en un más allá compensatorio; y que ni todos los pobres son bandidos ni todos los bandidos son pobres. Parece que nuestro actual momento, la coyuntura que llaman, me está dando la razón.

Quiero, por el contrario, de nuevo, pensar en la cotidianidad bogotana, y colombiana, desde luego, porque esta ciudad no es en modo alguno nada más que un crisol en el que se concentran los rasgos de toda nuestra sociedad, como expresión de una situación caracterizada, entre otras muchas cosas, por la incapacidad proverbial de un Estado y una sociedad de fomentar, instituir, organizar e inclusive ordenar, la creación de ámbitos adecuados para tramitación concertada, arbitrada y más o menos racional de intereses y de conflictos. Tampoco han podido han tratado? de construir un ámbito estatal diferenciado de lo público y lo privado. Así, no encontramos árbitros legítimos que puedan mediar en nuestras querellas, y tenemos que recurrir a nuestros propios medios para supuestamente reequilibrar la situación rota por el conflicto de que se trate.

Lo estatal, lo público, lo privado Las cifras, las informaciones de prensa, los estudios eruditos, todos ellos nos están mostrando cómo esos tres ámbitos tienden a desdibujarse y confundirse justamente por la ausencia de mecanismos institucionales de distinción y conexión entre ellos. Desde la perspectiva del ámbito estatal, la justicia, el parlamento, el gobierno, se hallan impregnados y atravesados por intereses privados y grupales que tienden a nulificar la acción civilizadora y democratizante que en teoría, y en los textos sagrados de nuestra juridicidad, le correspondería al Estado. No hemos logrado convertirlo en detentador único y legítimo de la justicia, la violencia y la fiscalidad, bases para el desarrollo de una democracia que merezca su nombre.

Los espacios de lo público, de eso que hoy con ligereza llamamos sociedad civil, y en los cuales y con optimismo depositamos nuestra confianza como demiurgo redentor, como la iglesia, los partidos, las organizaciones, las asociaciones de intereses o causas comunes, las casas y espacios de cultura, que serían instrumentos posibles en un ordenamiento que permitiera la comunicación y limitación de las órbitas de incidencia de los tres ámbitos, son débiles, o se hallan impregnadas precisamente por procesos de apropiación privada y por tanto de confusión entre sus órbitas y sus posibilidades, y por la negación de las competencias de cada uno. No hemos aprendido bien a ser ciudadanos.

Y lo privado, aquel espacio en el que supuestamente encontramos la posibilidad de expresar nuestras emociones, de ser como somos, aquel espacio en el que podemos refugiarnos de los tráfagos de la vida urbana, de las relaciones políticas, de las tiranías del reloj, el salario y la autoridad del mundo del trabajo; ese espacio, hay que reconocerlo, es la cuna del autoritarismo, la exclusión del otro y su secuela de intolerancia. La violencia de lo privado en Colombia es así casi paroxística, como lo revelan las estadísticas de maltrato infantil, violencia contra la mujer, lesiones y muertes por riñas y alcohol.

Problema de civilización? Fernán González, uno de los más competentes analistas de nuestra sociedad, nos recuerda, con Norbert Elías, que nuestro curso histórico en Colombia parecería ir en contravía del proceso civilizatorio de Occidente. En efecto, para el sociólogo alemán la civilización, que viene a ser la autoconciencia de Occidente y que se caracteriza por el grado de desarrollo de su técnica y sus conocimientos científicos, los modales de los individuos y su concepción del mundo, se ha asentado sobre el funcionamiento paralelo de dos conjuntos de procesos: de una parte, el desenvolvimiento de un Estado que logra monopolizar la violencia, la justicia y la fiscalidad y así establece un orden de autoridad legítimo. De otra, el desenvolvimiento de procesos psico y sociogenéticos mediante los cuales los individuos desarrollan economías afectivas, modelan sus impulsos y establecen límites a sus escrúpulos a través de coacciones internas y externas. Entendemos así el desarrollo histórico de fenómenos como la transformación del caballero-guerrero en el caballero-cortesano, del cuchillo-arma en el cuchillo-utensilio de mesa, los cambios en los comportamientos cotidianos relacionados con la mesa, el sexo, las n ecesidades naturales.

Si tomáramos el tipo de Estado y de ciudadano resultantes de un proceso avanzado de civilización en los términos de Elías, qué lejos estaríamos de él. No quiero decir que debemos convertirnos en escandinavos. Quiero solamente significar que el día en que en Colombia tengamos un Estado que monopolice la violencia, la justicia y la fiscalidad, la criminalidad violenta organizada, la guerrilla, las venganzas y limpiezas sociales y los tributos informarles que pagamos para el logro de más contenidos en sus impulsos, más escrupulosos, ese día habremos traspuesto un umbral importante de civilización.

Cambios socioculturales Es claro, de otra parte, que la sociedad colombiana, y la bogotana los expresa con meridiana claridad, exhibe cambios acelerados. La iglesia católica ha venido perdiendo el influjo de otras épocas, y sus pretensiones de influir en las conciencias ciudadanas tiende a expresarse no en los dictados tradicionales de párrocos y púlpitos, sino en la influencia de jerarcas que interactúan directamente desde las cúpulas del poder y con ellas. Y enfrenta, además, la fuerte competencia de otras confesiones que han hecho pedazos la ilusión de que somos un país 99 por ciento católico. Los partidos dejaron de ser las comunidades imaginadas que, al tiempo que creaban espacios de comunicación y cultura, con fuerza atávica determinaban herencias familiares, pugnas territoriales y comportamientos políticos hasta llegar al paroxismo de la violencia. Son colectividades amorfas que sirven ante todo para amparar procesos de movilidad vertical y apetitos de quienes buscan ascender a resortes del poder del Estado. Su capacidad de moldear ideologías, de hacer propuestas congruentes y creíbles de ordenamiento social, de conducir procesos políticos de masas, existe apenas en las mentes de pocos. Sus sustitutos vicarios, los medios, presas de pugnas entre monopolios e intereses privados y políticos, privilegian el síndrome de la chiva y el estilo farandulero sobre la información y el análisis. Y ello, sin ocultar el proceso de privatizar lo público y hacer público lo privado ajeno.

El desarrollo de las fuerzas productivas, si bien ha mejorado los niveles de vida de amplios sectores, no se ha traducido en una democratización de la economía, ni en un mejoramiento sustancial de la distribución de la riqueza y los ingresos de la mayoría. Y en la cultura, nuestra forma de ser ha sido reiteradamente caracterizada a partir de una cierta nostalgia agropastoril como de pérdida de valores, o de vacío ético. También lo es, sin duda, de carencia de parámetros de pertenencia, de símbolos de identificación colectiva más allá de un precario y un tanto morboso júbilo por un desempeño efímero de nuestra selección de fútbol o de algunas reivindicaciones de derechos regionales.

Marco Palacios, en un libro reciente, ha caracterizado duramente nuestra cultura urbana: La velocidad y masividad con que apareció y se desarrolló el nuevo modo de vida urbano sacó a flote problemas de desadaptación social, cultural y personal de las poblaciones migratorias y de sus hijos. El hacinamiento aumentó la inseguridad en las calles, así como la violencia intrafamiliar. La especulación de la tierra urbanizable y la carencia de sistemas modernos de transporte masivo sacaron a la luz una profunda segregación social. La ausencia o debilidad de las llamadas instituciones tradicionales (familia, escuela de jornada completa, vecindario, iglesia), sin que hayan encontrado reemplazo, lanzaron a la gente al anonimato en un medio crecientemente agresivo. Por ejemplo, muchos homicidios se originan en incidentes triviales, en un insulto verbal o gestual, en una maldición. Por que es tan bajo el punto en que salta la chispa de los colombianos? Desde que hay estadísticas medianamente confiables, sabemos que los riesgos de ser agente o víctima de un delito contra la vida son mayores en las ciudades y entre los hombres jóvenes, desempleados o con empleos considerados de bajo status social .

Lógica de la ventaja y lógica de la responsabilidad Parodiemos a Max Weber y digamos que se podría intentar un camino de caracterización de nuestros comportamientos urbanos como si estuvieran presididos por una lógica de la ventaja que se impone sobre una lógica de la responsabilidad. La lógica de la ventaja concreta un individualismo extremo en el que se estimula el lucro personal en cualquier actividad. Violar una fila de entrada, dejar de pagar impuestos, tramitar por recovecos las gestiones ante el Estado, ejercer justicia por mano propia, es decir, hacer una apropiación privada de los recursos de la violencia, la justicia y la fiscalidad y contribuir con ello al debilitamiento de la consolidación de los procesos de democratización de nuestra sociedad.

Dejemos un asunto claro: el reclamo por la precariedad de nuestra cultura urbana no es simplemente el recurso a la búsqueda de un mundo bucólico en el que la seguridad del ordenamiento social produce la tranquilidad de quien se encuentra en condiciones de disfrutar su posición en la sociedad. No, el reclamo proviene de que una de las expresiones más notables de nuestra situación como citadinos se expresa en la hipervaloración de los derechos y prerrogativas propios y el desconocimiento de estos en los otros. La paradoja de esta situación estriba en que así tienen mayor vigencia los derechos de quienes pueden hacerlos efectivos mediante los privilegios, las astucias o la fuerza. Es el imperio de la lógica de la ventaja. En tales condiciones, ni derechos ni deberes, sino abusos e intolerancias, se convierten en rectores de las conductas cotidianas. De allí emana la baja capacidad de tramitar pacíficamente los intereses y conflictos, de ejercer presiones sobre la autoridad y sobre quienes abusan para que cumplan con sus obligaciones y no cometan arbitrariedades. Ante la dificultad de establecer tales mecanismos, esa lógica de la ventaja se impone sobre la lógica de la responsabilidad, que no es otra cosa que la conciencia de límites de la razón propia, la base de la convivencia civilizada (...)

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