Los nadaístas

Los nadaístas

He tenido que “agregar al diccionario” la palabra nadaísta: cada vez que la escribo, el corrector de mi PC la subraya en rojo. Eso me hace pensar que el movimiento fundado por Gonzalo Arango fue una inquietante anomalía sociocultural subrayada en rojo en la Colombia de finales de los 50.

04 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

He creído que los colombianos estuvimos más consagrados al sectarismo político y a la violencia bipartidista que al sangrante corazón de Jesús.

Por una extraña pasión religiosa, numerosos sacerdotes, devotos de ese símbolo del sufrimiento humano, alentaron cruzadas de exterminio. Este fue el verdadero contexto histórico del nadaísmo.

La literatura colombiana anterior a ellos no era la que pretendieron reemplazar. Detrás de ellos estaban la revista Mito, ‘los cuadernícolas’, los Nuevos, Silva, José Eustasio Rivera, León de Greiff, Luis Vidales, Jorge Zalamea, Sanín Cano, Barba-Jacob, Zalamea Borda y un etcétera muy largo. Y la artista que mejor interpretaba el alma torturada y moralista de los colombianos era Débora Arango, que nunca fue nadaísta.

Los predecesores de Gonzalo Arango eran novelistas y poetas como García Márquez, Álvaro Mutis, Charry Lara, Aurelio Arturo, Cepeda Samudio, Rojas Herazo, Hernando Téllez, Gómez Valderrama, Gutiérrez Girardot o Mejía Vallejo. En ese sentido, los nadaístas pelearon llenos de razones contra la Academia del padre Restrepo, pero con candor juvenil contra los molinos de viento de la tradición inmediatamente anterior. Las grandes renovaciones de la literatura las venían haciendo los escritores mencionados.

Cuando Gonzalo y los nadaístas atacaron la tradición literaria colombiana para montarse en la ola de un vanguardismo tardío, atacaron la tradición que les convenía atacar. La remota, no la inmediata. Empezaron con María, una novela del siglo XIX que expresaba la sensibilidad de ese siglo.

No sucedió lo mismo con el espíritu líricamente anarquista de sus querellas filosóficas. Estaban inspiradas en Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, Fernando González, Sartre y Camus. En este punto, el nadaísmo fue una irreverente crítica juvenil a las costumbres.

Hacia finales de los 50 y principios de los 60, no había joven colombiano que no se sintiera fascinado por el nadaísmo. Así que muchos fuimos nadaístas sin saberlo. Dejamos de serlo cuando lo supimos. Dos escritores podrían haber sido nadaístas: Andrés Caicedo y Gómez Jattin, pero escribieron sus obras cuando ya Gonzalo tenía un pie en el cielo y otro en el establecimiento.

Gonzalo fue un gran prosista, mejor escritor cuando se defendía y atacaba que cuando desleía su corazón en la alabanza o el neomisticismo. Su teatro es casi irrepresentable y su poesía muy ingenua, sin la formidable ingenuidad de Prévert y Apollinaire.

La prosa narrativa de los nadaístas no era vanguardista, aunque se haya pretendido volver nadaísta a la precoz Fanny Buitrago. Cachifo Navarro pudo haber sido un raro novelista esquizofrénico (como Lowry, como Céline), pero lo devoró la necesidad de ganarse la vida. A finales de los 60, no era indispensable ser nadaísta para renovar la literatura y cambiar la vida. Los nadaístas que siguieron escribiendo no lo hicieron para mejorar la calidad del grupo sino para mejorarse a sí mismos.

Sé que mi amigo Jotamario va a sacar las uñas, afiladas cada vez que alguien pone en duda la “genialidad” de su grupo. Y tiene razón: Jota se propuso la tarea de velar por la integridad del cadáver, de quienes lo sobrevivieron y de quienes lo velan aún. Lo digo como un injusto lector de literatura y sin el propósito de establecer el canon de la literatura colombiana. Para librarme de otra querella inútil, digo finalmente que el nadaísmo era necesario

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