Cianuros, peleas presidenciales y otros venenos

Cianuros, peleas presidenciales y otros venenos

El naufragio de un trasbordador que volcó 96 tanques de cianuro en el río Magdalena es, potencialmente, una catástrofe ecológica y una hecatombe de salud pública. En el momento de escribir estas líneas, 62 canecas han sido rescatadas merced a la eficaz labor de los hombres rana sin que, al parecer, se haya filtrado el letal contenido a la corriente. Pero el peligro continúa. Como resultado del accidente se hallan amenazadas miles de personas, de animales y de especímenes vegetales en 40 municipios afectados. A raíz de otro accidente, cayó también a las aguas del río un cargamento de herbicidas: veneno sobre veneno.

03 de septiembre 2008 , 12:00 a.m.

Con todo lo lamentable que son estas dos calamidades, al menos tienen la ventaja de que lograron sacar a la opinión pública del embeleco en que lo tiene sumergida la capacidad gubernamental para inventar garroteras, descalificaciones, polémicas y enfrentamientos. Podría ser que tan belicoso ánimo naciera del instinto político, pero parece más bien un propósito claramente orquestado. Desde hace tiempo los colombianos vivimos bajo el hipnotismo de una suprarrealidad atropellada y tumultuosa, que genera y administra el Gobierno a base de casar peleas con los magistrados, los parlamentarios, los periodistas, los vecinos… Con la disculpa de que “a mí me da mucha lidia quedarme callado” y de que “el debate también ayuda”, mi doctor Uribe nos tiene sometidos a una dieta constante de crispación y conflicto.

¿Qué se busca con semejantes tensiones? Lo primero es que todo boxeador de peso pesado (y Uribe lo es en popularidad) sabe que, en principio, cualquier combate lo beneficia. Segundo, y como corolario del primero, no solo se fortalece él, sino que debilita a sus rivales. Tercero, dicta la agenda que marca la atención nacional. Y cuarto, como corolario del tercero, relega a un rincón irrelevante los problemas que deberían copar nuestro interés y dedicación.

Las canecas de cianuro nos han devuelto, abruptamente, a la realidad que escapa de las manos oficiales. Hace rato, la cuestión ambiental –tan importante para todos los ciudadanos– no lograba arrastrarse hasta las primeras planas. ¿Qué hay, por ejemplo, de los planes para sanear el río Magdalena, una cloaca capaz de contaminar al pobre cianuro? ¿Y de la producción de biocombustibles, cuestión que estamos en mora de considerar a fondo por culpa de las cortinas de humo que ascienden diariamente desde la 8a. con 8a.? ¿Qué fue de aquel predio llanero del que quiso despojarse a los desplazados? ¿Y qué hay de los desplazados, omnipresentes en los semáforos, pero ausentes en los temarios nacionales? La inseguridad terrorista es tema clave, según acabamos de ver con el atentado ocurrido en Cali; en esta materia, el Gobierno ha realizado una tarea encomiable que soy el primero en reconocer. Pero ¿qué hay de la pobreza, caldo de cultivo de todas las inseguridades? ¿Por qué se dedica mucho más espacio y tiempo a las furruscas presidenciales que a este, el más grave problema de Colombia? ¿Cómo remediaremos la injusta distribución del ingreso? ¿Qué pasa con el empleo? ¿Continúa el abandono del campo? ¿Cuánto tiempo más ha de pasar sin que se practique la autopsia al sistema de salud pública? Cada una de estas preguntas pincha un doloroso nervio nacional, que permanece anestesiado por la agresiva oratoria que emana del Palacio de Nariño. ¿Por qué se niega el Gobierno a dar el gran debate sobre el retroceso vial del país? ¿Para cuándo queda la reforma del servicio diplomático, madriguera de clientelismo y roscogramas? ¿En qué momento la educación, en manos de una calificada ministra, regresará a la lista de asuntos nacionales importantes? Si algún desafío afronta la prensa colombiana es el de perseguir sus propios temas –los que representan la realidad oculta del país–, en vez de seguir alimentándose de los que Uribe le tira a diario por la ventana con sus guantes de boxeo.

cambalache@mail.ddnet.es

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