OPINIÓN PÚBLICA Y PRINCIPIOS LIBERALES

OPINIÓN PÚBLICA Y PRINCIPIOS LIBERALES

En estas épocas de incertidumbre y crisis de la razón y la verdad, en donde el Estado, las instituciones y la opinión pública están inmersos en un gran juicio para condenar o absolver al Primer Mandatario de la Nación, nada más conveniente para la conciencia ni más refrescante para el espíritu que navegar en las ideas de uno de los más grandes pensadores del siglo XX, para abrevar de sus tesis y encontrar luces en el camino, teniendo presente que Karl Popper siempre ha encarado una encarnizada lucha por la libertad y la crítica acérrima de cualquier tipo de ideología totalitaria.

01 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Según Popper, la opinión pública se mueve en torno de mitos que a menudo se aceptan de manera acrítica. Está el mito del vox populi, vox Dei, que atribuye a la voz del pueblo una suerte de autoridad final y de sabiduría sin límite. Otro mito es de la verdad patente, según la cual aunque el error es algo que en ocasiones tiene que explicarse, la verdad brilla por sí misma. No podría quedar sin mencionarse un importante mito que Popper formula así: nadie que se enfrente a la verdad puede dejar de reconocerla .

Tanto Popper como Kant critican estas doctrinas de la aprehensión irracional de la verdad, que culminan en la doctrina hegeliana de la astucia de la razón, que utiliza las pasiones como instrumento para la aprehensión instintiva o intuitiva de la verdad, y terminan en una concepción de la moral defendida por el emotivismo y que se denomina solipsismo.

Nada más peligroso, nada más injusto frente a la Justicia y la Verdad. Por eso Popper dice: Gracias a su anonimato la opinión pública es una forma irresponsable de poder y, por ello, particularmente peligrosa desde el punto de vista liberal filosóficamente hablando . La opinión pública constituye un peligro para la libertad si no está moderada por una fuerte tradición liberal, es decir por aquella doctrina que aprecia la libertad individual y que tiene presentes los peligros inherentes a todas las formas de poder y autoridad. La opinión pública es muy poderosa. Puede cambiar gobiernos, incluso gobiernos no democráticos.

El problema central está en que: La verdad no es manifiesta, y no es fácil de llegar a ella . Luego mal se haría en reaccionar por los simples decires o por las fuerzas irresistibles que desencadenan los sentimientos y deseos de opinar aunque se haga daño, bajo la premisa del derecho a la libre expresión de las ideas, de la libre opinión, de la libertad de conciencia o el derecho a pensar. Todos estos derechos son fundamentales e irrenunciables. Otra cosa es la pasión por el solipsismo. En un país como Colombia, con altos grados de analfabetismo, de incultura, de envidias y compromisos facilistas de adecuar la verdad a la contraprestación de algo, con el culto al dame que yo te daré , y donde los líderes que generan opinión son muy pocos, aparecen verdades que nunca lo han sido ni lo serán. Se transita de lo fugaz y los hechos inmediatistas a la irracionalidad de los juicios morales. Lo que es más grave en esta línea de pensamiento es que se llega a creer que cuando la mayoría está equivocada, la mayoría tiene la razón .

Gracias a Dios la civilización nos proporciona una de sus mayores conquistas: la justicia. La Constitución, las leyes y la democracia. De esa manera, las conductas, las evaluaciones y las sanciones solamente se pueden llevar a cabo dentro de un marco sagrado del denominado debido proceso, es decir, respetando que nadie podrá ser juzgado sino conforme a las leyes preexistentes y bajo la premisa de que toda persona se presume inocente mientras no se le haya declarado judicialmente culpable. No actuar así, es movernos en el terreno movedizo y traicionero de la inquisición. El derecho a opinar es sagrado, pero siempre y cuando se haga con racionalidad.

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